Son 51 páginas en fuente times new roman tipo 14.
Quien desee el archivo lo solicita vía correo. Preferentemente antes del examen...
Material
para literatura contemporánea
Saudade
Manuel
Maples Arce
Estoy solo en el último tramo de la ausenciay el dolor hace horizonte en mi demencia.
Allá lejos,
el panorama maldito.
¡Yo abandoné la confederación sonora de su carne!
Sobre todo su voz,
hecha pedazos
entre los tubos de la música.
En el jardín interdicto
-azoro unánime-
el auditorio congelado de la luna.
Su recuerdo es sólo una resonancia
entre la arquitectura del insomnio.
¡Dios mío,
tengo las manos llenas de sangre!
Y los aviones,
pájaros de estos climas estéticos,
no escribirán su nombre
en el agua del cielo.
Paroxismo
Camino de otros sueños salimos con la tarde;una extraña aventura
nos deshojó en la dicha de la carne,
y el corazón fluctúa
entre ella y la desolación del viaje.
En la aglomeración de los andenes
rompieron de pronto los sollozos;
después, toda la noche
debajo de mis sueños,
escucho sus lamentos
y sus ruegos.
El tren es una ráfaga de hierro
que azota el panorama y lo conmueve todo.
Abro su recuerdo
hasta el fondo
del éxtasis,
y laten en el pecho
los colores lejanos de sus ojos.
Hoy pasaremos junto del otoño
y estarán amarillas las praderas.
¡Me estremezco por ella!
¡Horizontes deshabitados de la ausencia!
Mañana estará todo
nublado de sus lágrimas
y la vida que llega
es débil como un soplo.
…………………….
La mujer rota
Simone de
Beauvoir
(Fragmento)
La ventana estaba a oscuras. Me lo esperaba.
Antes —¿antes de qué?—, cuando por excepción yo salía sin Maurice, al volver
había siempre un rayo de luz entre las cortinas rojas. Yo subía los dos pisos
corriendo, tocaba el timbre, demasiado impaciente como para buscar mi llave.
Subí sin correr, metí la llave en la cerradura. ¡Qué vacío estaba el
departamento! ¡Qué vacío está! Evidentemente, puesto que no hay nadie adentro.
Pero no, de costumbre, cuando regreso a casa reencuentro a Maurice, aun en su
ausencia. Esta noche las puertas se abren ante habitaciones desiertas. Las
once. Mañana se sabrán los resultados de los análisis y tengo miedo. Tengo
miedo, y Maurice no está aquí. Ya lo sé. Es preciso que sus investigaciones
lleguen a su fin. Así y todo, estoy enojada con él. "¡Te necesito y no
estás aquí!" Tengo ganas de escribir estas palabras sobre un papel que
dejaría a la vista en el vestíbulo, antes de irme a acostar.... Regué las plantas; empecé a arreglar la biblioteca y me detuve. Me sorprendió su indiferencia cuando le hablé de instalar este living. Tengo que confesarme la verdad; siempre deseé la verdad, si la obtuve es porque la quería. ¡Pues bien! Maurice ha cambiado. Se ha dejado devorar por su profesión. Ya no lee. Ya no escucha música. (Me gustaba tanto nuestro silencio y su rostro atento cuando escuchábamos Monteverdi o Charlie Parker.) Ya no nos paseamos juntos por París y los alrededores. Ya casi no tenemos verdaderas conversaciones. Empieza a parecerse a sus colegas que no son más que máquinas de hacer carrera y ganar dinero. Soy injusta. El dinero, el éxito social, se mata de risa de eso. Pero desde que, en contra de mi opinión, hace diez años decidió especializarse, poco a poco —y eso es precísamente lo que yo temía—, se ha empobrecido. Inclusive en Mougins, este año, me pareció lejano: ávido por reencontrar la clínica y el laboratorio; distraído y hasta moroso. ¡Vamos!, mejor decirme a mí misma la verdad hasta el fin. En el aeródromo de Niza sentía el corazón oprimido a causa de esas opacas vacaciones que dejábamos detrás. Y si en las salinas abandonadas conocí una felicidad tan intensa, fue porque Maurice, a cientos de kilómetros, volvía a serme cercano. (Curiosa cosa, un diario: lo que uno calla es más importante que lo que anota.) Se diría que su vida privada ya no le concierne. La primavera pasada, ¡con qué facilidad renunció a nuestro viaje por Alsacia! Sin embargo, mi decepción lo afligió. Le dije alegremente: "¡La curación de la leucemia bien merece algunos sacrificios!" Pero, antes, para Maurice la medicina significaba personas de carne y hueso que había que aliviar. (Estaba tan decepcionada, tan desamparada durante mi permanencia en Cochin, por la fría benevolencia de los jefes de sala, por la indiferencia de los estudiantes: y en los hermosos ojos melancólicos de ese externo encontré una angustia, una rabia semejantes a las mías. Creo que lo amé desde ese instante.) Tengo miedo de que ahora para él sus enfermos no sean sino casos. Saber le interesa más que curar. Y hasta en sus relaciones con quienes lo rodean se vuelve abstracto, él, que era tan vivaz, tan alegre, tan joven a los cuarenta y cinco años como cuando lo encontré... Sí, algo ha cambiado, puesto que escribo acerca de él, de mí, a sus espaldas. Si él lo hubiera hecho, me sentiría traicionada. Éramos, el uno para el otro, una absoluta transparencia.
Aún lo somos; mi cólera nos separa: le será fácil desarmarla. Necesitaré un poco de paciencia: después de los períodos de agotamiento viene la bonanza. El año pasado también trabajaba frecuentemente por las noches. Sí, pero yo tenía a Lucienne. Y, sobre todo, nada me atormentaba. Bien sabe él que en este momento no puedo leer ni escuchar discos, porque tengo miedo. No dejaré ninguna nota en el vestíbulo, pero hablaré con él. Al cabo de veinte —veintidos— años de casamiento, uno concede demasiado al silencio: es peligroso. Pienso que me he ocupado demasiado de las chicas todos estos últimos años: Colette era tan apegada y Lucienne tan difícil. Yo no estaba tan disponible como Maurice podía desearlo. Hubiera debido hacérmelo notar en lugar de lanzarse a trabajos que ahora lo alejan de mí. Tenemos que explicarnos.
Medianoche. Tengo tanta prisa por verlo, por ahogar esta cólera que todavía protesta dentro de mí, que dejo los ojos clavados en el reloj de péndulo. La aguja no avanza; me exaspero. La imagen de Maurice se deshace; ¿qué sentido tiene luchar contra la enfermedad y el sufrimiento si uno trata a su propia mujer con tanta despreocupación? Eso es indiferencia. Dureza. Es inútil rabiar. Basta. Si los análisis de Colette son desfavorables, mañana voy a necesitar de toda mi sangre fría. Entonces debo tratar de dormir.
…………………….
La tristeza
Anton
Chejov
La
capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en
gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina,
blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los
hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
- ¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
- ¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
- ¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
- ¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.
- ¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
- ¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
- Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
- ¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
- No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
- ¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
- ¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.
- ¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
- ¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
- ¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
- ¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
- ¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
- ¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
- ¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.
- ¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
- ¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
- Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
- ¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
- No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
- ¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
- ¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.
- ¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
- ¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
- ¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...
- ¡Bueno,
bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas
más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
- Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
- ¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
- ¡Palabra de honor!
- ¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
- ¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
- ¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
- Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
- ¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
- Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
- ¿Oye, viejo, estás enfermo?-grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
- ¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
- Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
- ¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
- ¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.
- ¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.
- Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
- No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
- ¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
- Sí.
- Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
- ¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...
Tras una corta pausa, Yona continúa:
- Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.
- Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
- ¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
- ¡Palabra de honor!
- ¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
- ¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
- ¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
- Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
- ¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
- Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
- ¿Oye, viejo, estás enfermo?-grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
- ¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
- Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
- ¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
- ¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.
- ¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.
- Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
- No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
- ¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
- Sí.
- Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
- ¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...
Tras una corta pausa, Yona continúa:
- Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.
................................................
El verbo ser
André
Breton
Conozco
la desesperación a grandes rasgos. La desesperación no tiene alas, no se halla
necesariamente en una mesa servida en una terraza, en el atardecer, al borde
del mar. Es la desesperación y no el regreso de una cantidad de hechos sin
importancia como las semillas al caer la noche dejan un surco por otro. No es
el musgo sobre una roca o el vaso para beber. Es un barco acribillado por la
nieve si queréis, como los pájaros que caen y su sangre no tiene el más mínimo
espesor. Conozco la desesperación a grandes rasgos. Una forma muy pequeña
delimitada por joyas capilares. Es la desesperación. Un collar de perlas para
el cual uno no sabría encontrar un broche y cuya existencia ni se sostiene en
un hilo, tal la desesperación. Del resto no hablemos. No hemos terminado de
desesperarnos si comenzáramos. Yo, me desespero por la pantalla a las cuatro,
me desespero por el abanico a medianoche, me desespero por el cigarrillo de los
condenados. Conozco la desesperación a grandes rasgos. La desesperación no
tiene corazón, la mano queda siempre en la desesperación sin fuerza, en la
desesperación cuyos hielos no nos dicen jamás si murió. Vivo de esta
desesperación que me encanta. Amo esta mosca azul que vuela en el cielo a la
hora que musitan las estrellas. A grandes rasgos conozco la desesperación, de
vastos asombros menudos, la desesperación de la altivez, la desesperación de la
cólera. Me levanto cada día como todo el mundo y descanso los brazos sobre un
papel floreado, no me acuerdo de nada y siempre es con desesperación como
descubro los hermosos árboles desarraigados de la noche. El aire de la
habitación es bello como palillos de tambor. Hace un tiempo increíble. Conozco
la desesperación a grandes rasgos. Es como el viento de la cortina que me
asiste. ¡Se conoce semejante desesperación! ¡Fuego! Oh van a venir de nuevo...
¡Socorro! Helos aquí cayendo por la escalera... Y los anuncios del periódico y
los avisos luminosos a lo largo del canal. ¡Montón de arena, vete, especie de
montón de arena! En sus grandes rasgos la desesperación no tiene importancia.
Es un hacinamiento de árboles que una vez más van a hacer una foresta, es un
hacinamiento de estrellas que una vez más van a hacer un día de menos, es un
hacinamiento de días que una vez más va a hacer mi vida.
La unión
libre
Mi mujer
cabellera de lumbre de leño
Pensamientos de relámpagos de calor
Talle de reloj de arena
Mi mujer talle de nutria bajo los dientes del tigre
Mi mujer boca de escarapela y de ramillete de estrellas de última magnitud
Dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca
Lengua de ámbar y de vidrio frotados
Mi mujer lengua de hostia apuñalada
Lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
Lengua de piedra increíble
Mi mujer pestañas de palotes de escritura de niño
Cejas de borde de nido de golondrina
Mi mujer sienes de pizarra de invernadero
Y de vapor en los cristales
Mi mujer hombros de champaña
Y de fontana con testas de delfines bajo el hielo
Mi mujer muñecas de fósforos
Mi mujer deds de azar y de as de corazón
Dedos de heno segado
Mi mujer axilas de marta y de fasces
De noche de San Juan
De alheña y de nido de escalares
Brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de alianza de trigo y de molino
Mi mujer piernas de fuegos artificiales
De movimientos de relojería y de desesperación
Mi mujer pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer pies de iniciales
Pies de manojos de llaves pies de calafates en trance de beber
Mi mujer cuello perlado de cereales
Mi mujer pechos de Val d' Or
De citas en el lecho mismo del torrente
Senos nocturnos
Mi mujer senos de collado
Mi mujer senos de crisol de rubíes
Senos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer vientre de despliegue de abanico de los días
Vientre de garra gigantesca
Mi mujer dorso de pájaro que huye vertical
Dorso de azogue
Dorso de luz
Nuca de canto rodado y de tiza mojada
Y de precipitación de un vaso donde se acaba de beber
Mi mujer caderas de navecilla
Caderas de lámpara y de plumas de flecha
Y de tallos de plumas de blanco pavorreal
De balanza insensible
Mi mujer nalgas de greda y de amianto
Mi mujer nalgas de dorso de cisne
Mi mujer nalgas de primavera
Sexo de gladiolo
Mi mujer sexo de yacimiento y de ornitorrinco
Mi mujer sexo de alga y de bombones antiguos
Mi mujer sexo de espejo
Mi mujer ojos llenos de lágrimas
Ojos de panoplia violeta y de agua imantada
Mi mujer ojos de sabana
Mi mujer ojos de agua para beber en prisión
Mi mujer ojos de leño siempre bajo el hacha
Ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego
Pensamientos de relámpagos de calor
Talle de reloj de arena
Mi mujer talle de nutria bajo los dientes del tigre
Mi mujer boca de escarapela y de ramillete de estrellas de última magnitud
Dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca
Lengua de ámbar y de vidrio frotados
Mi mujer lengua de hostia apuñalada
Lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
Lengua de piedra increíble
Mi mujer pestañas de palotes de escritura de niño
Cejas de borde de nido de golondrina
Mi mujer sienes de pizarra de invernadero
Y de vapor en los cristales
Mi mujer hombros de champaña
Y de fontana con testas de delfines bajo el hielo
Mi mujer muñecas de fósforos
Mi mujer deds de azar y de as de corazón
Dedos de heno segado
Mi mujer axilas de marta y de fasces
De noche de San Juan
De alheña y de nido de escalares
Brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de alianza de trigo y de molino
Mi mujer piernas de fuegos artificiales
De movimientos de relojería y de desesperación
Mi mujer pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer pies de iniciales
Pies de manojos de llaves pies de calafates en trance de beber
Mi mujer cuello perlado de cereales
Mi mujer pechos de Val d' Or
De citas en el lecho mismo del torrente
Senos nocturnos
Mi mujer senos de collado
Mi mujer senos de crisol de rubíes
Senos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer vientre de despliegue de abanico de los días
Vientre de garra gigantesca
Mi mujer dorso de pájaro que huye vertical
Dorso de azogue
Dorso de luz
Nuca de canto rodado y de tiza mojada
Y de precipitación de un vaso donde se acaba de beber
Mi mujer caderas de navecilla
Caderas de lámpara y de plumas de flecha
Y de tallos de plumas de blanco pavorreal
De balanza insensible
Mi mujer nalgas de greda y de amianto
Mi mujer nalgas de dorso de cisne
Mi mujer nalgas de primavera
Sexo de gladiolo
Mi mujer sexo de yacimiento y de ornitorrinco
Mi mujer sexo de alga y de bombones antiguos
Mi mujer sexo de espejo
Mi mujer ojos llenos de lágrimas
Ojos de panoplia violeta y de agua imantada
Mi mujer ojos de sabana
Mi mujer ojos de agua para beber en prisión
Mi mujer ojos de leño siempre bajo el hacha
Ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego
.................................................................................................
La canción del automóvil
Filippo
Tomasso Marinetti
Dios
vehemente de una raza de acero,
automóvil ebrio de espacio,
que piafas de angustia, con el freno en los dientes estridentes!
¡Oh formidable monstruo japonés de ojos de fragua,
automóvil ebrio de espacio,
que piafas de angustia, con el freno en los dientes estridentes!
¡Oh formidable monstruo japonés de ojos de fragua,
nutrido
de llamas y aceites minerales,
hambriento de horizontes y presas siderales
tu corazón se expande en su taf-taf diabólico
y tus recios pneumáticos se hinchen para las danzas
que bailen por las blancas carreteras del mundo!
Suelto, por fin, tus bridas metálicas.., ¡Te lanzas
con embriaguez el Infinito liberador!
Al estrépito del aullar de tu voz…
he aquí que el Sol poniente va Imitando
tu andar veloz, acelerando su palpitación
sanguinolento a ras del horizonte…
¡Míralo galopar al fondo de los bosques!...
¡Qué importa, hermoso Demonio!
A tu merced me encuentro… ¡Tómame
sobre la tierra ensordecido a pesar de todos sus ecos,
bajo el cielo que ciega a pesar de sus astros de oro,
camino exasperando mi fiebre y mi deseo,
con el puñal del frío en pleno rostro!
De vez en vez alzo mi cuerpo
para sentir en mi cuello, que tiembla
la presión de los brazos helados
y aterciopelados del viento.
¡Son tus brazos encantadores y lejanos que me atraen!
Este viento es tu aliento devorante,
¡insondable Infinito que me absorbes con gozo…
¡Ah! los negros molinos desmanganillados
parece de pronto
que, sobre sus aspas de tela emballenada
emprenden una loca carrera
como sobre unas piernas desmesurados…
He aquí que las Montañas se aprestan a lanzar
sobre mi fuga capas de frescor soñoliento…
¡Allá! ¡Allá! ¡mirad! ¡en ese recodo siniestro!...
¡Oh Montañas, Rebaño monstruoso, Mammuths
que trotáis pesadamente, arqueando los lomos Inmensos,
ya desfilasteis… ya estáis ahogadas
en la madeja de las brumas!...
Y vagamente escucho
el estruendo rechinante producido en las carreteras
por vuestras Piernas colosales de las botas de siete leguas…
¡Montañas de las frescas capas de cielo!...
¡Bellos ríos que respiráis al claro de luna!...
¡Llanuras tenebrosas Yo os paso el gran galope
de este monstruo enloquecido… Estrellas, Estrellas mías,
¿oís sus pasos, el estrépito de sus ladridos
y el estertor sin fin de sus pulmones de cobre?
¡Acepto con Vosotras la opuesta,... Estrellas mías …
¡Más pronto!... ¡Todavía más pronto
¡Sin una tregua¡ ¡Sin ningún reposo
¡Soltad los frenos!... ¡Qué! ¿no podéis?...
¡Rompedlos!... ¡Pronto!
¡Que el pulso del motor centuplique su impulso!
iHurral ¡no más contacto con nuestra tierra inmunda !
¡Por fin me aparto de ella y vuelo serenamente
por la escintilante plenitud
de los Astros que tiemblan en su gran lecho azul!
hambriento de horizontes y presas siderales
tu corazón se expande en su taf-taf diabólico
y tus recios pneumáticos se hinchen para las danzas
que bailen por las blancas carreteras del mundo!
Suelto, por fin, tus bridas metálicas.., ¡Te lanzas
con embriaguez el Infinito liberador!
Al estrépito del aullar de tu voz…
he aquí que el Sol poniente va Imitando
tu andar veloz, acelerando su palpitación
sanguinolento a ras del horizonte…
¡Míralo galopar al fondo de los bosques!...
¡Qué importa, hermoso Demonio!
A tu merced me encuentro… ¡Tómame
sobre la tierra ensordecido a pesar de todos sus ecos,
bajo el cielo que ciega a pesar de sus astros de oro,
camino exasperando mi fiebre y mi deseo,
con el puñal del frío en pleno rostro!
De vez en vez alzo mi cuerpo
para sentir en mi cuello, que tiembla
la presión de los brazos helados
y aterciopelados del viento.
¡Son tus brazos encantadores y lejanos que me atraen!
Este viento es tu aliento devorante,
¡insondable Infinito que me absorbes con gozo…
¡Ah! los negros molinos desmanganillados
parece de pronto
que, sobre sus aspas de tela emballenada
emprenden una loca carrera
como sobre unas piernas desmesurados…
He aquí que las Montañas se aprestan a lanzar
sobre mi fuga capas de frescor soñoliento…
¡Allá! ¡Allá! ¡mirad! ¡en ese recodo siniestro!...
¡Oh Montañas, Rebaño monstruoso, Mammuths
que trotáis pesadamente, arqueando los lomos Inmensos,
ya desfilasteis… ya estáis ahogadas
en la madeja de las brumas!...
Y vagamente escucho
el estruendo rechinante producido en las carreteras
por vuestras Piernas colosales de las botas de siete leguas…
¡Montañas de las frescas capas de cielo!...
¡Bellos ríos que respiráis al claro de luna!...
¡Llanuras tenebrosas Yo os paso el gran galope
de este monstruo enloquecido… Estrellas, Estrellas mías,
¿oís sus pasos, el estrépito de sus ladridos
y el estertor sin fin de sus pulmones de cobre?
¡Acepto con Vosotras la opuesta,... Estrellas mías …
¡Más pronto!... ¡Todavía más pronto
¡Sin una tregua¡ ¡Sin ningún reposo
¡Soltad los frenos!... ¡Qué! ¿no podéis?...
¡Rompedlos!... ¡Pronto!
¡Que el pulso del motor centuplique su impulso!
iHurral ¡no más contacto con nuestra tierra inmunda !
¡Por fin me aparto de ella y vuelo serenamente
por la escintilante plenitud
de los Astros que tiemblan en su gran lecho azul!
.............................................
Cuentos cortos
Franz
Kafka
Un
mensaje imperial
El
Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sóis la
insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol
imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un
mensaje para vos únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a
la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que
ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de
cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de
su muerte -toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y
colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del
Imperio- ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente
embarca su viaje; un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo
diestro, ahora con el siniestro, taja un camino al través de la multitud; si
encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de
luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas
las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera
alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna,
escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.
Pero, en
vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las
cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y
si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante
su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en
ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo
palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro
palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera,
tras la última puerta del último palacio -pero nunca, nunca podría llegar eso a
suceder-, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a
explotar con sus propios sedimientos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni
siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al
caer la noche, y os lo imagináis, en sueños.
El
zopilote
Un
zopilote estaba mordizqueándome los pies. Ya había despedazado mis botas y calcetas,
y ahora ya estaba mordiendo mis propios pies. Una y otra vez les daba un
mordizco, luego me rondaba varias veces, sin cesar, para después volver a
continuar con su trabajo. Un caballero, de repente, pasó, echó un vistazo, y
luego me preguntó por qué sufría al zopilote.
"Estoy
perdido", le dije. Cuando vino y comenzó a atacarme, yo por supuesto traté
de hacer que se fuera, hasta traté de estrangularlo, pero estos animales son
muy fuertes... estuvo a punto de echarse a mi cara, mas preferí sacrificar mis
pies. Ahora estan casi deshechos". "¡Véte tú a saber, dejándote
torturar de esta manera!", me dijo el caballero. "Un tiro, y te echas
al zopilote." "¿En serio?", dije. "¿Y usted me haría el
favor?" "Con gusto," dijo el caballero, " sólo tengo que ir
a casa e ir por mi pistola. ¿Se podría usted esperar otra media hora?"
"Quién sabe", le dije, y me estuve por un momento, tieso de dolor.
Entonces le dije: "Sin embargo, vaya a ver si puede... por favor".
"Muy bien", dijo el caballero, "trataré de hacerlo lo más pronto
que pueda". Durante la conversación, el zopilote había estado
tranquilamente escuchando, girando su ojo lentamente entre mí y el caballero.
Ahora me había dado cuenta que había estado entendiéndolo todo; alzó ala, se
hizo hacia atrás, para agarrar vuelo, y luego, como un jabalinista, lanzó su
pico por mi boca, muy dentro de mí. Cayendo hacia atrás, me alivió el sentirle
ahogarse irremediablemente en mi sangre, la cual estaba llenando cada uno de
mis huecos, inundando cada una de mis costas.
Una
pequeña fábula
"Ay",
dijo el ratón, "el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al
principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba
cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas
paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la
esquina está la trampa a la cual yo debo caer".
"Solamente
tienes que cambiar tu dirección", dijo el gato, y se lo comió.
La
partida
Ordené
que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así
que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la
distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué
significaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó:
"¿A dónde va el patrón?" "No lo sé", le dije,
"simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada
más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta". "¿Así que
usted conoce su meta?", preguntó. "Sí", repliqué, "te lo
acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta".
El paseo repentino
Cuando
por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se
ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada,
dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el
cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que
lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato
sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya
la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a
pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece
en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace
después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor
o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando
un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que
responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les
ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí
toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor
importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar
y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así
corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado
completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad,
mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos
por detrás, se yergue en su verdadera estatura.
Todo esto
se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa
de un amigo para saber cómo le va.
………………………………….
La tentación de San
Antonio
Hugo Ball
Los nervios de mi cuerpo se alzan como campos de espinas,
Campos sangrantes de lapas y zarzas de nudos.
Mi médula entona una misa roja de efebos tonos de fístula.
En el canal de mi médula borbotan deslaves de cerros y piedras
inquietas.
Mi cabeza cuelga hacia adelante llena de sangre.
Ralo cabello verde sabandija sobre el cráneo se elonga.
Muros torcidos, casas torcidas.
Hordas de tábanos silban y destellan por el cuarto.
Los muros recibieron las pústulas y se desmenuzan.
Doctores con altos gorros rodean la enfermedad y la cubren con vendajes.
Ocho yardas sobre la puerta está el fantasma de la peste con cascabeles.
Tomo impulso para el golpe. ¡Ayuda! No ablanda. Una nube amarilla.
Gritos al cielo. ¡Demencia! ¡Demencia!
Vuelan ciudades escarlatina. Verdes oasis. Hilos de luz. Soles de negro
traqueteo.
El suelo vibra. Se hunde una cubierta verde.
»¡Ahí está él!« Me amordazan, muecas de negro, rodilla en mi peritoneo.
Cuerpos humanos, apretados sobre el suelo, huyen y saltan
Desnudos y enérgicos, con vibrante contoneo de sierpe en los pasillos.
Un silbido de cien mil sirenas de vapor brama sobre los puertos.
Tipos con varas de bambú sobre y a través de plazas y torres.
Desbandadas. Machacones. El aire supura. Revienta la luz. Estrellas
fijas perdidas en
[cuarteles.
Y siempre el golpear de los gritos, desde abajo, como de calderas
infernales.
Y siempre el verdigrana, rubíamarillo estruendo en zigzag voluptuoso.
Mis manos rebeldes se aferran a una columna del templo.
Alguien vocifera: ¡Obscenidad! Otros saltan de la sien de las ventanas.
El estallido desgarra ciudades enteras. Los monjes budistas en sillas de
loto,
arriba a la izquierda, regordetes e hinchados, abuelos de la apatía,
Ríen y se abanican y giran la panza, aquí y allá con manos castigadas
y estallan de alegría craneal llena de arrugas.
…………………………….
Marcel Proust
En
busca del tiempo perdido
(Fragmento)
Por
el camino de Swan
Combray
I
Mucho tiempo he estado acostándome temprano.
A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni tiempo tenía para decirme: «Ya me duermo». Y
media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el
sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y
apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar
sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas
reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la
obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos
V. Esta figuración me duraba aún unos segundos después de haberme despertado:
no repugnaba a mi razón, pero gravitaba como unas escamas sobre mis ojos sin
dejarlos darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Y luego comenzaba
a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsicosis pierden su
sentido, los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se
desprendía de mi personalidad y yo ya quedaba libre de adaptarme o no a él; enseguida
recobraba la visión, todo extrañado de encontrar en torno mío una oscuridad
suave y descansada para mis ojos, y aun más quizá para mi espíritu, al cual se
aparecía esta oscuridad como una cosa sin causa, incomprensible, verdaderamente
oscura. Me preguntaba
qué hora sería; oía el silbar de los trenes
que, más o menos en la lejanía, y señalando las distancias, como el canto de un
pájaro en el bosque, me describía la extensión de los campos desiertos, por
donde un viandante marcha de prisa hacía la estación cercana; y el caminito que
recorre se va a grabar en su , recuerdo por la excitación que le dan los
lugares nuevos, los actos desusados, la charla reciente, los adioses de la
despedida que le acompañan aún en el silencio de la noche, y la dulzura próxima
del retorno.
Apoyaba blandamente mis mejillas en las
hermosas mejillas de la almohada, tan llenas y tan frescas, que son como las
mejillas mismas de nuestra niñez. Encendía una cerilla para mirar el reloj.
Pronto serían las doce. Este es el momento en que el enfermo que tuvo que salir
de viaje y acostarse en una fonda desconocida, se despierta, sobrecogido por un
dolor, y siente alegría al ver una rayita de luz por debajo de la puerta. ¡Qué
gozo! Es de día ya. Dentro de un
momento los criados se
levantarán, podrá llamar, vendrán a darle alivio. Y la esperanza de ser
confortado le da valor para sufrir. Sí, ya le parece que oye pasos, pasos que
se acercan, que después se van alejando. La rayita de luz que asomaba por
debajo de la puerta ya no existe. Es medianoche: acaban de apagar el gas, se
marchó el último criado, y habrá que estarse la noche enteró sufriendo sin
remedio.
Me volvía a dormir, y a veces ya no me
despertaba más que por breves instantes, lo suficiente para oír los chasquidos
orgánicos de la madera de los muebles, para abrir los ojos y mirar al
calidoscopio de la oscuridad, para saborear, gracias a un momentáneo resplandor
de conciencia, el sueño en que estaban sumidos los muebles, la alcoba, el todo
aquel del que yo no era más que una ínfima parte, el todo a cuya insensibilidad
volvía yo muy pronto a sumarme. Otras veces, al dormirme, había retrocedido sin
esfuerzo a una época para siempre
acabada de mi vida primitiva, me había
encontrado nuevamente con uno de mis miedos de niño, como aquel de que mi tío
me tirara de los bucles, y que se disipó. Fecha que para mí señala una nueva
era. el día que me los cortaron. Este acontecimiento había yo olvidado durante
el sueño, y volvía a mi recuerdo tan pronto
como acertaba a despertarme para escapar de las manos de mi tío: pero, por vía
de precaución, me envolvía la cabeza con la almohada antes de tornar al mundo
de los sueños.
Otras veces, así como Eva nació de una
costilla de Adán, una mujer nacía mientras yo estaba durmiendo, de una mala postura
de mi cadera. Y siendo criatura hija del placer que y estaba a punto de
disfrutar, se me figuraba que era ella la que me lo ofrecía. Mi cuerpo sentía
en el de ella su propio calor, iba a buscarlo, y yo me despertaba.
Todo el resto de los mortales se me aparecía
como cosa muy borrosa junto a esta mujer, de la que me separara hacía un
instante: conservaba aún mi mejilla el calor de su beso y me sentía dolorido
por el peso de su cuerpo. Si, como sucedía algunas veces, se me representaba
con el semblante de una mujer que yo había conocido en la vida real, yo iba a
entregarme con todo mi ser a este único fin: encontrarla; lo mismo que esas
personas que salen de viaje para ver
con sus propios ojos una ciudad deseada,
imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado.
Poco a poco el recuerdo se disipaba; ya estaba olvidada la criatura de mi
sueño.
Cuando un hombre está durmiendo tiene en
torno, como un aro, el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos.
Al despertarse, los consulta instintivamente, y, en un segundo, lee el lugar de
la tierra en que se halla, el tiempo que ha transcurrido hasta su despertar;
pero estas ordenaciones pueden confundirse y quebrarse.
Si después de un
insomnio, en la madrugada, lo sorprende el sueño mientras lee en una postura
distinta de la que suele tomar para dormir, le bastará con alzar el brazo para
parar el Sol; para hacerlo retroceder: y en el primer momento de su despertar
no sabrá qué hora es, se imaginará que acaba de acostarse. Si se adormila en
una postura aún menos usual y recogida, por ejemplo, sentado en un sillón
después de comer, entonces un trastorno profundo se introducirá en los mundos
desorbitados, la butaca mágica le hará recorrer a toda velocidad los caminos
del tiempo y del espacio, y en el momento de abrir los párpados se figurará que
se echó a dormir unos meses antes y en una tierra distinta. Pero a mí, aunque
me durmiera en mi cama de costumbre, me bastaba con un sueño profundo que
aflojara la tensión de mi espíritu para que éste dejara escaparse el plano del
lugar en donde yo me había dormido, y al despertarme a medianoche, como no
sabía en dónde me encontraba, en el primer momento tampoco sabía quién era; en
mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez,
primitiva, tal como puede vibrar en lo hondo de un animal, y hallábame en mayor
desnudez de todo que el hombre de las cavernas; pero entonces el recuerdo .y
todavía no era el recuerdo del lugar en que me hallaba, sino el de otros sitios
en donde yo había vivido y en donde podría estar. Descendía hasta mí
como un socorro llegado de lo alto para
sacarme de la nada, porque yo solo nunca hubiera podido salir; en un segundo
pasaba por encima de siglos de civilización, y la imagen borrosamente entrevista
de las lámparas de petróleo, de las camisas con cuello vuelto, iban
recomponiendo lentamente los rasgos
peculiares de mi personalidad.
Esa inmovilidad de las cosas que nos rodean,
acaso es una cualidad que nosotros les imponemos, con nuestra certidumbre de
que ellas son esas cosas, y nada más que esas cosas, con la inmovilidad que
toma nuestra pensamiento frente a ellas. El caso es que cuando yo me despertaba
así, con el espíritu en conmoción, para averiguar, sin llegar a lograrlo, en
dónde estaba, todo giraba en torno de mí, en la oscuridad: las cosas, los
países, los años. Mi cuerpo, demasiado torpe para moverse, intentaba, según
fuera la forma de su cansancio, determinar la
posición de sus miembros para de ahí inducir
la dirección de la pared y el sitio de cada mueble, para reconstruir y dar
nombre a la morada que le abrigaba. Su memoria de los costados, de las
rodillas, de los hombros, le ofrecía sucesivamente las imágenes de las varias
alcobas en que durmiera, mientras que, a su alrededor, la paredes, invisibles,
cambiando de sitio, según la forma de la habitación imaginada, giraban en las
tinieblas. Y antes de que mi pensamiento,
que vacilaba, en el umbral de los tiempos y
de las formas, hubiese
identificado, enlazado
las diversas circunstancias que se le ofrecían, el lugar de que se trataba, el
otro, mi cuerpo, se iba acordando para cada sitio de cómo era la cama, de dónde
estaban las puertas, dé adónde daban las ventanas, de si había un pasillo, y,
además, de los pensamientos que al dormirme allí me preocupaban y que al
despertarme volvía a encontrar. El lado anquilosado de mi cuerpo, al intentar
adivinar su orientación, se creía, por ejemplo, estar echado de cara a la
pared, en un gran lecho con dosel, y yo en seguida me decía: «Vaya, pues, por
fin me he dormido, aunque mamá no vino a decirme adiós», y es que estaba en el
campo, en casa de mi abuelo, muerto ya hacía tanto tiempo; y mi cuerpo, aquel
lado de mi cuerpo en
que me apoyaba, fiel guardián de un pasado
que yo nunca debiera olvidar, me recordaba la llama de la lamparilla de cristal
de Bohemia, en forma de urna, que pendía del techo por leves cadenillas; la
chimenea de mármol de Siena, en la alcoba de casa de mis abuelos, en Combray;
en aquellos días lejanos que yo me figuraba en aquel momento como actuales,
pero sin representármelos con exactitud, y que habría de ver mucho más claro un
instante después, cuando me despertara, por completo.
Luego, renacía el recuerdo de otra postura;
la pared huía hacia otro lado: estaba en el campo, en el cuarto a mí destinado
en casa de la señora de Saint-Loup. ¡Dios mío! Lo menos son las diez.
Ya habrán acabado de cenar. Debo de haber
prolongado más de la cuenta esa siesta que me echo todas las tardes al volver
de mi paseo con la señora de Saint-Loup, antes de ponerme de frac para ir a
cenar. Porque ya han transcurrido muchos años desde aquella época de
Combray, cuando, en los días en que más tarde
regresábamos a casa, la luz que yo veía en las vidrieras de mi cuarto era el
rojizo reflejo crepuscular. Aquí, en Tansonville, en casa de la señora
Saint-Loup, hacemos un género de vida muy distinto y es de muy distinto género
el
placer que experimento en no salir más que de
noche, en entregarme, a la luz de la luna, al rumbo de esos caminos en donde antaño
jugaba, a la luz del sol; y esa habitación, donde me he quedado dormido
olvidando que tenía que vestirme para la cena, la veo desde lejos, cuando
volvemos de paseo, empapada en la luz de la
lámpara, faro único de la noche.
Estas evocaciones voltarias y confusas nunca
duraban más allá de unos segundos; y a veces no me era posible distinguir por
separado las diversas suposiciones que formaban la trama de mi
incertidumbre respecto al lugar en que me
hallaba, del mismo modo que al ver correr un caballo no podemos aislar las
posiciones sucesivas que nos muestra el kinetoscopio. Pero, hoy una y mañana
otra, yo iba
viendo todas las alcobas
que había habitado durante mi vida, y acababa por acordarme de todas en las
largas soñaciones que seguían a mi despertar; cuartos de invierno, cuando nos
acostamos en ellos, la cabeza se acurruca en un nido formado por los más
dispares objetos: un
rinconcito de la almohada, la extremidad de
las mantas, la punta de un mantón, el borde de la cama y un número de los Débats Roses, todo ello junto y apretado en un solo bloque,
según la técnica de los pájaros, a fuerza de apoyarse indefinidamente encima de
ello; cuarto de
invierno, donde el placer que se disfruta en
los días helados es el de sentirse separado del exterior (como la golondrina de
mar que tiene el nido en el fondo de un subterráneo, al calor de la tierra);
cuartos en los cuales, como está encendida toda la noche la lumbre de la
chimenea, dormimos envueltos en un gran ropón de aire cálido y humoso, herido
por el resplandor de los tizones que se reavivan, especie de alcoba impalpable,
de cálida caverna abierta en el mismo
seno de la habitación, zona ardiente de
móviles contornos térmicos, oreadas por unas bocanadas de aire que nos
refrescan la frente y que salen de junto a las ventanas, de los rincones de la
habitación que están más lejos del fuego y que se enfriaron; cuartos estivales
donde nos
gusta no separarnos de la noche tibia, donde
el rayo de luna, apoyándose en los entreabiertos postigos, lanza hasta el pie
de la cama su escala encantada, donde dormimos casi como al aire libre, igual
que un abejaruco mecido por la brisa en la punta de una rama; otras
veces, la alcoba estilo Luis XVI, tan alegre
que ni siquiera la primera noche me sentía desconsolado, con sus columnitas que
sostenían levemente el techo y que se apartaban con tanta gracia para señalar y
guardar el sitio destinado al lecho; otra vez, aquella alcoba chiquita, tan
alta de techo, que se alzaba en forma de pirámide ocupando la altura de dos
pisos, revestida en parte de caoba y en donde me sentí desde el primer momento
moralmente envenenado por el olor nuevo, desconocido para mí, moralmente la
petiveria, y convencido de la hostilidad de las cortinas moradas y de la
insolente indiferencia del reloj de péndulo, que se pasaba las horas
chirriando, como si allí no hubiera nadie; cuarto en donde un extraño e
implacable espejo,
sostenido en cuadradas patas, se atravesaba
oblicuamente en uno de los rincones de la habitación, abriéndose a la fuerza,
en la dulce plenitud de mi campo visual acostumbrado, un lugar que no estaba
previsto y en donde mi pensamiento sufrió noches muy crueles
afanándose durante horas y horas por
dislocarse, por estirarse hacia lo alto para poder tomar cabalmente la forma de
la habitación y llenar hasta arriba su gigantesco embudo, mientras yo estaba
echado en mi cama, con los ojos mirando al techo, el oído avizor, las narices
secas y
el corazón palpitante;
hasta que la costumbre cambió el color de las cortinas, enseñó al reloj a ser
silencioso y al espejo, sesgado y cruel, a ser compasivo; disimuló, ya que no
llegara a borrarlo por completo, el olor de la petiveria, e introdujo notable
disminución en la
altura aparente del techo. ¡Costumbre,
celestina mañosa, sí, pero que trabaja muy despacio y que empieza por dejar
padecer a nuestro ánimo durante semanas entras, en una instalación precaria;
pero que, con todo y con eso, nos llena de alegría al verla llegar, porque
sin ella, y reducida a sus propias fuerzas,
el alma nunca lograría hacer habitable morada alguna!
Verdad que ahora ya estaba bien despierto,
que mi cuerpo había dado el último viraje y el ángel bueno de la certidumbre
había inmovilizado todo lo que me rodeaba; me había acostado, arropado en mis
mantas, en mi alcoba; había puesto, poco más o menos en su sitio,
en medio de la oscuridad, mi cómoda, mi mesa
de escribir, la ventana que da a la calle y las dos puertas. Pero era en vano
que yo supiera que no estaba en esa morada en cuya presencia posible había yo
creído por lo menos, ya que no se me presentara su imagen distinta, en el
primer
momento de mi despertar; mi memoria ya había
recibido el impulso, y, por lo general, ya no intentaba volverme a dormir en
seguida; la mayor parte de la noche la pasaba en rememorar nuestra vida de
antaño en Combray, en casa de la hermana de mi abuela en Balbec, en París, en
Donzières, en Venecia, en otras partes más, y en recordar los lugares, las
personas que allí conocí, lo que vi de ellas, lo que de ellas me contaron.
En Combray, todos los días, desde que
empezaba a caer la tarde y mucho antes de que llegara el momento de meterme en
la cama y estarme allí sin dormir, separado de mi madre y de mi abuela, mi
alcoba se convertía en el punto céntrico, fija y doloroso de mis
preocupaciones. A mi familia se le había
ocurrido, para distraerme aquellas noches que me veían con aspecto más tristón,
regalarme un linterna mágica; y mientras llegaba la hora de cenar, la
instalábamos en la lámpara de mi cuarto; y la linterna, al modo de los primitivos
arquitectos y maestros vidrieros de la época gótica, substituida la opacidad de
las paredes por irisaciones impalpables, por sobrenaturales apariciones
multicolores, donde se dibujaban las
leyendas como en un vitral fugaz y
tembloroso. Pero con eso mi tristeza se acrecía más aún porque bastaba con el
cambio de iluminación para destruir la costumbre que yo ya tenía de mi cuarto,
y gracias a la cual me era soportable la habitación, excepto en el
momento de acostarme. A la luz de la linterna
no reconocía mi alcoba,
y me sentía desosegado,
como en un cuarto de fonda o de «chalet» donde me hubiera alojado por vez
primera al bajar del tren.
Al paso sofrenado de su caballo, Golo,
dominado por un atroz designio, salía del bosquecillo triangular que
aterciopelaba con su sombrío verdor la falda de una colina e iba adelantándose
a saltitos hacia el castillo de Genoveva de Brabante. La silueta de este
castillo se
cortaba en una línea curva, que no era otra
cosa que el borde de uno de los óvalos de vidrio insertados en el marcó de
madera que se introducía en la ranura de la linterna. No era, pues, más que un
lienzo de castillo que tenía delante una landa, donde Genoveva, se entregaba a
sus
ensueños; llevaba Genoveva un ceñidor
celeste.
El castillo y la landa eran amarillos, y yo
no necesitaba esperar a verlos para saber de qué color eran porque antes de que
me lo mostraran los cristales de la linterna ya me lo había anunciado con toda
evidencia la áureo-rojiza sonoridad del nombre de Brabante. Golo se
paraba un momento para escuchar contristado
el discurso que mi tía leía en alta voz y que Golo daba muestras de comprender
muy bien, pues iba ajustando su actitud a las indicaciones del texto, con
docilidad no exenta de cierta majestad; y luego se marchaba al mismo paso
sofrenado con que llegó. Si movíamos la linterna, yo veía al caballo de Golo,
que seguía, avanzando por las cortinas del balcón, se abarquillaba al llegar a
las arrugas de la tela y descendía en las aberturas. También el cuerpo de Golo
era de una esencia tan
sobrenatural como su montura, y se conformaba
a todo obstáculo material, a cualquier objeto que se le opusiera en su camino,
tomándola como osamenta, e internándola dentro de su propia forma, aunque fuera
el botón de la puerta, al que se adaptaba en seguida para quedar luego flotando
en él su roja vestidura, o su rostro pálido, tan noble y melancólico siempre, y
que no dejaba traslucir ninguna inquietud motivada por aquella
transverberación.
Claro es que yo encontraba cierto encanto en
estas brillantes proyecciones que parecían emanar de un pasado merovingio y
paseaban por mi alrededor tan arcaicos reflejos de historia. Pero, sin embargo,
es indecible el malestar que me causaba aquella intrusión de belleza y misterio
en un cuarto que yo había acabado por llenar con mi personalidad, de tal modo,
que no le concedía más atención que a mi propia persona. Cesaba la influencia
anestésica de la costumbre, y
me ponía a pensar y asentir, cosas ambas muy
tristes. Aquel botón de la puerta de mi cuarto, que para mí se diferenciaba de
todos los botonesde puertas del mundo en que abría solo, sin que yo tuviese que
darle vuelta, tan inconsciente había llegado a serme su manejo, le veía
ahora sirviendo de cuerpo astral a Golo. Y en
cuanto oía la
campanada que llamaba a
la cena me apresuraba a correr al comedor, donde la gran lámpara colgante, que
no sabía de Golo ni de Barba Azul, y que tanto sabía de mis padres y de los
platos de vaca rehogada, daba su luz de todas las noches; y caía en brazos de
mamá, a
la que me hacían mirar con más cariño los
infortunios acaecidos a Genoveva, lo mismo que los crímenes de Golo me movían a
escudriñar mi conciencia con mayores escrúpulos.
Y después de cenar, ¡ay!, tenía que separarme
de mamá, que se quedaba hablando con los otros, en el jardín, si hacía buen
tiempo, o en la salita, donde todos se refugiaban si el tiempo era malo.
Todos menos mi abuela, que opinaba que «en el
campo es una pena estarse encerrado», y sostenía constantemente discusiones con
mi padre, los días que llovía mucho, porque me mandaba a leer a mi cuarto en
vez de dejarme estar afuera. «Lo que es así nunca se le
hará un niño fuerte y enérgico .decía
tristemente., y más esta criatura, que tanto necesita ganar fuerzas y
voluntad.» Mi padre se encogía de hombros y se ponía a mirar el barómetro,
porque le gustaba la meteorología, y mientras, mi madre, cuidando de no hacer
ruido para no distraerlo, lo miraba con tierno respeto, pero sin excesiva
fijeza, como sin intención de penetrar en el misterio de su superioridad. Pero
mi abuela, hiciera el tiempo que hiciera, aun en los días en que la lluvia caía
firme, cuando Francisca entraba en casa precipitadamente los
preciosos sillones de mimbre, no fueran a
mojarse, se dejaba ver en el jardín, desierto y azotado por la lluvia,
levantándose los mechones de cabello gris y desordenado para que su frente se
empapara más de la salubridad del viento y del agua. Decía: «Por fin,
respiramos»,
recorriendo las empapadas calles del jardín
.calles alineadas con
excesiva simetría y según su gusto por el
nuevo jardinero, que
carecía del sentimiento de la naturaleza,
aquel jardinero a quien mi
padre preguntaba desde la mañana temprano si
se arreglaría el
tiempo. con su menudo paso entusiasta y
brusco, paso al que daban
la norma los varios movimientos que
despertaban en su alma la
embriaguez de la tormenta, la fuerza de la
higiene, la estupidez de mi
educación y la simetría de los jardines, en
grado mucho mayor que su
inconsciente deseo de librar a su falda color
cereza de esas manchas de
barro que la cubrían hasta una altura tal que
desesperaban a su doncella.
Cuando estas vueltas por el jardín las daba
mi abuela, después de cenar,
una cosa había capaz de hacerla entrar en
casa: y era que, en uno de
esos momentos en que la periódica revolución
de sus paseos la traía
como un insecto frente a las luces de la
salita en donde estaban servidos
los licores, en la mesa de jugar, le gritara
mi tía: «Matilde, ven y no
dejes a tu marido que beba coñac».
Librodot En busca del tiempo perdido I Marcel
Proust
10
Como a mi abuelo le
habían prohibido los licores, mi tía
para hacerla rabiar (porque había llevado a
la familia de mi padre un
carácter tan diferente, que todos le daban
bromas y la atormentaban), le
hacía beber unas gotas. Mi abuela entraba a
pedir vivamente a su
marido que no probara el coñac; enfadábase él
y echaba su trago, sin
hacer caso; entonces mi abuela tornaba a
salir, desanimada y triste, pero
sonriente sin embargo, porque era tan buena y
de tan humilde corazón,
que su cariño a los demás y la poca
importancia que a sí propia se daba
se armonizaban dentro de sus ojos en una
sonrisa, sonrisa que, al revés
de las que vemos en muchos rostros humanos,
no encerraba ironía más
que hacia su misma persona, y para nosotros
era como el besar de unos
ojos que no pueden mirar a una persona
querida sin acariciarla
apasionadamente. Cosas son ésas como el
suplicio que mi tía infligía a
mi abuela, como el espectáculo de las vanas
súplicas de ésta, y de su
debilidad de carácter, ya rendida antes de
luchar, para quitar a mi
abuelo su vaso de licor, a las que nos
acostumbramos más tarde hasta el
punto de llegar a presenciarlas con risa y a
ponernos de parte del
perseguidor para persuadirnos a nosotros
mismos de que no hay
tal persecución; pero entonces me inspiraban
tal horror, que de buena
gana hubiera pegado a mi tía. Pero yo, en
cuanto oía la frase: «Matilde,
ven y no dejes a tu marido que beba coñac»,
sintiéndome ya hombre
por lo cobarde, hacía lo que hacemos todos cuando
somos mayores y
presenciamos dolores e injusticias: no quería
verlo, y me subía a
llorar a lo más alto de la casa, junto al
tejado, a una
habitacioncita que estaba al lado de la sala
de estudio, que olía a
lirio y que estaba aromada, además, por el
perfume de un grosellero
que crecía afuera, entre las piedras del
muro, y que introducía una rama
por la entreabierta ventana. Este cuarto, que
estaba destinado a un uso
más especial y vulgar, y desde el cual se
dominaba durante el día claro
hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me
sirvió de refugio
mucho tiempo, sin duda por ser el único donde
podía encerrarme con
llave, para aquellas de mis ocupaciones que
exigían una soledad
inviolable: la lectura, el ensueño, el llanto
y la voluptuosidad. Lo que
yo ignoraba entonces es que mi falta de
voluntad, mi frágil salud y la
incertidumbre que ambas cosas proyectaban
sobre mi porvenir
contribuían, en mayor y más dolorosa
proporción que las infracciones
de régimen de su marido, a las preocupaciones
que ocupaban a mi
abuela durante las incesantes deambulaciones
de por la tarde o
por la noche, cuando la veíamos pasar y
repasar, alzado un poco
oblicuamente hacia el cielo aquel hermoso
rostro suyo, de mejillas
morenas y surcadas por unas arrugas que, al
ir haciéndose vieja,
habían tomado un tono malva como las labores
en tiempo de otoño;
arrugas, cruzadas, si
tenía que salir, por las rayas de un velillo a
medio alzar, y en las que siempre se estaba
secando una lágrima
involuntaria, caída entre aquellos surcos por
causa del frío o de un
pensamiento penoso.
Al subir a acostarme, mi único consuelo era
que mamá habría
de venir a darme un beso cuando ya estuviera
yo en la cama.
Pero duraba tan poco aquella despedida y
volvía mamá a
marcharse tan pronto, que aquel momento en
que la oía subir, cuando
se sentía por el pasillo de doble puerta el
leve roce de su traje de jardín,
de muselina blanca con cordoncitos colgantes
de paja trenzada, era para
mí un momento doloroso. Porque anunciaba el
instante que vendría
después, cuando me dejara solo y volviera
abajo. Y por eso llegué a
desear que ese adiós con que yo estaba tan
encariñado viniera lo más
tarde posible y que se prolongara aquel
espacio de tregua que precedía
a la llegada de mamá. Muchas veces, cuando ya
me había dado un beso
e iba a abrir la puerta para marcharse,
quería llamarla, decirle que me
diera otro beso, pero ya sabía que pondría
cara de enfado, porque
aquella concesión que mamá hacía a mi
tristeza y a mi inquietud
subiendo a decirme adiós, molestaba a mi
padre, a quien parecían
absurdos estos ritos; y lo que ella hubiera
deseado es hacerme perder
esa costumbre, muy al contrario de dejarme
tomar esa otra nueva de
pedirle un beso cuando ya estaba en la
puerta. Y el verla enfadada
destrozaba toda la calma que un momento antes
me traía al inclinar
sobre mi lecho su rostro lleno de cariño,
ofreciéndomelo como una
ostia para una comunión de paz, en la que mis
labios saborearían su
presencia real y la posibilidad de dormir.
Pero aun eran buenas esas
noches cuando mamá se estaba en mi cuarto tan
poco rato, por
comparación con otras en que había invitados
a cenar y mamá no podía
subir. Por lo general, el invitado era el
señor Swann, que, aparte de
los forasteros de paso era la única visita
que teníamos en Combray,
unas noches para cenar, en su calidad de
vecino (con menos frecuencia
desde que había hecho aquella mala boda,
porque mis padres no
querían recibir a su mujer), y otras después
de cenar, sin previo
aviso. Algunas noches, cuando estábamos
sentados delante de la casa
alrededor de la mesa de hierro, cobijados por
el viejo castaño, oíamos
al extremo del jardín, no el cascabel chillón
y profuso que regaba y
aturdía a su paso con un ruido ferruginoso,
helado e inagotable, a
cualquier persona de casa que le pusiera en
movimiento al entrar sin
llamar, sino el doble tintineo, tímido, oval
y dorado de la campanilla,
que anunciaba a los de fuera; y en seguida
todo el mundo se
preguntaba: «Una visita. ¿Quién será?»,
aunque sabíamos muy bien que
no podía ser nadie más que el señor Swann; mi
tía, hablando en voz
alta, para predicar con
el ejemplo, y tono que quería ser natural,
nos decía que no cuchicheáramos así, que no
hay nada más descortés
que eso para el que llega, porque se figura
que están hablando de algo
que él no debe oír, y mandábamos a la
descubierta a mi abuela,
contenta siempre de tener un pretexto para
dar otra vuelta por el jardín,
y que de paso se aprovechaba para arrancar
subrepticiamente
algunos rodrigones de rosales, con objeto de
que las rosas tuvieran un
aspecto más natural, igual que la madre que
con sus dedos ahueca
la cabellera de su hijo porque el peluquero
dejara el peinado liso
por demás.
Nos quedamos todos pendientes de las noticias
del enemigo que
la abuela nos iba a traer, como si dudáramos
entre un gran número de
posibles asaltantes, y en seguida mi abuelo
decía: «Me parece la voz de
Swann». En efecto: sólo por la voz se lo
reconocía; no se veía bien su
rostro, de nariz repulgada, ojos verdes y
elevada frente rodeada de
cabellos casi rojos, porque en el jardín
teníamos la menos luz posible,
para no atraer los mosquitos; y yo iba, como
el que no hace nada, a
decir que trajeran los refrescos, cosa muy
importante a los ojos
de mi abuela, que consideraba mucho más
amable que los refrescos
estuvieran allí como por costumbre y no de
modo excepcional y para
las visitas tan sólo. El señor Swann, aunque
mucho más joven, tenía
mucha amistad con mi abuelo, que había sido
uno de los mejores
amigos de su padre, hombre éste, según
decían, excelente, pero muy
raro, y que, a veces, por una nadería atajaba
bruscamente los
impulsos de su corazón o desviaba el curso de
su pensamiento. Yo
había oído contar a mi abuelo, en la mesa,
varias veces al año las
mismas anécdotas sobre la actitud del señor
Swann, padre, a la muerte
de su esposa, a quien había asistido en su
enfermedad, de día y de
noche. Mi abuelo, que no lo había visto hacía
mucho tiempo, corrió a
su lado, a la posesión que tenían los Swann
al lado de Combray; y con
objeto de que no estuviera delante en el
momento de poner el cadáver
en el ataúd, logró mi abuelo sacar al señor
Swann de la cámara
mortuoria, todo lloroso. Anduvieron un poco
por el jardín, donde había
algo de sol, y, de pronto, el señor Swann,
agarrando a mi abuelo por el
brazo, exclamó «¡Ah, amigo mío, qué gusto da
pasearse juntos con este
tiempo tan hermoso! ¿Qué, no es bonito todo
esto, los árboles, los
espinos, el estanque? Por cierto que no me ha
dicho usted si le agrada
mi estanque. ¡Qué cara tan mustia tiene
usted! Y de este airecito que
corre, ¿qué me dice? Nada, nada, amigo mío,
digan lo que quieran hay
muchas cosas buenas en la vida». De pronto,
volvía el recuerdo de su
muerta; y pareciéndole sin duda cosa harto
complicada el
averiguar cómo había podido dejarse llevar en
semejantes instantes por
un impulso de alegría,
se contentaba con recurrir a un ademán que le
era familiar cada vez que se le presentaba
una cuestión ardua: pasarse la
mano por la frente y secarse los ojos y los
cristales de los lentes. No
pudo consolarse de la pérdida de su mujer;
pero en los dos años que la
sobrevivió, decía a mi abuelo: «¡Qué cosa tan
rara! Pienso muy a
menudo en mi pobre mujer; pero mucho, mucho
de una vez no puedo
pensar en ella». Y «a menudo, pero poquito de
una vez, como el pobre
Swann», pasó a ser una de las frases
favoritas de mi abuelo, que la
decía a propósito de muy distintas cosas. Y
hubiera tenido por un
monstruo a aquel padre de Swann, si mi abuelo,
que yo estimaba como
mejor juez, y cuyo fallo al formar
jurisprudencia para mí me ha servido
luego muchas veces para absolver faltas que
yo me hubiera inclinado a
condenar, no hubiera gritado: «Pero, ¿cómo?
¡Si era un corazón de
oro!»
Durante muchos años, y a pesar de que el
señor Swann iba con
mucha frecuencia, sobre todo antes de
casarse, a ver a mis
abuelos y a mi tía, en Combray, no
sospecharon los de casa que
Swann ya no vivía en el mismo medio social en
que viviera su familia,
y que, bajo aquella especie de incógnito que
entre nosotros le prestaba
el nombre de Swann, recibían .con la misma
perfecta inocencia de
un honrado hostelero que tuviera en su casa,
sin saberlo, a un bandido
célebre. a uno de los más elegantes socios
del Jockey Club, amigo
favorito del conde de París y del príncipe de
Gales y uno de los
hombres más mimados en la alta sociedad del
barrio de Saint-Germain.
Nuestra ignorancia de esa brillante vida
mundana que Swann
hacía se basaba, sin duda, en parte, en la
reserva y discreción de su
carácter; pero también en la idea, un tanto
india, que los burgueses de
entonces se formaban de la sociedad,
considerándola como constituida
por castas cerradas, en donde cada cual,
desde el instante de su
nacimiento, encontrábase colocado en el mismo
rango que ocupaban
sus padres, de donde nada, como no fueran el
azar de una carrera
excepcional o de un matrimonio inesperado,
podría sacarle a uno para
introducirle en una casta superior. El señor
Swann, padre, era agente
de cambio; el «chico Swann» debía, pues,
formar parte para toda
su vida de una casta en la cual las fortunas,
lo mismo que en una
determinada categoría de contribuyentes,
variaban entre tal y tal
cantidad de renta. Era cosa sabida con qué
gente se trataba su padre; así
que se sabía también con quién se trataba el
hijo y cuáles eran las
personas con quienes «podía rozarse». Y si
tenía otros amigos
serían amistades de juventud, de esas ante
las cuales los amigos
viejos de su casa, como lo eran mis abuelos,
cerraban benévolamente
los ojos; tanto más cuanto que, a pesar de
estar ya huérfano, seguía
viniendo a vernos con
toda fidelidad; pero podría apostarse que esos
amigos suyos que nosotros no conocíamos,
Swann no se hubiera
atrevido a saludarlos si se los hubiera
encontrado yendo con
nosotros.
Y si alguien se hubiera empeñado en aplicar a
Swann un
coeficiente social que lo distinguiera entre
los demás hijos de agentes
de cambio deposición igual a la de sus
padres, dicho coeficiente no
hubiera sido de los más altos, porque Swann,
hombre de hábitos
sencillos y que siempre tuvo «chifladura» por
las antigüedades y los
cuadros, vivía ahora en un viejo Palacio,
donde iba amontonando sus
colecciones, y que mi abuela estaba soñando
con visitar, pero situado
en el muelle de Orleáns, en un barrio en el
que era denigrante habitar,
según mi tía. « ¿Pero entiende usted algo de
eso? Se lo pregunto por su
propio interés, porque me parece que los
comerciantes de cuadros le
deben meter muchos mamarrachos», le decía mi
tía; no creía ella que
Swann tuviera competencia alguna en estas
cosas, y, es más, no se
formaba una gran idea, desde el punto de
vista intelectual, de un
hombre que en la conversación evitaba los
temas serios y mostraba una
precisión muy prosaica, no sólo cuando nos
daba recetas de cocina,
entrando en los más mínimos detalles, sino
también cuando las
hermanas de mi abuela hablaban de temas
artísticos. Invitado por ellas
a dar su opinión o a expresar su admiración
hacia un cuadro, guardaba
un silencio que era casi descortesía, y, en
cambio, se desquitaba si le
era posible dar una indicación material sobre
el Museo en que se
hallaba o la fecha en que fue pintado. Pero,
por lo general, contentábase
con procurar distraernos contándonos cada vez
una cosa nueva que le
había sucedido con alguien escogido de entre
las personas que nosotros
conocíamos; con el boticario de Combray, con
nuestra cocinera o
nuestro cochero. Y es verdad que estos
relatos hacían reír a mi tía, pero
sin que acertara a discernir si era por el
papel ridículo con que Swann
se presentaba así propio en estos cuentos, o
por el ingenio con que los
contaba. Y le decía: «Verdaderamente es usted
un tipo único,
señor Swann». Y como era la única persona un
poco vulgar de la
familia nuestra, cuidábase mucho de hacer
notar a las personas de fuera
cuando de Swann se hablaba, que, de quererlo,
podría vivir en el
bulevar Haussmann o en la avenida de la
Ópera, que era hijo del señor
Swann, del que debió heredar cuatro o cinco
millones, pero que aquello
del muelle de Orléans era un capricho suyo.
Capricho que ella miraba
como una cosa tan divertida para los demás,
que en París, cuando el
señor Swann iba el día primero de año a
llevarle su saquito de
marrons glaces, nunca dejaba de decirle, si había gente:
«¿Qué,
Swann, sigue usted viviendo junto a los
depósitos de vino, para no
Librodot En busca del tiempo perdido I Marcel
Proust
15
perder el tren si tiene
que ir camino de Lyón?» Y miraba a los otros
visitantes con el rabillo del ojo, por encima
de su lente.
Pero si hubieran dicho a mi tía que ese Swann
.que como tal
Swann hijo estaba perfectamente «calificado»
para entrar en los salones
de toda la «burguesía», de los notarios y
procuradores más estimados
(privilegio que él abandonaba a la rama
femenina de su familia)., hacía
una vida enteramente distinta, como a
escondidas, y que, al salir de
nuestra casa en París, después de decirnos
que iba a acostarse, volvía
sobre sus pasos apenas doblaba la esquina
para dirigirse a una
reunión de tal calidad que nunca fuera dado
contemplarla a los ojos
de ningún agente de cambio ni de socio de
agente, mi tía hubiera tenido
una sorpresa tan grande como pudiera serlo la
de una dama más leída al
pensar que era amiga personal de Aristeo, y
que Aristeo, después de
hablar con ella, iba a hundirse en lo hondo
de los reinos de Tetis en un
imperio oculto a los ojos de los mortales y
en donde, según Virgilio, le
reciben a brazos abiertos; o .para servirnos
de una imagen que era más
probable que acudiera a la mente de mi tía,
porque la había visto
pintada en los platitos para dulces de
Combray. que había tenido a
cenar á Alí Babá, ese Alí Babá que, cuando se
sepa solo, entrará
en una caverna resplandeciente de tesoros
nunca imaginados.
Un día en que, estando en París, vino de
visita después de cenar,
excusándose porque iba de frac, Francisca nos
comunicó, cuando
Swann se hubo marchado, que, según le había
dicho su cochero, había
cenado «en casa de una princesa», mi tía
contestó, encogiéndose de
hombros y sin alzar los ojos de su labor:
«Sí, en casa de una princesa de
cierta clase de mujeres habrá sido».
Así que mi tía lo trataba de un modo
altanero. Como creía que
nuestras invitaciones debían ser para él
motivo de halago, le
parecía muy natural que nunca fuera a vernos
cuando era verano sin
llevar en la mano un cestito de albaricoques
o frambuesas de su jardín,
y que de cada viaje que hacía a Italia me
trajera fotografías de obras de
arte célebres.
No teníamos escrúpulo en mandarlo llamar en
cuanto se
necesitaba una receta de salsa gribiche, o de ensalada de piña, para
comidas de etiqueta a las cuales no se lo
invitaba, por considerar que no
tenía prestigio suficiente para presentarle a
personas de fuera que iban a
casa por primera vez. Si la conversación
recaía sobre los príncipes de la
Casa de Francia, mi tía hablaba de ellos
diciendo: «Personas que ni
usted ni yo conoceremos nunca, ni falta que
nos hace, ¿verdad?», y
se dirigía a Swann, que quizá tenía en el
bolsillo una carta de
Twickenham, y le mandaba correr al piano y
volver la hoja las noches
en que cantaba la hermana de mi abuela,
mostrando para manejar a este
Librodot En busca del tiempo perdido I Marcel
Proust
16
Swann, tan solicitado en
otras partes, la ingenua dureza de un niño
que juega con un cacharro de museo sin más
precauciones que con
un juguete barato. Sin dada, el Swann que
hacia la misma época
trataran tantos clubmen, no tenía nada que ver con el que creaba mi
tía,
con aquel oscuro e incierto personaje, que a
la noche, en el jardincillo
de Combray, y cuando habían sonado los dos
vacilantes tintineos de la
campanilla, se destacaba sobre un fondo de
tinieblas, identificable
solamente por su voz, y al que mi tía
rellenaba y vivificaba con todo lo
que sabía de la familia Swann. Pero ni
siquiera desde el punto de
vista de las cosas más insignificantes de la
vida somos los
hombres un todo materialmente constituido,
idéntico para todos, y del
que cualquiera puede enterarse como de un
pliego de condiciones o de
un testamento; no, nuestra personalidad
social es una creación del
pensamiento de los demás. Y hasta ese acto
tan sencillo que llamamos
«ver a una persona conocida» es, en parte, un
acto intelectual.
Llenamos la apariencia física del ser que
está ante nosotros con todas
las nociones que respecto a él tenemos, y el
aspecto total que de una
persona nos formamos está integrado en su
mayor parte por dichas
nociones. Y ellas acaban por inflar tan
cabalmente las mejillas, por
seguir con tan perfecta adherencia la línea
de la nariz, y por matizar tan
delicadamente la sonoridad de la voz, como si
ésta no fuera más que
una transparente envoltura, que cada vez que
vemos ese rostro y oímos
esa voz, lo que se mira y lo que se oye son
aquellas nociones.
Indudablemente, en el Swann que mis padres se
habían formado
omitieron por ignorancia una multitud de
particularidades de su vida
mundana, que eran justamente la causa de que
otras personas, al
mirarle, vieran cómo todas las elegancias
triunfaban en su rostro, y se
detenían en su nariz pellizcada, como en su
frontera natural; pero, en
cambio, pudieron acumular en aquella cara
despojada de su prestigio,
vacante y espaciosa, y en lo hondo de
aquellos ojos, preciados
menos de lo justo, el vago y suave sedimento
.medio recuerdo y
medio olvido. que dejaron las horas de ocio
pasadas en su compañía
después de cada comida semanal alrededor de
la mesita de juego, o en
el jardín, durante nuestra vida de amistosa
vecindad campesina. Con
esto, y con algunos recuerdos relativos a sus
padres, estaba tan bien
rellena la envoltura corporal de nuestro
amigo, que aquel Swann llegó a
convertirse en un ser completo y vivo, y que
yo siento la impresión de
separarme de una persona para ir hacia otra
enteramente distinta,
cuando en mi memoria pasó del Swann que más
tarde conocí con
exactitud a ese primer Swann .a ese primer
Swann en el que me
encuentro con los errores amables de mi
juventud, y que además se
parece menos al otro. Swann de después que a
las personas que yo
conocía en la misma
época, como si pasara con nuestra vida lo que con
un museo en donde todos los retratos de un
mismo tiempo tienen un
aire de familia y una misma tonalidad., a ese
primer Swann, imagen del
ocio; perfumado por el olor del viejo
castaño, de los cestillos de
frambuesas y de una brizna de estragón.
Y, sin embargo, un día que mi abuela tuvo que
ir a pedir un
favor a una señora que había conocido en el
Sagrado Corazón (y con la
que no había seguido tratándose, a pesar de
una recíproca simpatía por
aquella idea nuestra de las castas), la
marquesa de Villeparisis, de
la célebre familia de los Bouillon, esta
señora le dijo: «Creo que
conoce usted mucho a un gran amigo de mis
sobrinos los de Laumes, el
señor Swann». Mi abuela volvió de su visita
entusiasmada por la casa,
que daba a un jardín, y adonde la marquesa le
había aconsejado que se
fuera a vivir, y entusiasmada también por un
chalequero y su hija,
que tenían en el patio una tiendecita, donde
entró mi abuela a que le
dieran una puntada en la falda que se le
había roto en la escalera.
A mi abuela le habían parecido gentes
perfectas, y
declaraba que la muchacha era una perla y el
chalequero el hombre
mejor y más distinguido que vio en su vida.
Porque para ella la
distinción era cosa absolutamente
independiente del rango social. Se
extasiaba al pensar en una respuesta del
chalequero, y decía a mamá
«Sevigné no lo hubiera dicho mejor»; y en
cambio contaba de un
sobrino de la señora de Villeparisis que
había encontrado en su casa:
«¡Si vieras qué ordinario es, hija mía!»
Lo que dijo de Swann tuvo por resultado no el
realzar a éste en
la opinión de mi tía, sino de rebajar a la
señora de Villeparisis.
Parecía que la consideración que, fiados en
mi abuela, teníamos
a la señora de Villeparisis le impusiera el
deber de no hacer nada
indigno de esa estima, y que había faltado a
ella al enterarse de que
Swann existía y permitir a parientes suyos
que le trataran. «¿Conque
conoce a Swann? ¿Una persona que se dice
pariente del mariscal de
Mac-Mahon?» Esta opinión de mis padres
respecto a las amistades de
Swann pareció confirmarse por su matrimonio
con una mujer de
mala sociedad, una cocotte casi; Swann no intentó nunca
presentárnosla, y siguió viniendo a casa solo,
cada vez más de tarde en
tarde, y por esta mujer se figuraban mis
padres que podían juzgar del
medio social, desconocido de ellos; en que
andaba Swann, y
donde se imaginaban que la fue a encontrar.
Pero una vez mi abuelo leyó en un periódico
que el señor
Swann era uno de los más fieles concurrentes
a los almuerzos que daba
los domingos el duque de X..., cuyo padre y
cuyo tío figuraron entre los
primeros estadistas del reinado de Luis
Felipe. Y como mi abuelo
sentía gran curiosidad
por todas las menudas circunstancias que le
ayudaban a penetrar con el pensamiento en la
vida privada de hombres
como Molé, el duque de Pasquier el duque de
Broglie, se alegró mucho
al saber que Swann se trataba con personas
que los habían conocido.
Mi tía, por el contrario, interpretó esta
noticia desfavorablemente
para Swann; la persona que buscaba sus amigos
fuera de la casta que
nació, fuera de su «clase» social, sufría a
sus ojos un descenso social.
Le parecía a mi tía que así se renunciaba de
golpe a aquellas buenas
amistades con personas bien acomodadas, que
las familias previsoras
cultivan y guardan dignamente para sus hijos
(mi tía había dejado de
visitarse con el hijo de un notario amigo
nuestro porque se casó
con una alteza, descendiendo así, para ella,
del rango respetable de
hijo de notario al de uno de esos
aventureros, ayuda de cámara o mozos
de cuadra un día, de los que se cuenta que
gozaron caprichos de reina.
Censuró el propósito que formara mi abuelo de
preguntar a Swann la
primera noche que viniera a cenar a casa
cosas relativas a aquellos
amigos que le descubríamos. Además, las dos
hermanas de mi abuela,
solteronas que tenían el mismo natural noble
que ella, pero no su
agudeza, declararon que no comprendían qué
placer podía sacar su
cuñado de hablar de semejantes simplezas.
Eran ambas personas de
elevadas miras e incapaces, precisamente por
eso, de interesarse por lo
que se llama un chisme, aunque tuviese un
interés histórico, ni, en
general, por nada, que no se refiriera
directamente a un objeto estético o
virtuoso. Tal era el desinterés de su
pensamiento respecto a aquellas
cosas que de lejos o de cerca pudieran
referirse a la vida de sociedad,
que su sentido auditivo .acabando por
comprender su inutilidad
momentánea en cuanto en la mesa tomaba la
conversación un tono
frívolo o sencillamente prosaico, sin que las
dos viejas señoritas
pudieran encaminarla hacia los temas para
ellas gratos dejaba
descansar sus órganos, receptores,
haciéndoles padecer un
verdadero comienzo de atrofia. Si mi abuelo
necesitaba entonces llamar
la atención de alguna de las dos hermanas
tenía que echar mano de esos
avisos a que recurren los alienistas para con
algunos maníacos de la
distracción, a saber: varios golpes repetidos
en un vaso con la hoja de
un cuchillo, coincidiendo con una brusca
interpelación de la voz y la
mirada, medios violentos que esos psiquiatras
transportan a menudo, al
trato corriente con personas sanas, ya sea
por costumbre profesional, ya
porque consideren a todo el mundo un poco
loco.
Más se interesaron cuando la víspera del día
en que Swann
estaba invitado (y Swann les había enviado
aquel día una caja de
botellas de vino de
Asti), mi tía, en la mano un número de El Fígaro en
el que se leía junto al título de un cuadro
que estaba en una
Exposición de Corot, «de la colección del
señor Carlos Swann», nos
dijo: «¿Habéis visto que Swann goza los
honores de El Fígaro?» «Yo
siempre os he dicho que tenía muy buen
gusto», contestó mi abuela.
«Naturalmente, tenías que ser tú, en cuanto
se trata de sustentar una
opinión contraria a la nuestra», respondió mi tía; porque sabía que mi
abuela no compartía su opinión nunca, y como
no estaba muy segura
de que era a ella y no a mi abuela a quien
dábamos siempre la
razón, quería arrancarnos una condena en
bloque de las opiniones de
mi abuela, tratando, para ir contra ellas, de
solidarizarnos por
fuerza con las suyas. Pero nosotros nos
quedábamos callados.
Como las hermanas de mi abuela manifestaran
su intención de decir
algo a Swann respecto a lo de El Fígaro, mi tía las disuadió.
Cada vez que veía a los demás ganar una
ventaja, por
pequeña que fuera, que no le tocaba a ella,
se convencía de que no era
tal ventaja, sino un inconveniente, y para no
tener que envidiar a los
otros, los compadecía. «Creo que no le dará
ningún gusto; a mí, por mi
parte, me sería muy desagradable ver mi
nombre impreso así al
natural en el periódico, y no me halagaría
nada que me vinieran a
hablar de eso.» No tuvo que empeñarse en
persuadir a las hermanas de
mi abuela; porque éstas, por horror a la
vulgaridad, llevaban tan
allá el arte de disimular bajo ingeniosas
perífrasis una alusión personal,
que muchas veces pasaba inadvertida aun de la
misma persona a
quien iba dirigida. En cuanto a mi madre, su
único pensamiento era
lograr de mi padre que consintiera en hablar
a Swann, no ya de su
mujer, sino de su hija, hija que Swann
adoraba y que era, según decían,
la causa de que hubiera acabado por casarse.
«Podías decirle unas
palabras nada más, preguntarle cómo está la
niña.» Pero mi padre se
enfadaba. «No, eso es disparatado. Sería
ridículo.»
Pero yo fui la única persona de casa para
quien la visita de
Swann llegó a ser objeto de una penosa
preocupación. Y es que las
noches en que había algún extraño, aunque
sólo fuera el señor Swann,
mamá no subía a mi cuarto. Yo no me sentaba a
cenar a la mesa;
acabada mi cena, me iba un rato al jardín y
luego me despedía
y subía a acostarme. Cenaba aparte, antes que
los demás, e iba luego a
sentarme a la mesa hasta las ocho, hora en
que, con arreglo a lo
preceptuado, tenía que subir a acostarme; ese
beso precioso y frágil que
de costumbre mamá me confiaba, cuando yo
estaba ya en la
cama, había que transportarlo entonces desde
el comedor a mi alcoba y
guardarle todo el rato que tardaba en
desnudarme, sin que se quebrara
su dulzor, sin que su virtud volátil se
difundiera y se evaporara, y
Librodot En busca del tiempo perdido I Marcel
Proust
20
justamente aquellas
noches en que yo deseaba recibirle con mayor
precaución no me cabía más remedio que
cogerle, arrancarle,
brusca y públicamente, sin tener siquiera el
tiempo y la libertad de
ánimo necesarios para poner en aquello que
hacía esa atención de los
maníacos que se afanan por no pensar en otra
cosa cuando están
cerrando una puerta, con objeto de que cuando
retorné la enfermiza
incertidumbre puedan oponerle victoriosamente
el recuerdo del
momento en que cerraron. Estábamos todos en
el jardín cuando sonaron
los dos vacilantes campanillazos. Sabíamos
que era Swann; sin
embargo, todos nos miramos con aire de
interrogación, y se mandó a
mi abuela a la descubierta. «No se os olvide
darle las gracias de un
modo inteligible por el vino; es delicioso y
la caja muy grande»,
recomendó mi abuelo a sus dos cuñadas. «No
empecéis a
cuchichear», dijo mi tía. ¡Qué agradable es
entrar en una casa donde
todo el mundo está hablando bajito! «¡Ah!,
aquí está el señor Swann.
Vamos a preguntarle si le parece que mañana
hará buen tiempo»,
dijo mi padre. Mi madre estaba pensando que
una sola palabra suya
podía borrar todo el daño que en casa
habíamos podido hacer a Swann
desde que se casó. Y se las compuso para
llevarle un poco aparte.
Pero yo fui detrás; no podía decidirme a
separarme ni un
paso de ella al pensar que dentro de un
momento tendría que dejarla en
el comedor y subir a mi alcoba, sin tener el
consuelo de que subiera a
darme un beso como los demás días.
«Vamos a ver, señor Swann, cuénteme usted
cosas de su
hija; de seguro que ya tiene afición a las
cosas bonitas, como su
padre.»
«Pero vengan ustedes a sentarse aquí en la
galería con
nosotros», dijo mi abuelo acercándose. Mi
madre tuvo que
interrumpirse, pero hasta de aquel obstáculo
sacó un pensamiento
delicado más, como los buenos poetas a
quienes la tiranía de la rima
obliga a encontrar sus máximas bellezas. «Ya
hablaremos de ello
cuando estemos los dos solos .dijo Swann a
media voz.. Sólo una
madre la puede entender a usted. De seguro
que la mamá de su niña
opina como yo.» Nos sentamos todos alrededor
de la mesa de hierro.
Yo quería pensar en las horas de angustia que
aquella noche
pasaría yo solo en mi cuarto sin poder
dormirme; hacía por
convencerme de que no tenían tanta
importancia, puesto que al día
siguiente ya las habría olvidado, y trataba
de agarrarme a ideas de
porvenir, esas ideas que hubieran debido
llevarme, como por un puente,
hasta más allá del abismo cercano que me
aterrorizaba. Pero mi
espíritu, en tensión por la preocupación, y
convexo, como la mirada
con que yo flechaba a mi madre, no se dejaba
penetrar por ninguna
impresión extraña. Los
pensamientos entraban en él, sí, pero a
condición de dejarse fuera cualquier elemento
de belleza o
sencillamente de diversión que hubiera podido
emocionarme o
distraerme.
Lo mismo que un enfermo, gracias a un
anestésico, asiste con
entera lucidez a la operación que le están
haciendo, pero sin sentir nada,
yo me recitaba versos que me gustaban, o me
complacía en fijarme en
los esfuerzos que hacía mi abuelo para hablar
a Swann del duque de
Audiffret-Pasquier, sin que éstos me
inspiraran ningún regocijo ni
aquéllos ninguna emoción. Los esfuerzos
fueron infructuosos.
Apenas hubo mi abuelo hecho a Swann una
pregunta relativa a aquel
orador, cuando una de las hermanas de mi
abuela, en cuyos oídos
resonara la pregunta como una pausa profunda,
pero intempestiva, y
que sería cortés romper, dijo, dirigiéndose a
la otra: «Sabes; Celina, he
conocido a una maestra joven, de Suecia, que
me ha contado detalles
interesantísimos sobre las cooperativas en
los países escandinavos.
Habrá que invitarla una noche». «Ya lo creo
.contestó su hermana
Flora.; pero yo tampoco he perdido el tiempo.
Me he encontrado en
casa del señor Vinteuil con un sabio muy
viejo que conoce mucho a
Maubant, el cual le ha explicado muy
detalladamente lo que hace para
preparar sus pape-les. Es interesantísimo. Es
vecino del señor Vinteuil,
yo no lo sabía; un hombre muy amable.» «No es
sólo el señor Vinteuil
el que tiene vecinos amables», exclamó mi tía
Celina con voz que era
fuerte, a causa de la timidez, y ficticia, a
causa de la premeditación,
lanzando a Swann lo que ella llamaba una
mirada significativa. Al
mismo tiempo, mi tía Flora, que comprendió
que la frase era el modo
de dar las gracias por el vino de Asti, miró
también a Swann con un
tanto de congratulación y otro tanto de
ironía, ya fuera para subrayar el
rasgo de ingenio de su hermana, ya porque
envidiara a Swann el
haberlo inspirado, ya porque no pudiera por
menos de burlarse de él
porque le creía puesto en un brete. «Me
parece que podremos lograr
que venga a cenar una noche .siguió Flora.;
cuando se le da cuerda
acerca de Maubant o de la Materna se está
hablando horas y
horas.» «Debe de ser delicioso», dijo mi
abuelo suspirando; porque la
naturaleza se había olvidado de poner en su
alma la posibilidad de
interesarse apasionadamente por las
cooperativas suecas o la
preparación de los papeles de Maubant, tan
completamente como
se olvidó de proporcionar a las hermanas de
mi abuela ese granito de
sal que tiene que poner uno mismo, para
encontrarle sabor a un
relato acerca de la vida íntima de Molé o del
conde de París. «Pues,
mire usted .dijo Swann a mi abuelo.: lo que
le voy a decir tiene más
relación de lo que parece con lo que me
preguntaba usted, porque en
algunos respectos las
cosas no han cambiado mucho. Estaba yo esta
mañana releyendo en Saint-Simon una cosa que
le hubiera a usted
divertido. Es el tomo que trata de cuando fue
de embajador a España;
no es uno de los mejores, no es casi más que
un diario, pero por lo
menos es un diario maravillosamente escrito,
lo cual empieza ya a
diferenciarle de esos cargantes diarios que
nos creemos en la obligación
de leer ahora por la mañana y por la noche.»
«No soy yo de esa
opinión: hay días en que la lectura de los
diarios me parece muy
agradable...», interrumpió mi tía Flora para
hacer ver que había leído
en El Fígaro la frase relativa al
Corot de Swann. «Sí, cuando hablan de
cosas o de personas que nos interesan», realzó
mi tía Celina. «No digo
que no .replicó Swann un poco sorprendido..
Lo que a mí me parece
mal en los periódicos es que soliciten todos
los días nuestra atención
para cosas insignificantes, mientras que los
libros que contienen
cosas esenciales no los leemos más que tres o
cuatro veces en toda
nuestra vida. En el momento en que rompemos
febrilmente todas las
mañanas la faja del periódico, las cosas
debían cambiarse y aparecer en
el periódico, yo no sé qué, los...
pensamientos de Pascal, por ejemplo .y
destacó esta palabra con un tono de énfasis
irónico, para no parecer pe-
dante.; y, en cambio, en esos tomos de cantos
dorados que no
abrimos más que cada diez años es donde
debiéramos leer que la reina
de Grecia ha salido para Cannes, o que la duquesa
de León ha dado un
baile de trajes», añadió Swann dando muestra
de ese desdén por las
cosas mundanas que afectan algunos hombres de
mundo. Pero
lamentando haberse inclinado a hablar de
cosas serias, aunque las
tratara ligeramente, dijo con ironía:
«Hermosa conversación tenemos;
no sé por qué abordamos estas cimas», y volviéndose hacia mi abuelo:
«Pues cuenta Saint-Simon que Maulevrier tuvo
un día el valor de
tender la mano a sus hijos. Ya sabe usted que
de ese Maulevrier es de
quien dice: «Nunca vi en esa botella
ordinaria más que mal humor,
grosería y estupideces.» «Ordinarias o no, ya
sé yo de botellas que
tienen otra cosa», dijo vivamente Flora, que
tenía interés en dar las
gracias ella también a Swann, porque el
regalo era para las dos. Celina
se echó a reír. Swann, desconcertado,
prosiguió: «Yo no sé si fue por
pasarse de tonto o por pasarse de listo,
escribe Saint-Simon. que quiso
dar la mano a mis hijos. Lo noté lo bastante
a tiempo para
impedírselo». Mi abuelo ya se estaba extasiando
ante la locución; pero
la señorita Celina, en cuya persona el nombre
de Saint-Simon .un
literato. había impedido la anestesia total
de las facultades auditivas, se
indignó: «¿ Cómo? ¿Y admira usted eso? Pues
sí que tiene gracia. ¿Qué
quiere decir eso? ¿Es que un hombre no vale
lo mismo que otro? ¿Qué
más da que sea duque o cochero si es listo y
bueno?
Buena manera tenía de
educar a sus hijos su Saint-Simon de
usted, si no los enseñaba a dar la mano a
todas las personas honradas.
Es sencillamente odioso. Y se atreve usted a
citar eso». Y mi abuelo,
afligido, y comprendiendo ante esta
obstrucción la imposibilidad de
intentar que Swann le contara aquellas
anécdotas que tanto le
hubieran divertido, decía en voz baja a mamá:
«Recuérdame ese verso
que me enseñaste y que me consuela tanto en
estos momentos. ¡Ah!,
sí: Señor, cuántas virtudes nos has hecho tú odiosas. ¡Qué bien
está eso!
Yo no quitaba la vista de encima a mi madre;
sabía bien que
cuando estuviéramos a la mesa no me dejarían
quedarme mientras
durara toda la comida, y que para no
contrariar a mi padre, mamá no
me permitiría que le diera más de un beso
delante de la gente, como si
fuera en mi cuarto. Así que ya me estaba yo
prometiendo para cuando,
estando todos en el comedor, empezaran a
cenar ellos y sintiera yo que
se acercaba la hora, sacar por anticipado de
aquel beso, que habría de
ser tan corto y fugitivo, todo lo que yo
únicamente podía sacar de él:
escoger con la mirada el sitio de la mejilla
que iba a besar, preparar el
pensamiento para poder consagrar gracias a
ese comienzo mental del
beso, el minuto entero que me concediera mi
madre al sentir su cara en
mis labios, como un pintor que no puede
lograr largas sesiones de
modelo prepara su paleta y hace por
anticipado de memoria, con
arreglo a sus apuntes, todo aquello para lo
cual puede en rigor
prescindir del modelo. Pero he aquí que,
antes de que llamaran a cenar,
mi abuelo tuvo la ferocidad inconsciente de
decir: «Parece que el
niño está cansado, debería subir a acostarse.
Porque, además, esta
noche cenamos tarde». Y mi padre, que no
guardaba con la misma
escrupulosidad que mi muela y mi madre el
respeto a la fe jurada, dijo:
«Sí, anda, ve a acostarte». Fui a besar a
mamá y en aquel momento
sonó la campana para la cena.
No, no, deja a tu madre; bastante os habéis
dicho adiós
ya; esas manifestaciones son ridículas. Anda,
sube.» Y tuve que
marcharme sin viático, tuve que subir cada
escalón llevando la
contra a mi corazón, ir subiendo contra mi
corazón, que quería
volverse con mi madre, porque ésta no le
había dado permiso para
venirse conmigo, como se le daba todas las
noches con el beso. Aquella
odiada escalera por la que siempre subí con
tan triste ánimo echaba un
olor a barniz que en cierto modo absorbió y
fijó aquella determinada
especie de pena que yo sentía todas las
noches, contribuyendo a hacerla
aún más cruel para mi sensibilidad, porque
bajo esa forma
olfativa mi inteligencia no podía participar
de ella. Cuando estamos
durmiendo y no nos damos cuenta de un dolor
de muelas que nos
asalta, sino bajo la
forma de una muchacha que está ahogándose y que
intentamos sacar del agua doscientas veces
seguidas, o de un verso de
Molière que nos repetimos sin cesar, nos
alivia mucho
despertarnos y que nuestra inteligencia pueda
separar la idea de
dolor de muelas de todo disfraz heroico o
acompasado que adoptará. Lo
contrario de este consuelo es lo que yo
sentía cuando la pena de
subirme a mi cuarto penetraba en mí de un
modo infinitamente más
rápido, casi instantáneo, insidioso y brusco
a la vez, por la
inhalación .mucho más tóxica que la
penetración moral. del olor de
barniz característico de la escalera. Ya en
mi cuarto, había que taparse
todas las salidas, cerrar las maderas de la
ventana, cavar mi propia
tumba, levantando el embozo de la sábana, y
revestir el sudario de mi
camisa de dormir. Pero antes de enterrarme en
la camita de hierro que
había puesto en mi cuarto, porque en el
verano me daban mucho calor
las cortinas de creps de la cama grande, me
rebelé, quise probar
una argucia de condenado. Escribí a mi madre
rogándole que subiera
para un asunto grave del que no podía
hablarle en mi carta. Mi temor
era que Francisca, la cocinera de mi tía, que
era la que se encargaba
de cuidarme cuando yo estaba en Combray, se
negara a llevar mi
cartita. Sospechaba yo que a Francisca le
parecía tan imposible dar
un recado a mi madre cuando había gente de
fuera, como al portero
de un teatro llevar una carta a un actor
cuando está en escena. Tenía
Francisca, para juzgar de las cosas que deben
o no deben hacerse, un
código imperioso, abundante, sutil e
intransigente, con distinciones
inasequibles y ociosas (lo cual le asemejaba
a esas leyes antiguas que,
junto a prescripciones feroces como la de
degollar a los niños de pecho,
prohíben con exagerada delicadeza que se
cueza un cabrito en la leche
de su madre, o que de un determinado animal
se coma el nervio del
muslo).
juzgar por la repentina obstinación con que
Francisca se oponía
a llevar a cabo algunos encargos que le
dábamos, este código parecía
haber previsto complejidades sociales y
refinamientos mundanos de
tal naturaleza, que no había nada en el medio
social de Francisca ni en
su vida de criada de pueblo que hubiera
podido sugerírselos; y no
teníamos más remedio que reconocer en su
persona un pasado francés,
muy antiguo, noble y mal comprendido, lo
mismo que en esas ciudades
industriales en las que los viejos palacios
dan testimonio de que allí
hubo antaño vida de corte, y donde los
obreros de una fábrica de
productos químicos trabajan rodeados por
delicadas esculturas que
representan el milagro de San Teófilo o los
cuatro hijos de Aymon.
En aquel caso mío el artículo del código por
el cual era muy poco
probable que, excepto en caso de incendio,
Francisca fuera a
molestar a mamá en
presencia del señor. Swann por un personaje tan
diminuto como yo, expresaba sencillamente el
respeto debido, no sólo a
los padres .como a los muertos, los curas y
los reyes., sino al extraño a
quien se ofrece hospitalidad, respeto que,
visto y un libro, quizá me
hubiera emocionado, pero que en su boca me
irritaba siempre, por el
tono grave y tierno con que hablaba de él, y
mucho más esa
noche en que precisamente el carácter sagrado
que atribuía a la
comida daba por resultado el que se negara a
turbar su ceremonial. Pero
para ganarme una chispa más de éxito, no dudé
en mentir y decirle que
no era ya a mí a quien se le había ocurrido
escribir a mamá, sino ella, la
que al separarnos me recomendó que no dejara
de contestarle respecto a
una cosa que yo tenía que buscar; y que se
enfadaría mucho si no se
le entregaba la carta. Se me figura que
Francisca no me creyó,
porque, al igual de los hombres primitivos,
cuyos sentidos eran
más potentes que los nuestros, discernía
inmediatamente, y por
señales para nosotros inaprensibles,
cualquier verdad que quisiéramos
ocultarle; se detuvo mirando el sobre cinco
minutos, como si el examen
del papel y la forma de la letra fueran a
enterarla de la naturaleza del
contenido o a indicarle a qué artículo del
código tenía que referirse.
Luego salió con aspecto de resignación que al
parecer significaba:
«¡Qué desgracia para unos padres tener un
hijo así!» Volvió al cabo de
un momento a decirme que estaban todavía en
el helado y que el
maestresala no podía dar la carta en ese
instante delante de todo el
mundo; pero que cuando estuvieran terminando,
ya buscaría la manera
de entregarla. Inmediatamente mi ansiedad
decayó; ahora ya no era
como hacía un instante, ahora ya no me había
separado de mi madre
hasta mañana, puesto que mi esquelita iba,
enojándose sin duda (y
más aún por esta artimaña me revestiría de
ridículo a los ojos de
Swann), a hacerme penetrar, invisible y
gozoso, en la misma habitación
donde ella estaba, iba a hablarle de mí al
oído; puesto que ese comedor,
vedado y hostil en el cual no hacía aún más
que un momento hasta el
helado y los postres me parecían encubrir
placeres malignos y
mortalmente tristes porque mamá los saboreaba
lejos de mí. iba a
abrírseme como un fruto maduro que rompe su
piel y dejaría brotar,
para lanzarla hasta mi embriagado corazón, la
atención de mi
madre al leer la carta. Ya no estaba separado
de ella; las barreras
habían caído y nos enlazaba un hilo deleitable.
Y no se acababa todo
ahí; mamá iba a venir, sin duda.
o me creía que si Swann hubiera leído mi
carta y adivinado su
finalidad se habría reído de la angustia que
yo sentía; por el contrario,
como mucho más tarde supe, una angustia
semejante fue su tormento
durante muchos años de su vida, y quizá nadie
me hubiera
entendido mejor que él;
esa angustia, que consiste en sentir que el ser
amado se halla en un lugar de fiesta donde
nosotros no podemos estar,
donde no podemos ir a buscarlo, a él se la
enseñó el amor, a quien está
predestinada esa pena, que la acaparará y la
especializará; pero que
cuando entra en nosotros, como a mí me
sucedía, antes de que el
amor haya hecho su aparición en nuestra vida,
flota esperándolo,
vaga y libre, sin atribución determinada,
puesta hoy al servicio de un
sentimiento y mañana de otro, ya de la
ternura filial, ya de la amistad
por un camarada. Y la alegría con que yo hice
mi primer aprendizaje
cuando Francisca volvió a decirme que
entregarían mi carta, la conocía
Swann muy bien: alegría engañosa que nos da
cualquier amigo,
cualquier pariente de la mujer amada cuando,
al llegar al palacio o al
teatro donde está ella, para ir al baile, a
la fiesta o al estreno donde la
verá, nos descubre vagando por allí fuera en
desesperada espera de una
ocasión para comunicarnos con la amada. Nos
reconoce, se acerca
familiarmente a nosotros, nos pregunta qué
estábamos haciendo. Y
como nosotros inventamos un recado urgente
que tenemos que dar a su
pariente o amiga, nos dice que no hay cosa
más fácil, que entremos en
el vestíbulo y que él nos la mandará antes de
que pasen cinco minutos
¡Cuánto queremos .como en ese momento quería
yo a Francisca. al
intermediario bienintencionado que con una
palabra nos convierte
en soportable, humana y casi propicia la
fiesta inconcebible e infernal
en cuyas profundidades nos imaginábamos que
había torbellinos
enemigos, deliciosos y perversos, que
alejaban a la amada de nosotros,
que le inspiraban risa hacia nuestra persona!
juzgar por él, por este pariente que nos ha
abordado y que es
uno de los iniciados en esos misterios
crueles, los demás invitados de la
fiesta no deben ser muy infernales. Y por una
brecha inesperada
entramos en estas horas inaccesibles de
suplicio, en que ella iba a
gustar de placeres desconocidos; y uno de los
momentos, cuyo
sucederse iba a formar esas horas placenteras
un momento tan real
como los demás, aún más importante para
nosotros, porque nuestra
amada tiene mayor participación en él, nos le
representamos, le
poseemos, le dominamos, le creamos casi el
momento en que le
digan que estamos allí abajo esperando. Y sin
duda los demás instantes
de la fiesta no deben de ser de una esencia
muy distinta a ése,
no deben contener más delicias, ni ser motivo
para hacernos sufrir,
porque el bondadoso amigo nos ha dicho: «¡Si
le encantará bajar! ¡Le
gustará mucho más estar aquí hablando con
usted que aburrirse
allá arriba!» Pero, ¡ay!, Swann lo sabía ya
por experiencia, las buenas
intenciones de un tercero no tienen poder
ninguno para con una mujer
que se molesta al verse
perseguida hasta en una fiesta por un hombre a
quien no quiere. Y muchas veces el amigo
vuelve a bajar él solo.
Mi madre no subió, y sin consideración alguna
con mi amor
propio (interesado en que no fuera desmentida
la fábula de aquel
encargo que, según yo inventé, me diera mamá
de buscar una cosa), me
mandó a decir con Francisca: «No tiene nada
que contestar», esas
palabras que luego he oído tantas veces en
boca de porteros de
«palaces» o lacayos de garitos, dirigidas a
una pobre muchacha que se
extraña al oírlas: «¿Cómo, no ha dicho nada?
¡No es posible! ¿Y dice
usted que le han dado mi carta? Bueno,
esperaré un poco». Y .lo mismo
que la muchacha asegura invariablemente que
no necesita esa otra luz
suplementaria que el portero quiere encender
en honor suyo, y se está
allí, sin oír más que las pocas frases sobre
el tiempo que hace,
cambiadas entre el portero y un botones,
botones al que envía de
pronto, al fijarse en la hora que es, a
enfriar en hielo la bebida de un
cliente. así yo declinaba el ofrecimiento de
Francisca de hacerme una
taza de tilo o estarse conmigo, la dejaba
volver a su cocina, me
acostaba y cerraba bien los ojos, procurando
no oír la voz de mis
padres, que estaban en el jardín tomando
café.
Pero al cabo de unos segundos me di cuenta de
que al escribir a
mamá, al acercarme tanto a ella, aun a riesgo
de enojarla, tanto que creí
tocar ya con el momento de volver a verla, me
había cerrado a mí
mismo la posibilidad de dormirme sin haberla
visto, y los latidos de mi
corazón me eran cada vez más dolorosos porque
yo acrecía mi propia
agitación predicándome una calma que no era
sino la aceptación
de mi desgracia. De repente, mi ansiedad
decayó y me sentí invadir
por una gran felicidad, como cuando una
medicina muy fuerte
empieza a hacer efecto y nos quita un dolor:
es que acababa de
decidirme a no probar a dormir sin haber
visto a mamá, de besarla,
costase lo que costase, cuando subiera a
acostarse, aun con la seguridad
de que luego estuviera enfadada conmigo mucho
tiempo. La calma que
sucedió al acabarse de mis angustias me dio
una alegría extraordinaria,
no menos que la espera, la sed y el temor al
peligro. Abrí la ventana sin
hacer ruido y me senté a los pies de la cama;
no me movía apenas para
que no me sintieran desde abajo.
Afuera las cosas también parecían estar
inmóviles y en muda
atención para no perturbar el claror de la
luna, que duplicaba y alejaba
todo objeto al extender ante él su propio reflejo,
más denso y concreto
que él mismo, y así adelgazaba y agrandaba a
la par el paisaje, como
un plano doblado que se va desplegando.
Movíase aquello que
debía moverse, el follaje de algún castaño.
Pero su estremecimiento
minucioso y total, ejecutado hasta los
menores matices y las
extremas delicadezas, no
se vertía sobre lo demás, no se fundía con
ello, permanecía circunscrito. Expuestos
sobre aquel fondo de silencio
que no absorbía nada, los rumores más
lejanos, que debían venir de
jardines situados al otro extremo del pueblo,
percibíanse, detallados
con tal «perfección», que ese efecto de
lejanía parecía que lo
debían tan sólo a su pianissimo, como esos motivos en sordina tan bien
ejecutados por la orquesta del Conservatorio,
que, aunque no perdamos
una sola nota de ellos, nos parece oírlos
fuera de la sala de conciertos, y
que hacían a todos los abonados antiguos y
también a las hermanas de
mi abuela cuando Swann les daba sus billetes.
aguzar el oído como
si oyeran el lejano avanzar de un ejército en
marcha que aun no
había doblado la esquina de la calle de
Trévise.
Yo sabía que aquel trance en que me colocaba
era uno de los
que podrían acarrearme, por parte de mis
padres, las más graves
consecuencias, mucho más graves en verdad de
lo que hubiera podido
suponer ningún extraño, y que cualquier
persona de fuera habría creído
derivadas de faltas verdaderamente
bochornosas. Pero en la educación
que a mí me daban el orden de las faltas no
era el mismo que en la
educación de los demás niños, y me habían
acostumbrado a poner en
primera línea (sin duda por ser aquellas
contra las cuales necesitaba
precaverme más cuidadosamente) esas faltas
cuyo carácter común
era, según yo comprendo ahora, el que se
incurre en ellas al ceder a un
impulso nervioso. Pero entonces no se
pronunciaba esa palabra, no
se declaraba ese origen que pudiera hacerme
creer que el sucumbir
tenía excusa y que era incapaz de
resistencia. Pero yo conocía muy bien
esas faltas en la angustia que les precedía y
en el rigor del castigo
que llegaba después; y bien sabía que la que
acababa de cometer era
de la misma familia que otras, por la que fui
severamente castigado,
pero más grave aún.
Cuando fuera a ponerme delante de mi madre en
el momento de
subir ella a acostarse, y viera que me había
estado levantado para
decirle adiós, ya no me dejarían estar en
casa, y al día siguiente me
mandarían al colegio; era cosa segura. Pues
bien; aunque tuviera
que tirarme por la ventana cinco minutos más
tarde, prefería hacerlo.
Lo que yo quería era mi madre, decirle adiós,
y ya había ido muy lejos
por aquel camino que llevaba a la realización
de mi deseo para
volverme atrás.
Oí los pasos de mis padres, que acompañaban a
Swann, y
cuando el cascabel de la puerta me indicó que
acababa de marcharse,
me puse a la ventana. Mamá estaba preguntando
a mi padre si le había
parecido bien la langosta y si el señor Swann
había repetido del helado
de café y del de
pistacho. «Los dos me han parecido buenos .dijo
mi madre.; otra vez probaremos con otra
esencia.»
«No os podéis figurar lo que me parece que
cambia Swann .dijo
mi tía.; está viejísimo.» Mi tía tenía tal
costumbre de ver siempre en
Swann al mismo adolescente, que se extrañaba
al descubrirle de pronto
más en años de los que ella le echaba. Mis
padres, además, comenzaban
a ver en él esa vejez anormal, excesiva,
vergonzosa y merecida de los
solteros, de todas las personas para las
cuales parece que el gran día
que no tiene día siguiente sea más largo que
para los demás, porque
para ellos está vacío y los momentos van
adicionándose desde la
mañana sin llegar a dividirse después entre
los hijos. «Creo que le da
muchos disgustos la bribona de su mujer, que
vive, como sabe todo
Combray, con un tal señor de Charlus. Es la
irrisión de todo el inundo.»
Mi madre nos hizo observar que, sin embargo,
desde hacía algún
tiempo no estaba tan tristón. «Y ya no hace
tanto como antes el
ademán ese de su padre de secarse los ojos y
pasarse la mano por la
frente. Yo creo que en el fondo ya no quiere
a esa mujer.» «Claro que
no la quiere .contestó mi abuelo.. Tuve ya
hace tiempo una carta suya,
que por lo pronto no me convenció y que no
deja lugar a duda respecto
a los sentimientos que abriga hacia su mujer,
por lo menos al amor que
le tenga. ¡Ah!, y ya he visto que no le
habéis dado las gracias por el
vino de Asti», añadió mi abuelo dirigiéndose
a sus dos cuñadas. «¡Que
no le hemos dado las gracias! ¡Ya lo creo! Y
me parece, aquí
para entre nosotros, que nos ha salido muy
bien», contestó mi tía Flora.
«Sí, te salió perfectamente; yo te admiré»,
dijo mi tía Celina. «Tú
también se lo has dicho muy bien.» «Sí, la
verdad es que estoy bastante
contenta de mi frase sobre los vecinos
amables.» «¿Y a eso lo llamáis
dar las gracias? .exclamó mi abuelo.. Eso sí
que lo he oído, pero ¿cómo
me iba a figurar que se refería a Swann?
Podéis estar seguras de que él
no se ha enterado.» «¡Ya lo creo, Swann no es
tonto, y no me cabe
duda de que ha sabido apreciarlo! ¡No iba a
decirle cuántas eran las
botellas y lo que costaban!»
Mis padres se quedaron solos, sentáronse un
momento, y
luego mi padre dijo: «Bueno, pues si tú
quieres subiremos a
acostarnos». «Como quieras, aunque yo no
tengo pizca de sueño. Y no
será ese anodino helado de café el que me
haya desvelado. Veo luz en
la cocina, y ya que Francisca está levantada
esperándome, voy a decirle
que me desabroche el corsé mientras qué tú te
desnudas.» Y mi madre
abrió la puerta con celosía del vestíbulo,
que daba a la escalera.
La oí que subía a cerrar su ventana. Sin
hacer ruido salí al pasillo; tan
fuerte me latía el corazón, que me costaba
trabajo andar; pero ya no me
latía de ansiedad, sino de espanto y de
alegría.
Vi en el hueco de la
escalera la luz que proyectaba la bujía de
mamá. Por fin la vi a ella y eché a correr
hacia sus brazos.
En el primer momento me miró con asombro, sin
darse cuenta de lo
que pasaba. Luego, en su rostro se pintó una
expresión de cólera; no me
decía ni una palabra; en efecto, por cosas
menos importantes que
aquélla había estado sin dirigirme la palabra
varios días. Si mamá
me hubiera hablado, eso habría sido reconocer
que se podía seguir
hablando conmigo; y además me hubiese
parecido aún más terrible
cosa, como señal de que ante la gravedad del
castigo que me esperaba,
el silencio y el enfado eran pueriles. Una
palabra hubiera sido la
tranquilidad con que se contesta a un criado
cuando ya está decidido el
despedirlo; el beso que se da a un hijo
cuando se le manda sentar
plaza, beso que se le hubiera negado si todo
se redujera a una
desavenencia de dos días. Pero mamá oyó a mi
padre subir del tocador,
en donde estaba desnudándose, y para evitar
el regaño que me echaría,
me dijo con voz entrecortada por la cólera:
«Anda, corre; por lo menos, que no te vea
aquí tu padre
esperando como un tonto». Pero yo seguía
diciéndole: «Ven a la alcoba
a darme un beso», aterrorizado al ver cómo
subía por la pared el reflejo
de la bujía de mi padre, pero utilizando su
inminente aparición como un
medio de intimidación, en la esperanza de que
mamá, para que mi
padre no me encontrara allí si ella seguía
negándose, me dijera:
«Vuelve a tu cuarto, que yo iré». Pero ya era
tarde. Mi padre
estaba allí, delante de nosotros. Murmuré sin
querer estas palabras, que
no oyó nadie: «Estoy perdido».
Pero no hubo nada de eso. Mi padre me negaba
constantemente
licencias que se me consentían en los pactos
más generosos otorgados
por mi madre y mi abuela, porque no daba
importancia a los
«principios» y para él no existía el «derecho
de gentes». Por un motivo
contingente, o sin motivo alguno, me suprimía
a última hora un paseo
tan habitual ya, tan consagrado, que no se me
podía quitar, sin cometer
dolo, o hacía lo que aquella noche, decirme
que me fuera a acostar sin
más explicaciones. Pero precisamente por
carecer de principios (en el
sentido que da a la palabra mi tía), tampoco
tenía intransigencia. Me
miró un momento, con cara de extrañeza y de
enfado, y en cuanto
mamá le explicó con unas cuantas frases
embarulladas lo que había
pasado, le dijo: «Pues mira, ya que decías
que no tenías sueño, vete con
él y estáte un rato en su alcoba; yo no
necesito nada». Pero el que yo
tenga o no sueño no tiene nada que ver. A
este niño no se lo puede
acostumbrar a...» «Si no es acostumbrarlo a
nada .dijo mi padre,
encogiéndose de hombros; ya ves que el niño
tiene pena, el pobre tiene
un aspecto atroz; no hay que ser verdugos.
¿Qué vas a sacar en
limpio con que se te
ponga malo? Ya que hay dos camas en su
cuarto, di a Francisca que te prepare la
grande, y por esta noche duerme
en su alcoba. Vamos, buenas noches. Yo, que
no tengo tantos nervios
como vosotros, voy a acostarme.»
No era posible dar las gracias a mi padre; lo
que él llamaba
sensiblerías le hubiera irritado. Yo no me
atrevía a moverme; allí
estaba el padre aún delante de nosotros,
enorme, envuelto en su
blanco traje de dormir y con el pañuelo de
cachemira que se ponía en la
cabeza desde que padecía de jaquecas, con el
mismo ademán con que
Abrahán, en un grabado copia de Benozzo
Gozzoli, que me había
regalado Swann, dice a Sara que tiene que
separarse de Isaac. Ya
hace muchos años de esto. La pared de la
escalera por donde yo
vi ascender el reflejo de la bujía, hace
largo tiempo que ya no existe. En
mí también se han deshecho muchas que yo creí
que durarían siempre,
y se han alzado otras nuevas, preñadas de
penas y alegrías nuevas que
entonces no sabía prever, lo mismo que hoy me
son difíciles de
comprender muchas de las antiguas. Hace mucho
tiempo que mi padre
ya no puede decir a mamá: «Vete con el niño».
Para mí nunca volverán a ser posibles horas
semejantes. Pero
desde que hace poco otra vez empiezo a
percibir, si escucho
atentamente, los sollozos de aquella noche,
los sollozos que tuve valor
para contener en presencia de mi padre, y que
estallaron cuando
me vi a solas con mamá. En realidad, esos
sollozos no cesaron
nunca; y porque la vida va callándose cada
vez más en torno de mí, es
por lo que los vuelvo a oír, como esas
campanitas de los conventos tan
bien veladas durante el día por el rumor de
la ciudad, que parece que se
pararon, pero que tornan a tañer en el
silencio de la noche.
Aquélla la pasó mamá en mi cuarto; en el
mismo momento en
que acababa de cometer una falta tan grande
que ya esperaba que
me echaran de casa, mis padres me concedían
mucho más de lo que
hubiera logrado de ellos como recompensa de
una buena acción. Y
hasta en aquella hora en que se manifestaba
de modo tan benéfico, el
comportamiento de mi padre conmigo conservaba
algo de aquel
carácter de cosa arbitraria e inmerecida que
lo distinguía y que derivaba
de que su conducta obedecía más bien a
circunstancias fortuitas que a
un plan premeditado. Y puede ser que hasta
aquello que yo llamaba
su severidad, cuando me mandaba a acostar,
era menos digno de ese
nombre que la severidad de mi madre o mi
abuela, porque su
naturaleza, mucho más distinta de la mía en
ciertos puntos que la de mi
mamá y mi abuelita probablemente no había
adivinado hasta entonces
lo que yo sufría todas las noches, cosas que
ellas sabían muy bien; pero
me querían lo bastante para no consentir en
ahorrarme esa pena,
querían enseñarme a
dominarla con objeto de disminuir mi sensibilidad
nerviosa y dar fuerza a mi voluntad. Mi
padre, que sentía por mí un
afecto de otro género, no sé si hubiera
tenido ese valor; pero una vez
que comprendió que yo pasaba pena, dijo a mi
madre que fuera a
consolarme. Mamá se quedó aquella noche en mi
cuarto, y como para
no aguar con remordimiento alguno esas horas
tan distintas de lo que
yo lógicamente me esperaba, cuando Francisca
preguntó, al
comprender que pasaba algo viendo a mamá
sentada a mi lado, mi
mano en la suya y dejándome llorar sin
reñirme, qué le sucedía al
señorito que lloraba tanto, mamá contestó:
«Ni él mismo lo sabe, está
nervioso; prepáreme en seguida la cama grande
y suba usted a dormir».
Y así, por vez primera, mi pena no fue ya
considerada como una
falta punible, sino como un mal involuntario
que acababa de tener
reconocimiento oficial, como un estado
nervioso del que yo no tenía la
culpa; y me cupo el consuelo de no tener que
mezclar ningún escrúpulo
a la amargura de mi llanto, de poder llorar
sin pecar. Y no fue poco el
orgullo que sentí delante de Francisca por
esa vuelta que habían
dado las cosas humanas, que una hora después
de aquella negativa de
mamá de subir a mi cuarto y de su desdeñoso
recado de mandarme a
dormir, me elevaba a la dignidad de persona
mayor, y de un golpe me
colocaba en una especie de pubertad de la pena,
de emancipación de las
lágrimas. Debía sentirme feliz y no lo era.
Apréciame que mi madre
acababa de hacerme una concesión que debía
costarle mucho, que era la
primera abdicación, por su parte, de un ideal
que para mí concibiera, y
que ella, tan valerosa, se confesaba vencida
por primera vez. Que si yo
había ganado una victoria, era a ella a quien
se la gané; que había
logrado, como pudieran haberlo hecho la
enfermedad, las penas o los
años, aflojar su voluntad y quebrantar su
ánimo, y que aquella noche
comenzaba una era nueva y sería una triste
fecha. De haberme atrevido,
habría dicho a mamá: «No, no quiero que te
acuestes aquí». Pero
conocía bien aquella práctica discreción
suya, realista, diríamos hoy,
que templaba en su persona la naturaleza
ardientemente idealista de mi
abuela, y me daba cuenta de que ahora que el
mal ya estaba hecho,
prefería dejarme saborear por lo menos el
placer de la calma y no ir a
molestar a mi padre.
Verdad que el hermoso rostro de mi madre
tenía aún el brillo de
la juventud aquella noche en que me guardaba
cogidas las manos
intentando acabar con mi llanto; pero
precisamente se me figuraba que
aquello no debía ser, y su cólera habría sido
menos penosa para mí que
aquella dulzura nueva, desconocida de mi infancia;
y que con una
mano impía y furtiva acababa de trazar en su
alma la primera arruga y
pintarle la primera cana. Esta idea me hizo
llorar aún más, y entonces vi
a mamá, que conmigo no
se dejaba nunca llevar por ningún
enternecimiento, dejarse ganar de pronto por
el mío, y vi que refrenaba
sus ganas de llorar. Como se diera cuenta de
que yo lo había notado,
me dijo riendo: «Este gorrión, este tontito,
va a volver a su mamá tan
boba como él, si seguimos así. Vamos a ver,
ya que ninguno de los
dos tenemos sueño, en vez de estar aquí
cansándonos los nervios,
hagamos algo, vamos a coger un libro de los
tuyos». Pero yo no tenía
allí ninguno. «¿No te disgustarías luego si
te sacara ahora los libros que
te va a regalar la abuela el día de tu santo?
Piénsalo bien, ¿no vas
luego a quejarte de que no te dan nada pasado
mañana?» La
proposición me encantó, y mamá fue por un
paquete de libros, que a
través del papel que los envolvía no me
dejaron adivinar más que su
forma apaisada, pero que ya en este su primer
aspecto, aunque
sumario y velado, eclipsaban a la caja de
pinturas del día de Año
Nuevo y a los gusanos de seda del año
anterior. Los libros eran:
La Mar au
Diable, François le
Champi, La Petite
Fadette y Les
Maîtres
Sonneurs. Según supe más tarde, mi
abuela había escogido
primeramente las poesías de Musset, un
volumen de Rousseau e
Indiana; que si juzgaba las lecturas frívolas tan
dañinas como los
bombones y los dulces, no creía, en cambio,
que los grandes hálitos del
genio ejercieran sobre el ánimo, ni siquiera
el de un niño, una
influencia más peligrosa y menos vivificante
que el aire libre y el
viento suelto. Pero como mi padre casi la
llamó loca al saber los libros
que quería regalarme, volvió ella en persona
al librero de Jouy le
Vicomte para que no me expusiera a quedarme
sin regalo (hacía un
día de fuego, y regresó tan mala, que el
médico advirtió a mi
madre que no la dejara cansarse así) y cayó
sobre las cuatro novelas
campestres de Jorge Sand. «Hija mía decía a
mamá., nunca podré
decidirme a regalar a este niño un libro mal
escrito.»
En realidad, no se resignaba nunca a comprar
nada de que no se
pudiera sacar un provecho intelectual, sobre
todo ese que nos procuran
las cosas bonitas al enseñarnos a ir a buscar
nuestros placeres en otra
cosa que en las satisfacciones del bienestar
y de la vanidad. Hasta
cuando tenía que hacer un regalo de los
llamados útiles, un sillón,
unos cubiertos o un bastón, los buscaba en
las tiendas de objetos
antiguos, como si, habiendo perdido su
carácter de utilidad con el
prolongado desuso, parecieran ya más aptos
para contarnos cosas de
la vida de antaño que para servir a nuestras
necesidades de la vida
actual. Le hubiera gustado que yo tuviera en
mi cuarto fotografías de
los monumentos y paisajes más hermosos.
Pero en el momento de ir a comprarlas, y
aunque lo
representado en la fotografía tuviera un
valor estético, le parecía en
seguida que la
vulgaridad y la utilidad tenían intervención excesiva en
el modo mecánico de la representación en la
fotografía. Y trataba de
ingeniárselas para disminuir, ya que no para
eliminar totalmente, la
trivialidad comercial, de substituirla por
alguna cosa artística más para
superponer como varias capas o «espesores» de
arte; en vez de
fotografías de la catedral de Chartres, de
las fuentes
monumentales de Saint-Cloud o del Vesubio,
preguntaba a Swann si no
había ningún artista que hubiera pintado eso,
y prefería regalarme
fotografías de la catedral de Chantres, de
Corot; de las fuentes de Saint-
Cloud, de Hubert Robert, y del Vesubio, de
Turnen, con lo cual
alcanzaba un grado más de arte. Pero aunque
el fotógrafo quedase así
eliminado de la representación de la obra
maestra o de la belleza
natural, sin embargo el fotógrafo volvía a
recobrar sus derechos al
reproducir aquella interpretación del
artista. Llegada así al término fatal
de la vulgaridad, aun trataba mi abuela de
defenderse. Y preguntaba a
Swann si la obra no había sido reproducida en
grabado, prefiriendo,
siempre que fuera posible, los grabados
antiguos y que tienen un interés
más allá del grabado mismo, como, por
ejemplo, los que
representan una obra célebre en un estado en
que hoy ya no la podemos
contemplar (como el grabado hecho por Morgen
de la Cena, de
Leonardo, antes de su deterioro). No hay que
ocultar que los
resultados de esta manera de entender el
regalo no siempre fueron muy
brillantes. La idea que yo me formé de
Venecia en un dibujo del
Ticiano, que dice tener por fondo la laguna,
era mucho menos exacta de
la que me hubiera formado con simples
fotografías. En casa ya
habíamos perdido la cuenta, cuando mi tía
quería formular una
requisitoria contra mi abuela, de los
sillones regalados por ella, a recién
casados o a matrimonios viejos que a la
primera tentativa de utilización
se habían venido a tierra agobiados por el
peso de uno de los
destinatarios. Pero mi abuela hubiera creído
mezquino el ocuparse
demasiado de la solidez de una madera en la
que aun podía distinguirse
una florecilla, una sonrisa y a veces un
hermoso pensamiento de
tiempos pasados. Hasta aquello que en esos
muebles respondía a una
necesidad, como lo hacía de un modo al que ya
no estamos
acostumbrados, la encantaba, lo mismo que
esos viejos modos de
decir en los que discernimos una metáfora
borrada en el lenguaje
moderno por el roce de la costumbre. Y
precisamente las novelas
campestres de Jorge Sand que me regalaba el
día de mi santo
abundaban, como un mobiliario antiguo, de
expresiones caídas en
desuso y convertidas en imágenes, de esas que
ya no se encuentran más
que en el campo. Y mi abuela las había
preferido lo mismo que hubiera
alquilado con más gusto una hacienda que
tuviera un palomar gótico o
cualquier cosa de esas
viejas que ejercen en nuestro ánimo una buena
influencia, inspirándole la nostalgia de
imposibles viajes por los
dominios del tiempo.
Mamá se sentó junto a mi cama; había cogido François le
Champi, libro que, por el color rojizo de su
cubierta y su título
incomprensible, tomaba a mis ojos una
personalidad definida y un
misterioso atractivo. Yo nunca había leído
novelas de verdad. Oí
decir que Jorge Sand era el prototipo del
novelista. Y ya eso me
predisponía a imaginar en François le
Champi algo de indefinible y
delicioso. Los procedimientos narrativos destinados
a excitar la
curiosidad o la emoción, y algunas
expresiones que despiertan
sentimientos de inquietud o melancolía, y que
un lector un poco culto
reconoce como comunes a muchas novelas, me
parecían a mí únicos
porque yo consideraba un libro nuevo, no como
una cosa de la que
hay muchas semejantes, sino como una persona
única, sin razón
de existir más que en sí misma. Y se me
representaba como una
emanación inquietante de la esencia
particular a François le
Champi. Percibía yo por debajo de aquellos
acontecimientos tan
corrientes, de aquellas cosas tan ordinarias
y de aquellas palabras
tan usuales algo como una extraña entonación,
como una acentuación
rara. La acción comenzaba a enredarse; y la
encontraba oscura con
tanto más motivo que, por aquel tiempo,
muchas veces, al estar
leyendo, me ponía a pensar en otra cosa por
espacio de páginas enteras.
Y a las lagunas que esta distracción abría en
el relato, se añadía,
cuando era mamá la que me leía alto, el que
se saltaba todas las escenas
de amor. Y todos los raros cambios que
suceden en la actitud
respectiva de la molinera y del muchacho, y
que sólo se explican
por el avance de un amor que nace, se me
aparecían teñidos de un
profundo misterio, que yo creía que tenía su
origen en ese nombre
desconocido y suave de «Champi», nombre que
vertía, sin que yo
supiera por qué, sobre el niño que lo
llevaba, su color vivo, purpúreo y
encantador. Si mi madre no era una lectora
fiel, lo era en cambio
admirable para aquellas obras en que veía el
acento de un sentimiento
sincero, por el respeto y la sencillez de la
interpretación y por la
hermosura y suavidad de su tono. En la misma
vida, cuando eran
personas vivas y no obras de arte las que
excitaban su ternura o su
admiración, conmovía el ver con qué
deferencias apartaba de su voz, de
sus ademanes o de su palabras el relámpago de
alegría que hubiera
podido hacer daño a esa madre que perdió un
hijo hacía tiempo; el
recuerdo de un día de cumpleaños o de santo
que trajera a la mente de
un viejo sus muchos años, o la frase de
asuntos domésticos acaso
desagradable para este joven sabio. Así
mismo, cuando leía la prosa de
Jorge Sand, que respira
siempre esa bondad y esa distinción moral que
mi abuela enseñara, a mi madre a considerar
como superiores a todo en
la vida, y que mucho más tarde le enseñé yo a
no considerar como
superiores a todo en los libros, atenta a
desterrar de su voz toda
pequeñez y afectación que pudieran poner
obstáculo a la ola potente del
sentimiento, revestía de toda la natural
ternura y de toda la amplia
suavidad que exigían a estas frases que
parecían escritas para su voz y
que, por decirlo así, entraban cabalmente en
el registro de su
sensibilidad. Para iniciarlas en el tono que
es menester encontraba
ese acento cordial que existió antes que
ellas y que las dictó, pero que
las palabras no indican; y gracias a ese
acento amortiguaba al pasar
toda crudeza en los tiempos de los verbos,
daba al imperfecto y al
perfecto la dulzura que hay en lo bondadoso y
la melancolía que
hay en la ternura, encaminaba la frase que se
estaba, acabando hacia la
que iba a empezar, acelerando o conteniendo
la marcha de las sílabas
para que entraran todas, aunque fueran de
diferente cantidad, en
un ritmo uniforme, e infundía a esa prosa tan
corriente una especie de
vida sentimental e incesante.
Mis remordimientos se calmaron y me entregué
a la dulzura
de aquella noche que iba a pasar con mamá a
mi lado. Sabía que una
noche así no podría volver; que el deseo para
mí más fuerte del mundo,
tener a mi madre en mi alcoba durante estas
horas nocturnas, estaba
muy en pugna con las necesidades de la vida,
y el sentir de todos para
que la realización, que aquella noche le fue
concedida, pasara de ser
cosa facticia y excepcional. Al día siguiente,
retornarían mis angustias,
y ya no tendría allí a mamá. Pero cuando esas
angustias mías estaban
en sosiego, ya no las comprendía; además,
mañana estaba aún muy
lejos, y yo me decía que ya tendría tiempo de
hacer ánimo, aunque
no podría ser mucho, que se trataba de cosas
que no dependían de
mi voluntad, y que si me parecían más
evitables era por el espacio que
aún me separaba de ellas.