martes, 11 de diciembre de 2012

Para los reprobados de segunda oportunidad

Para las personas reprobadas en mis clases en primera oportunidad (lingúistica, pensamiento creativo, literatura contemporánea y semiótica) deberán entregar para el 20 de diciembre un ensayo sobre el libro

El laberinto de la soledad
de Octavio Paz.

Para ver si pueden lograr pasar la materia en segundas.

El ensayo será según el formato de ensayo visto en mis clases.
El ensayo constará de 10 páginas.
El ensayo no deberá llevar portada.
El ensayo deberá ser escrito con fuente de tamaño 14, TIMES NEW ROMAN a un espacio y medio.
El ensayo NO deberá ir en otro tipo de fuente y tamaño como se les indica y con el espaciado que se indicó, es decir, a un espacio y medio.
El ensayo deberá entregarse en las oficinas de Difusión Cultural con Tere Miranda el día 20 de diciembre y no se recibirán trabajos fuera de ese día.
Preguntas y dudas en:
elmardarte@gmail.com

lunes, 3 de diciembre de 2012

PARA LOS ALUMN@S QUE PRESENTARÁN SEGUNDAS EN ESTA MATERIA FAVOR DE ESTAR PENDIENTES DE ESTE BLOG PARA LAS INDICACIONES.
LAS MATERIAS DE:

LINGUISTICA
LITERATURA CONTEMPORÁNEA
SEMIÓTICA
PENSAMIENTO CREATIVO

REALIZARÁN UN TRABAJO PARA ACREDITAR LAS MATERIAS EN SEGUNDAS.
ESTÉN PENDIENTES PARA LAS INDICACIONES Y FAVOR DE AVISAR A SUS COMPAÑER@S QUE SE ENCUENTREN EN ESTA SITUACIÓN.

Dudas: elmardarte@gmail.com

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Revisión



Alumn@s de Literatura Contemporánea, Lingüística, Semiótica y Pensamiento Creativo.

Lean atentamente:

La revisión de calificaciones será el lunes 3 de diciembre a partir de las 10:00 horas hasta las 1300 horas solamente.

Ya no recibo ensayos, ni tareas, ni comprobantes médicos y sólo hablaremos de calificaciones finales.

Deberán llevar todas sus tareas que solicité en clases, los exámenes que les entregué y debe saber la calificación que tuvo de promedio final antes del ensayo, que les di en clases previamente.

Para instrucciones del examen de segundas, favor de checar el blog. (Desde el principio todo lo que debían hacer durante todo el curso estaba escrito ahí, por eso se encuentran en este momento leyendo este letrero).

La revisión sólo se hará en la fecha y hora señalada en esta oficina y favor de no enviar a terceros a hacerse cargo de ese procedimiento. Deben venir personalmente.

PS: No me escriban a mi correo personal, no me busquen en Facebook o Twitter, no busquen a amigos míos para pedirles mi teléfono. Nos vemos en lunes.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Los NO de fin de cursos...

Atentísimo aviso:

Todas las indicaciones para la entrega del trabajo y calificaciones están abajo anotadas.

Mi interacción con alumnos sólo será en la escuela, por este medio o por el correo elmardarte@gmail.com
Les pido que NO usen otros correos que no sea elmardarte@gmail.com

Les pido que NO molesten a mis amigos o conocidos pidiéndoles mi teléfono celular o el de mi casa. Respeten eso por favor, es una vulgaridad y una grosería.

Les pido que NO me escriban a otro correo que no sea el que les dí.

Les pido que NO soliciten amistad en Facebook para fines escolares, porque mi FB es personal y no para cuestiones de la escuela.

NO habrá prórroga para entrega de trabajos (es decir, no podrán entregarlo luego de las fechas y horas indicadas).

NO se recibirá ningún trabajo por correo.

NO me haré responsable de reclamaciones a calificaciones si no llevan personalmente su trabajo.

NO me envíen mensajes a mi página de Facebook porque no es para cosas de mi trabajo en la escuela. 

Nos vemos el lunes 26 y martes 27 de noviembre a partir de las 1000 hasta las 1300 horas en el edificio administrativo frente a la oficina de Tere Miranda, de Difusión Cultural.



domingo, 18 de noviembre de 2012

CON PERAS Y MANZANAS...


EL ENSAYO DEL LIBRO DE JUAN RULFO ES SÓLO PARA L@S ALUMN@S DE:

LITERATURA CONTEMPORÁNEA
LINGUÍSTICA

Requisitos obligatorios del ensayo.

- Debe ser redactado bajo el mismo principio de las reglas del ensayo que vimos en clase.
-Usar sólo fuente Times New Roman 14 puntos. 
-Son tres cuartillas de texto sin portada. Poner el nombre en la primera página en la esquina superior derecha.
-Se restará puntos hasta la anulación del trabajo si no se cumplen los requisitos anteriores.

LA ENTREGA DE TRABAJOS SIN EXCEPCIÓN SERÁ LOS DÍAS LUNES 26 DE NOVIEMBRE Y MARTES 27 DE NOVIEMBRE DESDE LAS 10:00 A LAS 13:00 HORAS. 

SE LES RECUERDA QUE TAMBIÉN ES NECESARIO QUE FIRMEN SUS CALIFICACIONES ANTES DE ENTREGARLAS A ESCOLAR.



EL ENSAYO DE TEMA LIBRE ES SÓLO PARA L@S ALUMN@S DE:
PENSAMIENTO CREATIVO







-El ensayo será sobre tema libre, pero bajo formato de ensayo. 
- Debe ser redactado bajo el mismo principio de las reglas del ensayo que vimos en clase.

-Usar sólo fuente Times New Roman 14 puntos. 

-Son tres cuartillas de texto sin portada. Poner el nombre en la primera página en la esquina superior derecha.

-Se restará puntos hasta la anulación del trabajo si no se cumplen los requisitos anteriores.


LA ENTREGA DE TRABAJOS SIN EXCEPCIÓN SERÁ LOS DÍAS LUNES 26 DE NOVIEMBRE Y MARTES 27 DE NOVIEMBRE DESDE LAS 10:00 A LAS 13:00 HORAS. 


SE LES RECUERDA QUE TAMBIÉN ES NECESARIO QUE FIRMEN SUS CALIFICACIONES ANTES DE ENTREGARLAS A ESCOLAR.


............................

Para las personas que han preguntado y a quienes les he explicado una y otra vez:

Es decir, si tú llevas literatura contemporánea o linguística sólo tienes que hacer lo que viene en letra de este color.

Si tu llevas pensamiento creativo, sólo tienes qué hacer lo que viene en letra de este color.

La entrega de ensayos para los de este color y para
los de este color será en el edificio administrativo en la oficina de difusión cultural, frente a la oficina de Tere Miranda.
 

domingo, 11 de noviembre de 2012

Ensayo sobre el libro El llano en llamas de Juan Rulfo

SÓLO PARA GRUPOS DE LITERATURA CONTEMPORÁNEA Y DE LINGUÍSTICA

Requisitos obligatorios del ensayo.

- Debe ser redactado bajo el mismo principio de las reglas del ensayo que vimos en clase.
-Usar sólo fuente Times New Roman 14 puntos. 
-Son tres cuartillas de texto sin portada. Poner el nombre en la primera página en la esquina superior derecha.
-Se restará puntos hasta la anulación del trabajo si no se cumplen los requisitos anteriores.

SÓLO PARA SEMIÓTICA

Los requisitos que quedamos en clase.

SÓLO PARA PENSAMIENTO CREATIVO

-El ensayo será sobre tema libre, pero bajo formato de ensayo. 
- Debe ser redactado bajo el mismo principio de las reglas del ensayo que vimos en clase.
-Usar sólo fuente Times New Roman 14 puntos. 
-Son tres cuartillas de texto sin portada. Poner el nombre en la primera página en la esquina superior derecha.
-Se restará puntos hasta la anulación del trabajo si no se cumplen los requisitos anteriores.

LA ENTREGA DE TRABAJOS DE TODAS LAS MATERIAS Y GRUPOS SIN EXCEPCIÓN SERÁ LOS DÍAS LUNES 26 DE NOVIEMBRE Y MARTES 27 DE NOVIEMBRE DESDE LAS 10:00 A LAS 13:00 HORAS. 

SE LES RECUERDA QUE TAMBIÉN ES NECESARIO QUE FIRMEN SUS CALIFICACIONES ANTES DE ENTREGARLAS A ESCOLAR.









lunes, 15 de octubre de 2012

Grupo 601 de Literatura Contemporánea

LEER CUIDADOSAMENTE PUNTO POR PUNTO Y TRATAR DE COMPRENDERLO.

Para tener un número con que promediar para esta calificación parcial es decir l@s alumn@s que sacaron cero, los interesados en sacar una calificación aprobatoria deberán (leer cuidadosamente punto por punto, es decir, cada número a continuación):

1.- Hacer un resumen de tres cuartillas escrito con la fuente (el tipo de letra) Times New Roman con tamaño de letra de 14 puntos.

2.- El resumen es sobre la obra "No encuentro mi ID" que se presentará el martes 16 de octubre de 2012 a las 1930 horas (siete y media de la noche ó 7:30 pm) en el Teatro Universitario.

3.- Recoger en la obra el programa de mano (ese papelito que dan en las obras de teatro al principio) en donde vienen los nombres de los actores, actrices, director, etcétera. Si no viene el trabajo con el programa de mano (ese papelito que dan en las obras de teatro al principio) NO recibiré el trabajo.

4.- Repito, si no trae el trabajo el programa de mano NO recibiré el trabajo.

5.- Sin programa de mano NO recibiré el trabajo.

Los alumnos y alumnas que necesitan un número para poder promediar y que pasen este parcial son:

Guadarrama Cardoso Carlos Antonio
Mario Alberto Rivas Casas
Robles Gallardo Enrique
Oscar Helios Guerrero Castañeda
Alan Alberto López
Luis Daniel Teniente Salazar
Helio Alejandro Arriaga Reyna
Miriam Moreno
Barajas Mata José
Jessica Leticia Sepúlveda
Joel Neftalí Loera

NO SACARON CERO PERO NECESITO UN NÚMERO MÁS ALTO PARA PROMEDIAR

Devany Michel González
Karen Arely Pérez Turribiates

Las personas que no presentaron examen, es decir que no estuvieron presentes el día lunes 8 de octubre, también pueden hacer y entregar el examen.

TAREA SOBRE LA GENERACIÓN DE 1927

1.- Realizar una presentación en power point breve sobre la biografía de un poeta de esta generación. Se vale incluir videos o materiales gráficos.

2.- Debe contener la biografía del poeta y una muestra de su trabajo, es decir, un (1) poema.

3.- Una persona del equipo hará la presentación solamente y otra persona leerá el poema. POR FAVOR lean la presentación antes de realizarla para evitar tardarnos en la lectura telegrafiada de las presentaciones. Escojan al que lea en voz alta de corrido y que sepa acentuar las palabras, de preferencia. Con el poema igual, que sea la persona del equipo que mejores capacidades de lectura tenga.

4.- Los poetas fueron distribuidos de acuerdo a los equipos que ya tenían para la clase de las vanguardias. Ejemplo: si tu estabas en el equipo del dadaísmo, entonces a tí y a tus compañeros les tocará hacer la biografía de León Felipe.

Impresionismo Ramón Gómez de la Serna.
Dadaísmo: León Felipe
Estridentismo: Rafael Alberti
Surrealismo: Federico García Lorca
Futurismo: Dámaso Alonso
Expresionismo: Vicente Aleixandre
Existencialismo: Pedro Salinas

ANOTACIÓN IMPORTANTE: 
Traten de variar sus fuentes de consulta. En el ensayo de la Generación de 1927 todos copypastearon a la misma fuente, y mal, porque no le corrigieron los errores de ortografía.



jueves, 4 de octubre de 2012

Material de examen para la clase Pensamiento Creativo

1.- Ver película Rojo amanecer.
http://www.youtube.com/watch?v=rFE6cDpyB3I


Dura una hora 40 minutos aproximadamente.

2.- Buscar noticias o material de la época sobre lo que se escribió de ese suceso acaecido el 2 de octubre de 1968. Al menos información de dos medios de comunicación.

3.- ¿Cómo trató la opinión pública de aquella época el suceso y cómo lo han hecho los medios recientemente, al menos en los últimos dos años? (Consultar noticias del 2 de octubre en los últimos dos años)

Preguntas y dudas inteligentes, favor de remitirlas a elmardarte@gmail.com

domingo, 30 de septiembre de 2012

Material para examen de literatura contemporánea.
Son 51 páginas en fuente times new roman tipo 14.
Quien desee el archivo lo solicita vía correo. Preferentemente antes del examen...




Material para literatura contemporánea
Saudade
Manuel Maples Arce
Estoy solo en el último tramo de la ausencia
y el dolor hace horizonte en mi demencia.

Allá lejos,
el panorama maldito.

¡Yo abandoné la confederación sonora de su carne!
Sobre todo su voz,
hecha pedazos
entre los tubos de la música.

En el jardín interdicto
-azoro unánime-
el auditorio congelado de la luna.

Su recuerdo es sólo una resonancia
entre la arquitectura del insomnio.

¡Dios mío,
tengo las manos llenas de sangre!

Y los aviones,
pájaros de estos climas estéticos,
no escribirán su nombre
en el agua del cielo.

Paroxismo
Camino de otros sueños salimos con la tarde;
una extraña aventura
nos deshojó en la dicha de la carne,
y el corazón fluctúa
entre ella y la desolación del viaje.

En la aglomeración de los andenes
rompieron de pronto los sollozos;
después, toda la noche
debajo de mis sueños,
escucho sus lamentos
y sus ruegos.

El tren es una ráfaga de hierro
que azota el panorama y lo conmueve todo.

Abro su recuerdo
hasta el fondo
del éxtasis,
y laten en el pecho
los colores lejanos de sus ojos.

Hoy pasaremos junto del otoño
y estarán amarillas las praderas.

¡Me estremezco por ella!
¡Horizontes deshabitados de la ausencia!

Mañana estará todo
nublado de sus lágrimas
y la vida que llega
es débil como un soplo.

…………………….
La mujer rota
Simone de Beauvoir
(Fragmento)
La ventana estaba a oscuras. Me lo esperaba. Antes —¿antes de qué?—, cuando por excepción yo salía sin Maurice, al volver había siempre un rayo de luz entre las cortinas rojas. Yo subía los dos pisos corriendo, tocaba el timbre, demasiado impaciente como para buscar mi llave. Subí sin correr, metí la llave en la cerradura. ¡Qué vacío estaba el departamento! ¡Qué vacío está! Evidentemente, puesto que no hay nadie adentro. Pero no, de costumbre, cuando regreso a casa reencuentro a Maurice, aun en su ausencia. Esta noche las puertas se abren ante habitaciones desiertas. Las once. Mañana se sabrán los resultados de los análisis y tengo miedo. Tengo miedo, y Maurice no está aquí. Ya lo sé. Es preciso que sus investigaciones lleguen a su fin. Así y todo, estoy enojada con él. "¡Te necesito y no estás aquí!" Tengo ganas de escribir estas palabras sobre un papel que dejaría a la vista en el vestíbulo, antes de irme a acostar.
... Regué las plantas; empecé a arreglar la biblioteca y me detuve. Me sorprendió su indiferencia cuando le hablé de instalar este living. Tengo que confesarme la verdad; siempre deseé la verdad, si la obtuve es porque la quería. ¡Pues bien! Maurice ha cambiado. Se ha dejado devorar por su profesión. Ya no lee. Ya no escucha música. (Me gustaba tanto nuestro silencio y su rostro atento cuando escuchábamos Monteverdi o Charlie Parker.) Ya no nos paseamos juntos por París y los alrededores. Ya casi no tenemos verdaderas conversaciones. Empieza a parecerse a sus colegas que no son más que máquinas de hacer carrera y ganar dinero. Soy injusta. El dinero, el éxito social, se mata de risa de eso. Pero desde que, en contra de mi opinión, hace diez años decidió especializarse, poco a poco —y eso es precísamente lo que yo temía—, se ha empobrecido. Inclusive en Mougins, este año, me pareció lejano: ávido por reencontrar la clínica y el laboratorio; distraído y hasta moroso. ¡Vamos!, mejor decirme a mí misma la verdad hasta el fin. En el aeródromo de Niza sentía el corazón oprimido a causa de esas opacas vacaciones que dejábamos detrás. Y si en las salinas abandonadas conocí una felicidad tan intensa, fue porque Maurice, a cientos de kilómetros, volvía a serme cercano. (Curiosa cosa, un diario: lo que uno calla es más importante que lo que anota.) Se diría que su vida privada ya no le concierne. La primavera pasada, ¡con qué facilidad renunció a nuestro viaje por Alsacia! Sin embargo, mi decepción lo afligió. Le dije alegremente: "¡La curación de la leucemia bien merece algunos sacrificios!" Pero, antes, para Maurice la medicina significaba personas de carne y hueso que había que aliviar. (Estaba tan decepcionada, tan desamparada durante mi permanencia en Cochin, por la fría benevolencia de los jefes de sala, por la indiferencia de los estudiantes: y en los hermosos ojos melancólicos de ese externo encontré una angustia, una rabia semejantes a las mías. Creo que lo amé desde ese instante.) Tengo miedo de que ahora para él sus enfermos no sean sino casos. Saber le interesa más que curar. Y hasta en sus relaciones con quienes lo rodean se vuelve abstracto, él, que era tan vivaz, tan alegre, tan joven a los cuarenta y cinco años como cuando lo encontré... Sí, algo ha cambiado, puesto que escribo acerca de él, de mí, a sus espaldas. Si él lo hubiera hecho, me sentiría traicionada. Éramos, el uno para el otro, una absoluta transparencia.
Aún lo somos; mi cólera nos separa: le será fácil desarmarla. Necesitaré un poco de paciencia: después de los períodos de agotamiento viene la bonanza. El año pasado también trabajaba frecuentemente por las noches. Sí, pero yo tenía a Lucienne. Y, sobre todo, nada me atormentaba. Bien sabe él que en este momento no puedo leer ni escuchar discos, porque tengo miedo. No dejaré ninguna nota en el vestíbulo, pero hablaré con él. Al cabo de veinte —veintidos— años de casamiento, uno concede demasiado al silencio: es peligroso. Pienso que me he ocupado demasiado de las chicas todos estos últimos años: Colette era tan apegada y Lucienne tan difícil. Yo no estaba tan disponible como Maurice podía desearlo. Hubiera debido hacérmelo notar en lugar de lanzarse a trabajos que ahora lo alejan de mí. Tenemos que explicarnos.
Medianoche. Tengo tanta prisa por verlo, por ahogar esta cólera que todavía protesta dentro de mí, que dejo los ojos clavados en el reloj de péndulo. La aguja no avanza; me exaspero. La imagen de Maurice se deshace; ¿qué sentido tiene luchar contra la enfermedad y el sufrimiento si uno trata a su propia mujer con tanta despreocupación? Eso es indiferencia. Dureza. Es inútil rabiar. Basta. Si los análisis de Colette son desfavorables, mañana voy a necesitar de toda mi sangre fría. Entonces debo tratar de dormir.
…………………….
La tristeza
Anton Chejov
La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
- ¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
- ¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
- ¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
- ¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.
- ¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
- ¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
- Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
- ¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
- No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
- ¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
- ¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.
- ¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
- ¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
- ¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...
- ¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
- Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
- ¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
- ¡Palabra de honor!
- ¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
- ¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
- ¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
- Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
- ¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
- Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
- ¿Oye, viejo, estás enfermo?-grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
- ¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
- Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
- ¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
- ¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.
- ¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.
- Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
- No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
- ¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
- Sí.
- Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
- ¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...
Tras una corta pausa, Yona continúa:
- Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.
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El verbo ser
André Breton
Conozco la desesperación a grandes rasgos. La desesperación no tiene alas, no se halla necesariamente en una mesa servida en una terraza, en el atardecer, al borde del mar. Es la desesperación y no el regreso de una cantidad de hechos sin importancia como las semillas al caer la noche dejan un surco por otro. No es el musgo sobre una roca o el vaso para beber. Es un barco acribillado por la nieve si queréis, como los pájaros que caen y su sangre no tiene el más mínimo espesor. Conozco la desesperación a grandes rasgos. Una forma muy pequeña delimitada por joyas capilares. Es la desesperación. Un collar de perlas para el cual uno no sabría encontrar un broche y cuya existencia ni se sostiene en un hilo, tal la desesperación. Del resto no hablemos. No hemos terminado de desesperarnos si comenzáramos. Yo, me desespero por la pantalla a las cuatro, me desespero por el abanico a medianoche, me desespero por el cigarrillo de los condenados. Conozco la desesperación a grandes rasgos. La desesperación no tiene corazón, la mano queda siempre en la desesperación sin fuerza, en la desesperación cuyos hielos no nos dicen jamás si murió. Vivo de esta desesperación que me encanta. Amo esta mosca azul que vuela en el cielo a la hora que musitan las estrellas. A grandes rasgos conozco la desesperación, de vastos asombros menudos, la desesperación de la altivez, la desesperación de la cólera. Me levanto cada día como todo el mundo y descanso los brazos sobre un papel floreado, no me acuerdo de nada y siempre es con desesperación como descubro los hermosos árboles desarraigados de la noche. El aire de la habitación es bello como palillos de tambor. Hace un tiempo increíble. Conozco la desesperación a grandes rasgos. Es como el viento de la cortina que me asiste. ¡Se conoce semejante desesperación! ¡Fuego! Oh van a venir de nuevo... ¡Socorro! Helos aquí cayendo por la escalera... Y los anuncios del periódico y los avisos luminosos a lo largo del canal. ¡Montón de arena, vete, especie de montón de arena! En sus grandes rasgos la desesperación no tiene importancia. Es un hacinamiento de árboles que una vez más van a hacer una foresta, es un hacinamiento de estrellas que una vez más van a hacer un día de menos, es un hacinamiento de días que una vez más va a hacer mi vida.
La unión libre
Mi mujer cabellera de lumbre de leño
Pensamientos de relámpagos de calor
Talle de reloj de arena
Mi mujer talle de nutria bajo los dientes del tigre
Mi mujer boca de escarapela y de ramillete de estrellas de última magnitud
Dientes de huellas de ratón blanco sobre la tierra blanca
Lengua de ámbar y de vidrio frotados
Mi mujer lengua de hostia apuñalada
Lengua de muñeca que abre y cierra los ojos
Lengua de piedra increíble
Mi mujer pestañas de palotes de escritura de niño
Cejas de borde de nido de golondrina
Mi mujer sienes de pizarra de invernadero
Y de vapor en los cristales
Mi mujer hombros de champaña
Y de fontana con testas de delfines bajo el hielo
Mi mujer muñecas de fósforos
Mi mujer deds de azar y de as de corazón
Dedos de heno segado
Mi mujer axilas de marta y de fasces
De noche de San Juan
De alheña y de nido de escalares
Brazos de espuma de mar y de esclusa
Y de alianza de trigo y de molino
Mi mujer piernas de fuegos artificiales
De movimientos de relojería y de desesperación
Mi mujer pantorrillas de médula de saúco
Mi mujer pies de iniciales
Pies de manojos de llaves pies de calafates en trance de beber
Mi mujer cuello perlado de cereales
Mi mujer pechos de Val d' Or
De citas en el lecho mismo del torrente
Senos nocturnos
Mi mujer senos de collado
Mi mujer senos de crisol de rubíes
Senos de espectro de la rosa bajo el rocío
Mi mujer vientre de despliegue de abanico de los días
Vientre de garra gigantesca
Mi mujer dorso de pájaro que huye vertical
Dorso de azogue
Dorso de luz
Nuca de canto rodado y de tiza mojada
Y de precipitación de un vaso donde se acaba de beber
Mi mujer caderas de navecilla
Caderas de lámpara y de plumas de flecha
Y de tallos de plumas de blanco pavorreal
De balanza insensible
Mi mujer nalgas de greda y de amianto
Mi mujer nalgas de dorso de cisne
Mi mujer nalgas de primavera
Sexo de gladiolo
Mi mujer sexo de yacimiento y de ornitorrinco
Mi mujer sexo de alga y de bombones antiguos
Mi mujer sexo de espejo
Mi mujer ojos llenos de lágrimas
Ojos de panoplia violeta y de agua imantada
Mi mujer ojos de sabana
Mi mujer ojos de agua para beber en prisión
Mi mujer ojos de leño siempre bajo el hacha
Ojos de nivel de agua de nivel de aire de tierra y de fuego
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La canción del automóvil
Filippo Tomasso Marinetti
Dios vehemente de una raza de acero,
automóvil ebrio de espacio,
que piafas de angustia, con el freno en los dientes estridentes!
¡Oh formidable monstruo japonés de ojos de fragua,
nutrido de llamas y aceites minerales,
hambriento de horizontes y presas siderales
tu corazón se expande en su taf-taf diabólico
y tus recios pneumáticos se hinchen para las danzas
que bailen por las blancas carreteras del mundo!
Suelto, por fin, tus bridas metálicas.., ¡Te lanzas
con embriaguez el Infinito liberador!
Al estrépito del aullar de tu voz…
he aquí que el Sol poniente va Imitando
tu andar veloz, acelerando su palpitación
sanguinolento a ras del horizonte…
¡Míralo galopar al fondo de los bosques!...
¡Qué importa, hermoso Demonio!
A tu merced me encuentro… ¡Tómame
sobre la tierra ensordecido a pesar de todos sus ecos,
bajo el cielo que ciega a pesar de sus astros de oro,
camino exasperando mi fiebre y mi deseo,
con el puñal del frío en pleno rostro!
De vez en vez alzo mi cuerpo
para sentir en mi cuello, que tiembla
la presión de los brazos helados
y aterciopelados del viento.
¡Son tus brazos encantadores y lejanos que me atraen!
Este viento es tu aliento devorante,
¡insondable Infinito que me absorbes con gozo…
¡Ah! los negros molinos desmanganillados
parece de pronto
que, sobre sus aspas de tela emballenada
emprenden una loca carrera
como sobre unas piernas desmesurados…
He aquí que las Montañas se aprestan a lanzar
sobre mi fuga capas de frescor soñoliento…
¡Allá! ¡Allá! ¡mirad! ¡en ese recodo siniestro!...
¡Oh Montañas, Rebaño monstruoso, Mammuths
que trotáis pesadamente, arqueando los lomos Inmensos,
ya desfilasteis… ya estáis ahogadas
en la madeja de las brumas!...
Y vagamente escucho
el estruendo rechinante producido en las carreteras
por vuestras Piernas colosales de las botas de siete leguas…
¡Montañas de las frescas capas de cielo!...
¡Bellos ríos que respiráis al claro de luna!...
¡Llanuras tenebrosas Yo os paso el gran galope
de este monstruo enloquecido… Estrellas, Estrellas mías,
¿oís sus pasos, el estrépito de sus ladridos
y el estertor sin fin de sus pulmones de cobre?
¡Acepto con Vosotras la opuesta,... Estrellas mías …
¡Más pronto!... ¡Todavía más pronto
¡Sin una tregua¡ ¡Sin ningún reposo
¡Soltad los frenos!... ¡Qué! ¿no podéis?...
¡Rompedlos!... ¡Pronto!
¡Que el pulso del motor centuplique su impulso!
iHurral ¡no más contacto con nuestra tierra inmunda !
¡Por fin me aparto de ella y vuelo serenamente
por la escintilante plenitud
de los Astros que tiemblan en su gran lecho azul!
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Cuentos cortos
Franz Kafka
Un mensaje imperial
El Emperador, tal va una parábola, os ha mandado, humilde sujeto, quien sóis la insignificante sombra arrinconándose en la más recóndita distancia del sol imperial, un mensaje; el Emperador desde su lecho de muerte os ha mandado un mensaje para vos únicamente. Ha comandado al mensajero a arrodillarse junto a la cama, y ha susurrado el mensaje; ha puesto tanta importancia al mensaje, que ha ordenado al mensajero se lo repita en el oído. Luego, con un movimiento de cabeza, ha confirmado estar correcto. Sí, ante los congregados espectadores de su muerte -toda pared obstructora ha sido tumbada, y en las espaciosas y colosalmente altas escaleras están en un círculo los grandes príncipes del Imperio- ante todos ellos, él ha mandado su mensaje. El mensajero inmediatamente embarca su viaje; un poderoso, infatigable hombre; ahora empujando con su brazo diestro, ahora con el siniestro, taja un camino al través de la multitud; si encuentra resistencia, apunta a su pecho, donde el símbolo del sol repica de luz; al contrario de otro hombre cualquiera, su camino así se le facilita. Mas las multitudes son tan vastas; sus números no tienen fin. Si tan sólo pudiera alcanzar los amplios campos, cuán rápido él volaría, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.
Pero, en vez, cómo vanamente gasta sus fuerzas; aún todavía traza su camino tras las cámaras del profundo interior del palacio; nunca llegará al final de ellas; y si lo lograra, nada se lograría en ello; él debe, tras aquello, luchar durante su camino hacia abajo por las escaleras; y si lo lograra, nada se lograría en ello; todavía tiene que cruzar las cortes; y tras las cortes, el segundo palacio externo; y una vez más, más escaleras y cortes; y de nuevo otro palacio; y así por miles de años; y por si al fin llegara a lanzarse afuera, tras la última puerta del último palacio -pero nunca, nunca podría llegar eso a suceder-, la capital imperial, centro del mundo, caería ante él, apretada a explotar con sus propios sedimientos. Nadie podría luchar y salir de ahí, ni siquiera con el mensaje de un hombre muerto. Mas os sentáis tras la ventana, al caer la noche, y os lo imagináis, en sueños.
El zopilote
Un zopilote estaba mordizqueándome los pies. Ya había despedazado mis botas y calcetas, y ahora ya estaba mordiendo mis propios pies. Una y otra vez les daba un mordizco, luego me rondaba varias veces, sin cesar, para después volver a continuar con su trabajo. Un caballero, de repente, pasó, echó un vistazo, y luego me preguntó por qué sufría al zopilote.
"Estoy perdido", le dije. Cuando vino y comenzó a atacarme, yo por supuesto traté de hacer que se fuera, hasta traté de estrangularlo, pero estos animales son muy fuertes... estuvo a punto de echarse a mi cara, mas preferí sacrificar mis pies. Ahora estan casi deshechos". "¡Véte tú a saber, dejándote torturar de esta manera!", me dijo el caballero. "Un tiro, y te echas al zopilote." "¿En serio?", dije. "¿Y usted me haría el favor?" "Con gusto," dijo el caballero, " sólo tengo que ir a casa e ir por mi pistola. ¿Se podría usted esperar otra media hora?" "Quién sabe", le dije, y me estuve por un momento, tieso de dolor. Entonces le dije: "Sin embargo, vaya a ver si puede... por favor". "Muy bien", dijo el caballero, "trataré de hacerlo lo más pronto que pueda". Durante la conversación, el zopilote había estado tranquilamente escuchando, girando su ojo lentamente entre mí y el caballero. Ahora me había dado cuenta que había estado entendiéndolo todo; alzó ala, se hizo hacia atrás, para agarrar vuelo, y luego, como un jabalinista, lanzó su pico por mi boca, muy dentro de mí. Cayendo hacia atrás, me alivió el sentirle ahogarse irremediablemente en mi sangre, la cual estaba llenando cada uno de mis huecos, inundando cada una de mis costas.
Una pequeña fábula
"Ay", dijo el ratón, "el mundo se está haciendo más chiquito cada día. Al principio era tan grande que yo tenía miedo, corría y corría, y me alegraba cuando al fin veía paredes a lo lejos a diestra y siniestra, pero estas largas paredes se han achicado tanto que ya estoy en la última cámara, y ahí en la esquina está la trampa a la cual yo debo caer".
"Solamente tienes que cambiar tu dirección", dijo el gato, y se lo comió.
 La partida
Ordené que trajeran mi caballo del establo. El sirviente no entendió mis órdenes. Así que fuí al establo yo mismo, le puse silla a mi caballo, y lo monté. A la distancia escuché el sonido de una trompeta, y le pregunté al sirviente qué significaba. El no sabía nada, y escuchó nada. En el portal me detuvo y preguntó: "¿A dónde va el patrón?" "No lo sé", le dije, "simplemente fuera de aquí, simplemente fuera de aquí. Fuera de aquí, nada más, es la única manera en que puedo alcanzar mi meta". "¿Así que usted conoce su meta?", preguntó. "Sí", repliqué, "te lo acabo de decir. Fuera de aquí, esa es mi meta".
El paseo repentino
Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.
Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.
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La tentación de San Antonio
Hugo Ball
Los nervios de mi cuerpo se alzan como campos de espinas,
Campos sangrantes de lapas y zarzas de nudos.
Mi médula entona una misa roja de efebos tonos de fístula.
En el canal de mi médula borbotan deslaves de cerros y piedras inquietas.
Mi cabeza cuelga hacia adelante llena de sangre.
Ralo cabello verde sabandija sobre el cráneo se elonga.

Muros torcidos, casas torcidas.
Hordas de tábanos silban y destellan por el cuarto.
Los muros recibieron las pústulas y se desmenuzan.
Doctores con altos gorros rodean la enfermedad y la cubren con vendajes.
Ocho yardas sobre la puerta está el fantasma de la peste con cascabeles.
Tomo impulso para el golpe. ¡Ayuda! No ablanda. Una nube amarilla.
Gritos al cielo. ¡Demencia! ¡Demencia!

Vuelan ciudades escarlatina. Verdes oasis. Hilos de luz. Soles de negro traqueteo.
El suelo vibra. Se hunde una cubierta verde.
»¡Ahí está él!« Me amordazan, muecas de negro, rodilla en mi peritoneo.
Cuerpos humanos, apretados sobre el suelo, huyen y saltan
Desnudos y enérgicos, con vibrante contoneo de sierpe en los pasillos.
Un silbido de cien mil sirenas de vapor brama sobre los puertos.
Tipos con varas de bambú sobre y a través de plazas y torres.
Desbandadas. Machacones. El aire supura. Revienta la luz. Estrellas fijas perdidas en
[cuarteles.

Y siempre el golpear de los gritos, desde abajo, como de calderas infernales.
Y siempre el verdigrana, rubíamarillo estruendo en zigzag voluptuoso.
Mis manos rebeldes se aferran a una columna del templo.
Alguien vocifera: ¡Obscenidad! Otros saltan de la sien de las ventanas.
El estallido desgarra ciudades enteras. Los monjes budistas en sillas de loto,
arriba a la izquierda, regordetes e hinchados, abuelos de la apatía,
Ríen y se abanican y giran la panza, aquí y allá con manos castigadas
y estallan de alegría craneal llena de arrugas.

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Marcel Proust
En busca del tiempo perdido
(Fragmento)
Por el camino de Swan
Combray I
Mucho tiempo he estado acostándome temprano. A veces apenas había apagado la bujía, cerrábanse mis ojos tan presto, que ni  tiempo tenía para decirme: «Ya me duermo». Y media hora después despertábame la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que se me figuraba tener aún entre las manos, y apagar de un soplo la luz; durante mi sueño no había cesado de reflexionar sobre lo recién leído, pero era muy particular el tono que tomaban esas reflexiones, porque me parecía que yo pasaba a convertirme en el tema de la obra, en una iglesia, en un cuarteto, en la rivalidad de Francisco I y Carlos V. Esta figuración me duraba aún unos segundos después de haberme despertado: no repugnaba a mi razón, pero gravitaba como unas escamas sobre mis ojos sin dejarlos darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Y luego comenzaba a hacérseme ininteligible, lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido, los pensamientos de una vida anterior; el asunto del libro se desprendía de mi personalidad y yo ya quedaba libre de adaptarme o no a él; enseguida recobraba la visión, todo extrañado de encontrar en torno mío una oscuridad suave y descansada para mis ojos, y aun más quizá para mi espíritu, al cual se aparecía esta oscuridad como una cosa sin causa, incomprensible, verdaderamente oscura. Me preguntaba
qué hora sería; oía el silbar de los trenes que, más o menos en la lejanía, y señalando las distancias, como el canto de un pájaro en el bosque, me describía la extensión de los campos desiertos, por donde un viandante marcha de prisa hacía la estación cercana; y el caminito que recorre se va a grabar en su , recuerdo por la excitación que le dan los lugares nuevos, los actos desusados, la charla reciente, los adioses de la despedida que le acompañan aún en el silencio de la noche, y la dulzura próxima del retorno.
Apoyaba blandamente mis mejillas en las hermosas mejillas de la almohada, tan llenas y tan frescas, que son como las mejillas mismas de nuestra niñez. Encendía una cerilla para mirar el reloj. Pronto serían las doce. Este es el momento en que el enfermo que tuvo que salir de viaje y acostarse en una fonda desconocida, se despierta, sobrecogido por un dolor, y siente alegría al ver una rayita de luz por debajo de la puerta. ¡Qué gozo! Es de día ya. Dentro de un

momento los criados se levantarán, podrá llamar, vendrán a darle alivio. Y la esperanza de ser confortado le da valor para sufrir. Sí, ya le parece que oye pasos, pasos que se acercan, que después se van alejando. La rayita de luz que asomaba por debajo de la puerta ya no existe. Es medianoche: acaban de apagar el gas, se marchó el último criado, y habrá que estarse la noche enteró sufriendo sin remedio.
Me volvía a dormir, y a veces ya no me despertaba más que por breves instantes, lo suficiente para oír los chasquidos orgánicos de la madera de los muebles, para abrir los ojos y mirar al calidoscopio de la oscuridad, para saborear, gracias a un momentáneo resplandor de conciencia, el sueño en que estaban sumidos los muebles, la alcoba, el todo aquel del que yo no era más que una ínfima parte, el todo a cuya insensibilidad volvía yo muy pronto a sumarme. Otras veces, al dormirme, había retrocedido sin esfuerzo a una época para siempre
acabada de mi vida primitiva, me había encontrado nuevamente con uno de mis miedos de niño, como aquel de que mi tío me tirara de los bucles, y que se disipó. Fecha que para mí señala una nueva era. el día que me los cortaron. Este acontecimiento había yo olvidado durante
el sueño, y volvía a mi recuerdo tan pronto como acertaba a despertarme para escapar de las manos de mi tío: pero, por vía de precaución, me envolvía la cabeza con la almohada antes de tornar al mundo de los sueños.
Otras veces, así como Eva nació de una costilla de Adán, una mujer nacía mientras yo estaba durmiendo, de una mala postura de mi cadera. Y siendo criatura hija del placer que y estaba a punto de disfrutar, se me figuraba que era ella la que me lo ofrecía. Mi cuerpo sentía en el de ella su propio calor, iba a buscarlo, y yo me despertaba.
Todo el resto de los mortales se me aparecía como cosa muy borrosa junto a esta mujer, de la que me separara hacía un instante: conservaba aún mi mejilla el calor de su beso y me sentía dolorido por el peso de su cuerpo. Si, como sucedía algunas veces, se me representaba con el semblante de una mujer que yo había conocido en la vida real, yo iba a entregarme con todo mi ser a este único fin: encontrarla; lo mismo que esas personas que salen de viaje para ver
con sus propios ojos una ciudad deseada, imaginándose que en una cosa real se puede saborear el encanto de lo soñado. Poco a poco el recuerdo se disipaba; ya estaba olvidada la criatura de mi sueño.
Cuando un hombre está durmiendo tiene en torno, como un aro, el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundos. Al despertarse, los consulta instintivamente, y, en un segundo, lee el lugar de la tierra en que se halla, el tiempo que ha transcurrido hasta su despertar; pero estas ordenaciones pueden confundirse y quebrarse.
Si después de un insomnio, en la madrugada, lo sorprende el sueño mientras lee en una postura distinta de la que suele tomar para dormir, le bastará con alzar el brazo para parar el Sol; para hacerlo retroceder: y en el primer momento de su despertar no sabrá qué hora es, se imaginará que acaba de acostarse. Si se adormila en una postura aún menos usual y recogida, por ejemplo, sentado en un sillón después de comer, entonces un trastorno profundo se introducirá en los mundos desorbitados, la butaca mágica le hará recorrer a toda velocidad los caminos del tiempo y del espacio, y en el momento de abrir los párpados se figurará que se echó a dormir unos meses antes y en una tierra distinta. Pero a mí, aunque me durmiera en mi cama de costumbre, me bastaba con un sueño profundo que aflojara la tensión de mi espíritu para que éste dejara escaparse el plano del lugar en donde yo me había dormido, y al despertarme a medianoche, como no sabía en dónde me encontraba, en el primer momento tampoco sabía quién era; en mí no había otra cosa que el sentimiento de la existencia en su sencillez, primitiva, tal como puede vibrar en lo hondo de un animal, y hallábame en mayor desnudez de todo que el hombre de las cavernas; pero entonces el recuerdo .y todavía no era el recuerdo del lugar en que me hallaba, sino el de otros sitios en donde yo había vivido y en donde podría estar. Descendía hasta mí
como un socorro llegado de lo alto para sacarme de la nada, porque yo solo nunca hubiera podido salir; en un segundo pasaba por encima de siglos de civilización, y la imagen borrosamente entrevista de las lámparas de petróleo, de las camisas con cuello vuelto, iban
recomponiendo lentamente los rasgos peculiares de mi personalidad.
Esa inmovilidad de las cosas que nos rodean, acaso es una cualidad que nosotros les imponemos, con nuestra certidumbre de que ellas son esas cosas, y nada más que esas cosas, con la inmovilidad que toma nuestra pensamiento frente a ellas. El caso es que cuando yo me despertaba así, con el espíritu en conmoción, para averiguar, sin llegar a lograrlo, en dónde estaba, todo giraba en torno de mí, en la oscuridad: las cosas, los países, los años. Mi cuerpo, demasiado torpe para moverse, intentaba, según fuera la forma de su cansancio, determinar la
posición de sus miembros para de ahí inducir la dirección de la pared y el sitio de cada mueble, para reconstruir y dar nombre a la morada que le abrigaba. Su memoria de los costados, de las rodillas, de los hombros, le ofrecía sucesivamente las imágenes de las varias alcobas en que durmiera, mientras que, a su alrededor, la paredes, invisibles, cambiando de sitio, según la forma de la habitación imaginada, giraban en las tinieblas. Y antes de que mi pensamiento,
que vacilaba, en el umbral de los tiempos y de las formas, hubiese

identificado, enlazado las diversas circunstancias que se le ofrecían, el lugar de que se trataba, el otro, mi cuerpo, se iba acordando para cada sitio de cómo era la cama, de dónde estaban las puertas, dé adónde daban las ventanas, de si había un pasillo, y, además, de los pensamientos que al dormirme allí me preocupaban y que al despertarme volvía a encontrar. El lado anquilosado de mi cuerpo, al intentar adivinar su orientación, se creía, por ejemplo, estar echado de cara a la pared, en un gran lecho con dosel, y yo en seguida me decía: «Vaya, pues, por fin me he dormido, aunque mamá no vino a decirme adiós», y es que estaba en el campo, en casa de mi abuelo, muerto ya hacía tanto tiempo; y mi cuerpo, aquel lado de mi cuerpo en
que me apoyaba, fiel guardián de un pasado que yo nunca debiera olvidar, me recordaba la llama de la lamparilla de cristal de Bohemia, en forma de urna, que pendía del techo por leves cadenillas; la chimenea de mármol de Siena, en la alcoba de casa de mis abuelos, en Combray; en aquellos días lejanos que yo me figuraba en aquel momento como actuales, pero sin representármelos con exactitud, y que habría de ver mucho más claro un instante después, cuando me despertara, por completo.
Luego, renacía el recuerdo de otra postura; la pared huía hacia otro lado: estaba en el campo, en el cuarto a mí destinado en casa de la señora de Saint-Loup. ¡Dios mío! Lo menos son las diez.
Ya habrán acabado de cenar. Debo de haber prolongado más de la cuenta esa siesta que me echo todas las tardes al volver de mi paseo con la señora de Saint-Loup, antes de ponerme de frac para ir a cenar. Porque ya han transcurrido muchos años desde aquella época de
Combray, cuando, en los días en que más tarde regresábamos a casa, la luz que yo veía en las vidrieras de mi cuarto era el rojizo reflejo crepuscular. Aquí, en Tansonville, en casa de la señora Saint-Loup, hacemos un género de vida muy distinto y es de muy distinto género el
placer que experimento en no salir más que de noche, en entregarme, a la luz de la luna, al rumbo de esos caminos en donde antaño jugaba, a la luz del sol; y esa habitación, donde me he quedado dormido olvidando que tenía que vestirme para la cena, la veo desde lejos, cuando
volvemos de paseo, empapada en la luz de la lámpara, faro único de la noche.
Estas evocaciones voltarias y confusas nunca duraban más allá de unos segundos; y a veces no me era posible distinguir por separado las diversas suposiciones que formaban la trama de mi
incertidumbre respecto al lugar en que me hallaba, del mismo modo que al ver correr un caballo no podemos aislar las posiciones sucesivas que nos muestra el kinetoscopio. Pero, hoy una y mañana otra, yo iba
viendo todas las alcobas que había habitado durante mi vida, y acababa por acordarme de todas en las largas soñaciones que seguían a mi despertar; cuartos de invierno, cuando nos acostamos en ellos, la cabeza se acurruca en un nido formado por los más dispares objetos: un
rinconcito de la almohada, la extremidad de las mantas, la punta de un mantón, el borde de la cama y un número de los Débats Roses, todo ello junto y apretado en un solo bloque, según la técnica de los pájaros, a fuerza de apoyarse indefinidamente encima de ello; cuarto de
invierno, donde el placer que se disfruta en los días helados es el de sentirse separado del exterior (como la golondrina de mar que tiene el nido en el fondo de un subterráneo, al calor de la tierra); cuartos en los cuales, como está encendida toda la noche la lumbre de la chimenea, dormimos envueltos en un gran ropón de aire cálido y humoso, herido por el resplandor de los tizones que se reavivan, especie de alcoba impalpable, de cálida caverna abierta en el mismo
seno de la habitación, zona ardiente de móviles contornos térmicos, oreadas por unas bocanadas de aire que nos refrescan la frente y que salen de junto a las ventanas, de los rincones de la habitación que están más lejos del fuego y que se enfriaron; cuartos estivales donde nos
gusta no separarnos de la noche tibia, donde el rayo de luna, apoyándose en los entreabiertos postigos, lanza hasta el pie de la cama su escala encantada, donde dormimos casi como al aire libre, igual que un abejaruco mecido por la brisa en la punta de una rama; otras
veces, la alcoba estilo Luis XVI, tan alegre que ni siquiera la primera noche me sentía desconsolado, con sus columnitas que sostenían levemente el techo y que se apartaban con tanta gracia para señalar y guardar el sitio destinado al lecho; otra vez, aquella alcoba chiquita, tan alta de techo, que se alzaba en forma de pirámide ocupando la altura de dos pisos, revestida en parte de caoba y en donde me sentí desde el primer momento moralmente envenenado por el olor nuevo, desconocido para mí, moralmente la petiveria, y convencido de la hostilidad de las cortinas moradas y de la insolente indiferencia del reloj de péndulo, que se pasaba las horas chirriando, como si allí no hubiera nadie; cuarto en donde un extraño e implacable espejo,
sostenido en cuadradas patas, se atravesaba oblicuamente en uno de los rincones de la habitación, abriéndose a la fuerza, en la dulce plenitud de mi campo visual acostumbrado, un lugar que no estaba previsto y en donde mi pensamiento sufrió noches muy crueles
afanándose durante horas y horas por dislocarse, por estirarse hacia lo alto para poder tomar cabalmente la forma de la habitación y llenar hasta arriba su gigantesco embudo, mientras yo estaba echado en mi cama, con los ojos mirando al techo, el oído avizor, las narices secas y
el corazón palpitante; hasta que la costumbre cambió el color de las cortinas, enseñó al reloj a ser silencioso y al espejo, sesgado y cruel, a ser compasivo; disimuló, ya que no llegara a borrarlo por completo, el olor de la petiveria, e introdujo notable disminución en la
altura aparente del techo. ¡Costumbre, celestina mañosa, sí, pero que trabaja muy despacio y que empieza por dejar padecer a nuestro ánimo durante semanas entras, en una instalación precaria; pero que, con todo y con eso, nos llena de alegría al verla llegar, porque
sin ella, y reducida a sus propias fuerzas, el alma nunca lograría hacer habitable morada alguna!
Verdad que ahora ya estaba bien despierto, que mi cuerpo había dado el último viraje y el ángel bueno de la certidumbre había inmovilizado todo lo que me rodeaba; me había acostado, arropado en mis mantas, en mi alcoba; había puesto, poco más o menos en su sitio,
en medio de la oscuridad, mi cómoda, mi mesa de escribir, la ventana que da a la calle y las dos puertas. Pero era en vano que yo supiera que no estaba en esa morada en cuya presencia posible había yo creído por lo menos, ya que no se me presentara su imagen distinta, en el primer
momento de mi despertar; mi memoria ya había recibido el impulso, y, por lo general, ya no intentaba volverme a dormir en seguida; la mayor parte de la noche la pasaba en rememorar nuestra vida de antaño en Combray, en casa de la hermana de mi abuela en Balbec, en París, en Donzières, en Venecia, en otras partes más, y en recordar los lugares, las personas que allí conocí, lo que vi de ellas, lo que de ellas me contaron.
En Combray, todos los días, desde que empezaba a caer la tarde y mucho antes de que llegara el momento de meterme en la cama y estarme allí sin dormir, separado de mi madre y de mi abuela, mi alcoba se convertía en el punto céntrico, fija y doloroso de mis
preocupaciones. A mi familia se le había ocurrido, para distraerme aquellas noches que me veían con aspecto más tristón, regalarme un linterna mágica; y mientras llegaba la hora de cenar, la instalábamos en la lámpara de mi cuarto; y la linterna, al modo de los primitivos arquitectos y maestros vidrieros de la época gótica, substituida la opacidad de las paredes por irisaciones impalpables, por sobrenaturales apariciones multicolores, donde se dibujaban las
leyendas como en un vitral fugaz y tembloroso. Pero con eso mi tristeza se acrecía más aún porque bastaba con el cambio de iluminación para destruir la costumbre que yo ya tenía de mi cuarto, y gracias a la cual me era soportable la habitación, excepto en el
momento de acostarme. A la luz de la linterna no reconocía mi alcoba,
y me sentía desosegado, como en un cuarto de fonda o de «chalet» donde me hubiera alojado por vez primera al bajar del tren.
Al paso sofrenado de su caballo, Golo, dominado por un atroz designio, salía del bosquecillo triangular que aterciopelaba con su sombrío verdor la falda de una colina e iba adelantándose a saltitos hacia el castillo de Genoveva de Brabante. La silueta de este castillo se
cortaba en una línea curva, que no era otra cosa que el borde de uno de los óvalos de vidrio insertados en el marcó de madera que se introducía en la ranura de la linterna. No era, pues, más que un lienzo de castillo que tenía delante una landa, donde Genoveva, se entregaba a sus
ensueños; llevaba Genoveva un ceñidor celeste.
El castillo y la landa eran amarillos, y yo no necesitaba esperar a verlos para saber de qué color eran porque antes de que me lo mostraran los cristales de la linterna ya me lo había anunciado con toda evidencia la áureo-rojiza sonoridad del nombre de Brabante. Golo se
paraba un momento para escuchar contristado el discurso que mi tía leía en alta voz y que Golo daba muestras de comprender muy bien, pues iba ajustando su actitud a las indicaciones del texto, con docilidad no exenta de cierta majestad; y luego se marchaba al mismo paso sofrenado con que llegó. Si movíamos la linterna, yo veía al caballo de Golo, que seguía, avanzando por las cortinas del balcón, se abarquillaba al llegar a las arrugas de la tela y descendía en las aberturas. También el cuerpo de Golo era de una esencia tan
sobrenatural como su montura, y se conformaba a todo obstáculo material, a cualquier objeto que se le opusiera en su camino, tomándola como osamenta, e internándola dentro de su propia forma, aunque fuera el botón de la puerta, al que se adaptaba en seguida para quedar luego flotando en él su roja vestidura, o su rostro pálido, tan noble y melancólico siempre, y que no dejaba traslucir ninguna inquietud motivada por aquella transverberación.
Claro es que yo encontraba cierto encanto en estas brillantes proyecciones que parecían emanar de un pasado merovingio y paseaban por mi alrededor tan arcaicos reflejos de historia. Pero, sin embargo, es indecible el malestar que me causaba aquella intrusión de belleza y misterio en un cuarto que yo había acabado por llenar con mi personalidad, de tal modo, que no le concedía más atención que a mi propia persona. Cesaba la influencia anestésica de la costumbre, y
me ponía a pensar y asentir, cosas ambas muy tristes. Aquel botón de la puerta de mi cuarto, que para mí se diferenciaba de todos los botonesde puertas del mundo en que abría solo, sin que yo tuviese que darle vuelta, tan inconsciente había llegado a serme su manejo, le veía
ahora sirviendo de cuerpo astral a Golo. Y en cuanto oía la
campanada que llamaba a la cena me apresuraba a correr al comedor, donde la gran lámpara colgante, que no sabía de Golo ni de Barba Azul, y que tanto sabía de mis padres y de los platos de vaca rehogada, daba su luz de todas las noches; y caía en brazos de mamá, a
la que me hacían mirar con más cariño los infortunios acaecidos a Genoveva, lo mismo que los crímenes de Golo me movían a escudriñar mi conciencia con mayores escrúpulos.
Y después de cenar, ¡ay!, tenía que separarme de mamá, que se quedaba hablando con los otros, en el jardín, si hacía buen tiempo, o en la salita, donde todos se refugiaban si el tiempo era malo.
Todos menos mi abuela, que opinaba que «en el campo es una pena estarse encerrado», y sostenía constantemente discusiones con mi padre, los días que llovía mucho, porque me mandaba a leer a mi cuarto en vez de dejarme estar afuera. «Lo que es así nunca se le
hará un niño fuerte y enérgico .decía tristemente., y más esta criatura, que tanto necesita ganar fuerzas y voluntad.» Mi padre se encogía de hombros y se ponía a mirar el barómetro, porque le gustaba la meteorología, y mientras, mi madre, cuidando de no hacer ruido para no distraerlo, lo miraba con tierno respeto, pero sin excesiva fijeza, como sin intención de penetrar en el misterio de su superioridad. Pero mi abuela, hiciera el tiempo que hiciera, aun en los días en que la lluvia caía firme, cuando Francisca entraba en casa precipitadamente los
preciosos sillones de mimbre, no fueran a mojarse, se dejaba ver en el jardín, desierto y azotado por la lluvia, levantándose los mechones de cabello gris y desordenado para que su frente se empapara más de la salubridad del viento y del agua. Decía: «Por fin, respiramos»,
recorriendo las empapadas calles del jardín .calles alineadas con
excesiva simetría y según su gusto por el nuevo jardinero, que
carecía del sentimiento de la naturaleza, aquel jardinero a quien mi
padre preguntaba desde la mañana temprano si se arreglaría el
tiempo. con su menudo paso entusiasta y brusco, paso al que daban
la norma los varios movimientos que despertaban en su alma la
embriaguez de la tormenta, la fuerza de la higiene, la estupidez de mi
educación y la simetría de los jardines, en grado mucho mayor que su
inconsciente deseo de librar a su falda color cereza de esas manchas de
barro que la cubrían hasta una altura tal que desesperaban a su doncella.
Cuando estas vueltas por el jardín las daba mi abuela, después de cenar,
una cosa había capaz de hacerla entrar en casa: y era que, en uno de
esos momentos en que la periódica revolución de sus paseos la traía
como un insecto frente a las luces de la salita en donde estaban servidos
los licores, en la mesa de jugar, le gritara mi tía: «Matilde, ven y no
dejes a tu marido que beba coñac».
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Como a mi abuelo le habían prohibido los licores, mi tía
para hacerla rabiar (porque había llevado a la familia de mi padre un
carácter tan diferente, que todos le daban bromas y la atormentaban), le
hacía beber unas gotas. Mi abuela entraba a pedir vivamente a su
marido que no probara el coñac; enfadábase él y echaba su trago, sin
hacer caso; entonces mi abuela tornaba a salir, desanimada y triste, pero
sonriente sin embargo, porque era tan buena y de tan humilde corazón,
que su cariño a los demás y la poca importancia que a sí propia se daba
se armonizaban dentro de sus ojos en una sonrisa, sonrisa que, al revés
de las que vemos en muchos rostros humanos, no encerraba ironía más
que hacia su misma persona, y para nosotros era como el besar de unos
ojos que no pueden mirar a una persona querida sin acariciarla
apasionadamente. Cosas son ésas como el suplicio que mi tía infligía a
mi abuela, como el espectáculo de las vanas súplicas de ésta, y de su
debilidad de carácter, ya rendida antes de luchar, para quitar a mi
abuelo su vaso de licor, a las que nos acostumbramos más tarde hasta el
punto de llegar a presenciarlas con risa y a ponernos de parte del
perseguidor para persuadirnos a nosotros mismos de que no hay
tal persecución; pero entonces me inspiraban tal horror, que de buena
gana hubiera pegado a mi tía. Pero yo, en cuanto oía la frase: «Matilde,
ven y no dejes a tu marido que beba coñac», sintiéndome ya hombre
por lo cobarde, hacía lo que hacemos todos cuando somos mayores y
presenciamos dolores e injusticias: no quería verlo, y me subía a
llorar a lo más alto de la casa, junto al tejado, a una
habitacioncita que estaba al lado de la sala de estudio, que olía a
lirio y que estaba aromada, además, por el perfume de un grosellero
que crecía afuera, entre las piedras del muro, y que introducía una rama
por la entreabierta ventana. Este cuarto, que estaba destinado a un uso
más especial y vulgar, y desde el cual se dominaba durante el día claro
hasta el torreón de Roussainville-le-Pin, me sirvió de refugio
mucho tiempo, sin duda por ser el único donde podía encerrarme con
llave, para aquellas de mis ocupaciones que exigían una soledad
inviolable: la lectura, el ensueño, el llanto y la voluptuosidad. Lo que
yo ignoraba entonces es que mi falta de voluntad, mi frágil salud y la
incertidumbre que ambas cosas proyectaban sobre mi porvenir
contribuían, en mayor y más dolorosa proporción que las infracciones
de régimen de su marido, a las preocupaciones que ocupaban a mi
abuela durante las incesantes deambulaciones de por la tarde o
por la noche, cuando la veíamos pasar y repasar, alzado un poco
oblicuamente hacia el cielo aquel hermoso rostro suyo, de mejillas
morenas y surcadas por unas arrugas que, al ir haciéndose vieja,
habían tomado un tono malva como las labores en tiempo de otoño;
arrugas, cruzadas, si tenía que salir, por las rayas de un velillo a
medio alzar, y en las que siempre se estaba secando una lágrima
involuntaria, caída entre aquellos surcos por causa del frío o de un
pensamiento penoso.
Al subir a acostarme, mi único consuelo era que mamá habría
de venir a darme un beso cuando ya estuviera yo en la cama.
Pero duraba tan poco aquella despedida y volvía mamá a
marcharse tan pronto, que aquel momento en que la oía subir, cuando
se sentía por el pasillo de doble puerta el leve roce de su traje de jardín,
de muselina blanca con cordoncitos colgantes de paja trenzada, era para
mí un momento doloroso. Porque anunciaba el instante que vendría
después, cuando me dejara solo y volviera abajo. Y por eso llegué a
desear que ese adiós con que yo estaba tan encariñado viniera lo más
tarde posible y que se prolongara aquel espacio de tregua que precedía
a la llegada de mamá. Muchas veces, cuando ya me había dado un beso
e iba a abrir la puerta para marcharse, quería llamarla, decirle que me
diera otro beso, pero ya sabía que pondría cara de enfado, porque
aquella concesión que mamá hacía a mi tristeza y a mi inquietud
subiendo a decirme adiós, molestaba a mi padre, a quien parecían
absurdos estos ritos; y lo que ella hubiera deseado es hacerme perder
esa costumbre, muy al contrario de dejarme tomar esa otra nueva de
pedirle un beso cuando ya estaba en la puerta. Y el verla enfadada
destrozaba toda la calma que un momento antes me traía al inclinar
sobre mi lecho su rostro lleno de cariño, ofreciéndomelo como una
ostia para una comunión de paz, en la que mis labios saborearían su
presencia real y la posibilidad de dormir. Pero aun eran buenas esas
noches cuando mamá se estaba en mi cuarto tan poco rato, por
comparación con otras en que había invitados a cenar y mamá no podía
subir. Por lo general, el invitado era el señor Swann, que, aparte de
los forasteros de paso era la única visita que teníamos en Combray,
unas noches para cenar, en su calidad de vecino (con menos frecuencia
desde que había hecho aquella mala boda, porque mis padres no
querían recibir a su mujer), y otras después de cenar, sin previo
aviso. Algunas noches, cuando estábamos sentados delante de la casa
alrededor de la mesa de hierro, cobijados por el viejo castaño, oíamos
al extremo del jardín, no el cascabel chillón y profuso que regaba y
aturdía a su paso con un ruido ferruginoso, helado e inagotable, a
cualquier persona de casa que le pusiera en movimiento al entrar sin
llamar, sino el doble tintineo, tímido, oval y dorado de la campanilla,
que anunciaba a los de fuera; y en seguida todo el mundo se
preguntaba: «Una visita. ¿Quién será?», aunque sabíamos muy bien que
no podía ser nadie más que el señor Swann; mi tía, hablando en voz
alta, para predicar con el ejemplo, y tono que quería ser natural,
nos decía que no cuchicheáramos así, que no hay nada más descortés
que eso para el que llega, porque se figura que están hablando de algo
que él no debe oír, y mandábamos a la descubierta a mi abuela,
contenta siempre de tener un pretexto para dar otra vuelta por el jardín,
y que de paso se aprovechaba para arrancar subrepticiamente
algunos rodrigones de rosales, con objeto de que las rosas tuvieran un
aspecto más natural, igual que la madre que con sus dedos ahueca
la cabellera de su hijo porque el peluquero dejara el peinado liso
por demás.
Nos quedamos todos pendientes de las noticias del enemigo que
la abuela nos iba a traer, como si dudáramos entre un gran número de
posibles asaltantes, y en seguida mi abuelo decía: «Me parece la voz de
Swann». En efecto: sólo por la voz se lo reconocía; no se veía bien su
rostro, de nariz repulgada, ojos verdes y elevada frente rodeada de
cabellos casi rojos, porque en el jardín teníamos la menos luz posible,
para no atraer los mosquitos; y yo iba, como el que no hace nada, a
decir que trajeran los refrescos, cosa muy importante a los ojos
de mi abuela, que consideraba mucho más amable que los refrescos
estuvieran allí como por costumbre y no de modo excepcional y para
las visitas tan sólo. El señor Swann, aunque mucho más joven, tenía
mucha amistad con mi abuelo, que había sido uno de los mejores
amigos de su padre, hombre éste, según decían, excelente, pero muy
raro, y que, a veces, por una nadería atajaba bruscamente los
impulsos de su corazón o desviaba el curso de su pensamiento. Yo
había oído contar a mi abuelo, en la mesa, varias veces al año las
mismas anécdotas sobre la actitud del señor Swann, padre, a la muerte
de su esposa, a quien había asistido en su enfermedad, de día y de
noche. Mi abuelo, que no lo había visto hacía mucho tiempo, corrió a
su lado, a la posesión que tenían los Swann al lado de Combray; y con
objeto de que no estuviera delante en el momento de poner el cadáver
en el ataúd, logró mi abuelo sacar al señor Swann de la cámara
mortuoria, todo lloroso. Anduvieron un poco por el jardín, donde había
algo de sol, y, de pronto, el señor Swann, agarrando a mi abuelo por el
brazo, exclamó «¡Ah, amigo mío, qué gusto da pasearse juntos con este
tiempo tan hermoso! ¿Qué, no es bonito todo esto, los árboles, los
espinos, el estanque? Por cierto que no me ha dicho usted si le agrada
mi estanque. ¡Qué cara tan mustia tiene usted! Y de este airecito que
corre, ¿qué me dice? Nada, nada, amigo mío, digan lo que quieran hay
muchas cosas buenas en la vida». De pronto, volvía el recuerdo de su
muerta; y pareciéndole sin duda cosa harto complicada el
averiguar cómo había podido dejarse llevar en semejantes instantes por
un impulso de alegría, se contentaba con recurrir a un ademán que le
era familiar cada vez que se le presentaba una cuestión ardua: pasarse la
mano por la frente y secarse los ojos y los cristales de los lentes. No
pudo consolarse de la pérdida de su mujer; pero en los dos años que la
sobrevivió, decía a mi abuelo: «¡Qué cosa tan rara! Pienso muy a
menudo en mi pobre mujer; pero mucho, mucho de una vez no puedo
pensar en ella». Y «a menudo, pero poquito de una vez, como el pobre
Swann», pasó a ser una de las frases favoritas de mi abuelo, que la
decía a propósito de muy distintas cosas. Y hubiera tenido por un
monstruo a aquel padre de Swann, si mi abuelo, que yo estimaba como
mejor juez, y cuyo fallo al formar jurisprudencia para mí me ha servido
luego muchas veces para absolver faltas que yo me hubiera inclinado a
condenar, no hubiera gritado: «Pero, ¿cómo? ¡Si era un corazón de
oro!»
Durante muchos años, y a pesar de que el señor Swann iba con
mucha frecuencia, sobre todo antes de casarse, a ver a mis
abuelos y a mi tía, en Combray, no sospecharon los de casa que
Swann ya no vivía en el mismo medio social en que viviera su familia,
y que, bajo aquella especie de incógnito que entre nosotros le prestaba
el nombre de Swann, recibían .con la misma perfecta inocencia de
un honrado hostelero que tuviera en su casa, sin saberlo, a un bandido
célebre. a uno de los más elegantes socios del Jockey Club, amigo
favorito del conde de París y del príncipe de Gales y uno de los
hombres más mimados en la alta sociedad del barrio de Saint-Germain.
Nuestra ignorancia de esa brillante vida mundana que Swann
hacía se basaba, sin duda, en parte, en la reserva y discreción de su
carácter; pero también en la idea, un tanto india, que los burgueses de
entonces se formaban de la sociedad, considerándola como constituida
por castas cerradas, en donde cada cual, desde el instante de su
nacimiento, encontrábase colocado en el mismo rango que ocupaban
sus padres, de donde nada, como no fueran el azar de una carrera
excepcional o de un matrimonio inesperado, podría sacarle a uno para
introducirle en una casta superior. El señor Swann, padre, era agente
de cambio; el «chico Swann» debía, pues, formar parte para toda
su vida de una casta en la cual las fortunas, lo mismo que en una
determinada categoría de contribuyentes, variaban entre tal y tal
cantidad de renta. Era cosa sabida con qué gente se trataba su padre; así
que se sabía también con quién se trataba el hijo y cuáles eran las
personas con quienes «podía rozarse». Y si tenía otros amigos
serían amistades de juventud, de esas ante las cuales los amigos
viejos de su casa, como lo eran mis abuelos, cerraban benévolamente
los ojos; tanto más cuanto que, a pesar de estar ya huérfano, seguía
viniendo a vernos con toda fidelidad; pero podría apostarse que esos
amigos suyos que nosotros no conocíamos, Swann no se hubiera
atrevido a saludarlos si se los hubiera encontrado yendo con
nosotros.
Y si alguien se hubiera empeñado en aplicar a Swann un
coeficiente social que lo distinguiera entre los demás hijos de agentes
de cambio deposición igual a la de sus padres, dicho coeficiente no
hubiera sido de los más altos, porque Swann, hombre de hábitos
sencillos y que siempre tuvo «chifladura» por las antigüedades y los
cuadros, vivía ahora en un viejo Palacio, donde iba amontonando sus
colecciones, y que mi abuela estaba soñando con visitar, pero situado
en el muelle de Orleáns, en un barrio en el que era denigrante habitar,
según mi tía. « ¿Pero entiende usted algo de eso? Se lo pregunto por su
propio interés, porque me parece que los comerciantes de cuadros le
deben meter muchos mamarrachos», le decía mi tía; no creía ella que
Swann tuviera competencia alguna en estas cosas, y, es más, no se
formaba una gran idea, desde el punto de vista intelectual, de un
hombre que en la conversación evitaba los temas serios y mostraba una
precisión muy prosaica, no sólo cuando nos daba recetas de cocina,
entrando en los más mínimos detalles, sino también cuando las
hermanas de mi abuela hablaban de temas artísticos. Invitado por ellas
a dar su opinión o a expresar su admiración hacia un cuadro, guardaba
un silencio que era casi descortesía, y, en cambio, se desquitaba si le
era posible dar una indicación material sobre el Museo en que se
hallaba o la fecha en que fue pintado. Pero, por lo general, contentábase
con procurar distraernos contándonos cada vez una cosa nueva que le
había sucedido con alguien escogido de entre las personas que nosotros
conocíamos; con el boticario de Combray, con nuestra cocinera o
nuestro cochero. Y es verdad que estos relatos hacían reír a mi tía, pero
sin que acertara a discernir si era por el papel ridículo con que Swann
se presentaba así propio en estos cuentos, o por el ingenio con que los
contaba. Y le decía: «Verdaderamente es usted un tipo único,
señor Swann». Y como era la única persona un poco vulgar de la
familia nuestra, cuidábase mucho de hacer notar a las personas de fuera
cuando de Swann se hablaba, que, de quererlo, podría vivir en el
bulevar Haussmann o en la avenida de la Ópera, que era hijo del señor
Swann, del que debió heredar cuatro o cinco millones, pero que aquello
del muelle de Orléans era un capricho suyo. Capricho que ella miraba
como una cosa tan divertida para los demás, que en París, cuando el
señor Swann iba el día primero de año a llevarle su saquito de
marrons glaces, nunca dejaba de decirle, si había gente: «¿Qué,
Swann, sigue usted viviendo junto a los depósitos de vino, para no
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perder el tren si tiene que ir camino de Lyón?» Y miraba a los otros
visitantes con el rabillo del ojo, por encima de su lente.
Pero si hubieran dicho a mi tía que ese Swann .que como tal
Swann hijo estaba perfectamente «calificado» para entrar en los salones
de toda la «burguesía», de los notarios y procuradores más estimados
(privilegio que él abandonaba a la rama femenina de su familia)., hacía
una vida enteramente distinta, como a escondidas, y que, al salir de
nuestra casa en París, después de decirnos que iba a acostarse, volvía
sobre sus pasos apenas doblaba la esquina para dirigirse a una
reunión de tal calidad que nunca fuera dado contemplarla a los ojos
de ningún agente de cambio ni de socio de agente, mi tía hubiera tenido
una sorpresa tan grande como pudiera serlo la de una dama más leída al
pensar que era amiga personal de Aristeo, y que Aristeo, después de
hablar con ella, iba a hundirse en lo hondo de los reinos de Tetis en un
imperio oculto a los ojos de los mortales y en donde, según Virgilio, le
reciben a brazos abiertos; o .para servirnos de una imagen que era más
probable que acudiera a la mente de mi tía, porque la había visto
pintada en los platitos para dulces de Combray. que había tenido a
cenar á Alí Babá, ese Alí Babá que, cuando se sepa solo, entrará
en una caverna resplandeciente de tesoros nunca imaginados.
Un día en que, estando en París, vino de visita después de cenar,
excusándose porque iba de frac, Francisca nos comunicó, cuando
Swann se hubo marchado, que, según le había dicho su cochero, había
cenado «en casa de una princesa», mi tía contestó, encogiéndose de
hombros y sin alzar los ojos de su labor: «Sí, en casa de una princesa de
cierta clase de mujeres habrá sido».
Así que mi tía lo trataba de un modo altanero. Como creía que
nuestras invitaciones debían ser para él motivo de halago, le
parecía muy natural que nunca fuera a vernos cuando era verano sin
llevar en la mano un cestito de albaricoques o frambuesas de su jardín,
y que de cada viaje que hacía a Italia me trajera fotografías de obras de
arte célebres.
No teníamos escrúpulo en mandarlo llamar en cuanto se
necesitaba una receta de salsa gribiche, o de ensalada de piña, para
comidas de etiqueta a las cuales no se lo invitaba, por considerar que no
tenía prestigio suficiente para presentarle a personas de fuera que iban a
casa por primera vez. Si la conversación recaía sobre los príncipes de la
Casa de Francia, mi tía hablaba de ellos diciendo: «Personas que ni
usted ni yo conoceremos nunca, ni falta que nos hace, ¿verdad?», y
se dirigía a Swann, que quizá tenía en el bolsillo una carta de
Twickenham, y le mandaba correr al piano y volver la hoja las noches
en que cantaba la hermana de mi abuela, mostrando para manejar a este
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Swann, tan solicitado en otras partes, la ingenua dureza de un niño
que juega con un cacharro de museo sin más precauciones que con
un juguete barato. Sin dada, el Swann que hacia la misma época
trataran tantos clubmen, no tenía nada que ver con el que creaba mi tía,
con aquel oscuro e incierto personaje, que a la noche, en el jardincillo
de Combray, y cuando habían sonado los dos vacilantes tintineos de la
campanilla, se destacaba sobre un fondo de tinieblas, identificable
solamente por su voz, y al que mi tía rellenaba y vivificaba con todo lo
que sabía de la familia Swann. Pero ni siquiera desde el punto de
vista de las cosas más insignificantes de la vida somos los
hombres un todo materialmente constituido, idéntico para todos, y del
que cualquiera puede enterarse como de un pliego de condiciones o de
un testamento; no, nuestra personalidad social es una creación del
pensamiento de los demás. Y hasta ese acto tan sencillo que llamamos
«ver a una persona conocida» es, en parte, un acto intelectual.
Llenamos la apariencia física del ser que está ante nosotros con todas
las nociones que respecto a él tenemos, y el aspecto total que de una
persona nos formamos está integrado en su mayor parte por dichas
nociones. Y ellas acaban por inflar tan cabalmente las mejillas, por
seguir con tan perfecta adherencia la línea de la nariz, y por matizar tan
delicadamente la sonoridad de la voz, como si ésta no fuera más que
una transparente envoltura, que cada vez que vemos ese rostro y oímos
esa voz, lo que se mira y lo que se oye son aquellas nociones.
Indudablemente, en el Swann que mis padres se habían formado
omitieron por ignorancia una multitud de particularidades de su vida
mundana, que eran justamente la causa de que otras personas, al
mirarle, vieran cómo todas las elegancias triunfaban en su rostro, y se
detenían en su nariz pellizcada, como en su frontera natural; pero, en
cambio, pudieron acumular en aquella cara despojada de su prestigio,
vacante y espaciosa, y en lo hondo de aquellos ojos, preciados
menos de lo justo, el vago y suave sedimento .medio recuerdo y
medio olvido. que dejaron las horas de ocio pasadas en su compañía
después de cada comida semanal alrededor de la mesita de juego, o en
el jardín, durante nuestra vida de amistosa vecindad campesina. Con
esto, y con algunos recuerdos relativos a sus padres, estaba tan bien
rellena la envoltura corporal de nuestro amigo, que aquel Swann llegó a
convertirse en un ser completo y vivo, y que yo siento la impresión de
separarme de una persona para ir hacia otra enteramente distinta,
cuando en mi memoria pasó del Swann que más tarde conocí con
exactitud a ese primer Swann .a ese primer Swann en el que me
encuentro con los errores amables de mi juventud, y que además se
parece menos al otro. Swann de después que a las personas que yo
conocía en la misma época, como si pasara con nuestra vida lo que con
un museo en donde todos los retratos de un mismo tiempo tienen un
aire de familia y una misma tonalidad., a ese primer Swann, imagen del
ocio; perfumado por el olor del viejo castaño, de los cestillos de
frambuesas y de una brizna de estragón.
Y, sin embargo, un día que mi abuela tuvo que ir a pedir un
favor a una señora que había conocido en el Sagrado Corazón (y con la
que no había seguido tratándose, a pesar de una recíproca simpatía por
aquella idea nuestra de las castas), la marquesa de Villeparisis, de
la célebre familia de los Bouillon, esta señora le dijo: «Creo que
conoce usted mucho a un gran amigo de mis sobrinos los de Laumes, el
señor Swann». Mi abuela volvió de su visita entusiasmada por la casa,
que daba a un jardín, y adonde la marquesa le había aconsejado que se
fuera a vivir, y entusiasmada también por un chalequero y su hija,
que tenían en el patio una tiendecita, donde entró mi abuela a que le
dieran una puntada en la falda que se le había roto en la escalera.
A mi abuela le habían parecido gentes perfectas, y
declaraba que la muchacha era una perla y el chalequero el hombre
mejor y más distinguido que vio en su vida. Porque para ella la
distinción era cosa absolutamente independiente del rango social. Se
extasiaba al pensar en una respuesta del chalequero, y decía a mamá
«Sevigné no lo hubiera dicho mejor»; y en cambio contaba de un
sobrino de la señora de Villeparisis que había encontrado en su casa:
«¡Si vieras qué ordinario es, hija mía!»
Lo que dijo de Swann tuvo por resultado no el realzar a éste en
la opinión de mi tía, sino de rebajar a la señora de Villeparisis.
Parecía que la consideración que, fiados en mi abuela, teníamos
a la señora de Villeparisis le impusiera el deber de no hacer nada
indigno de esa estima, y que había faltado a ella al enterarse de que
Swann existía y permitir a parientes suyos que le trataran. «¿Conque
conoce a Swann? ¿Una persona que se dice pariente del mariscal de
Mac-Mahon?» Esta opinión de mis padres respecto a las amistades de
Swann pareció confirmarse por su matrimonio con una mujer de
mala sociedad, una cocotte casi; Swann no intentó nunca
presentárnosla, y siguió viniendo a casa solo, cada vez más de tarde en
tarde, y por esta mujer se figuraban mis padres que podían juzgar del
medio social, desconocido de ellos; en que andaba Swann, y
donde se imaginaban que la fue a encontrar.
Pero una vez mi abuelo leyó en un periódico que el señor
Swann era uno de los más fieles concurrentes a los almuerzos que daba
los domingos el duque de X..., cuyo padre y cuyo tío figuraron entre los
primeros estadistas del reinado de Luis Felipe. Y como mi abuelo
sentía gran curiosidad por todas las menudas circunstancias que le
ayudaban a penetrar con el pensamiento en la vida privada de hombres
como Molé, el duque de Pasquier el duque de Broglie, se alegró mucho
al saber que Swann se trataba con personas que los habían conocido.
Mi tía, por el contrario, interpretó esta noticia desfavorablemente
para Swann; la persona que buscaba sus amigos fuera de la casta que
nació, fuera de su «clase» social, sufría a sus ojos un descenso social.
Le parecía a mi tía que así se renunciaba de golpe a aquellas buenas
amistades con personas bien acomodadas, que las familias previsoras
cultivan y guardan dignamente para sus hijos (mi tía había dejado de
visitarse con el hijo de un notario amigo nuestro porque se casó
con una alteza, descendiendo así, para ella, del rango respetable de
hijo de notario al de uno de esos aventureros, ayuda de cámara o mozos
de cuadra un día, de los que se cuenta que gozaron caprichos de reina.
Censuró el propósito que formara mi abuelo de preguntar a Swann la
primera noche que viniera a cenar a casa cosas relativas a aquellos
amigos que le descubríamos. Además, las dos hermanas de mi abuela,
solteronas que tenían el mismo natural noble que ella, pero no su
agudeza, declararon que no comprendían qué placer podía sacar su
cuñado de hablar de semejantes simplezas. Eran ambas personas de
elevadas miras e incapaces, precisamente por eso, de interesarse por lo
que se llama un chisme, aunque tuviese un interés histórico, ni, en
general, por nada, que no se refiriera directamente a un objeto estético o
virtuoso. Tal era el desinterés de su pensamiento respecto a aquellas
cosas que de lejos o de cerca pudieran referirse a la vida de sociedad,
que su sentido auditivo .acabando por comprender su inutilidad
momentánea en cuanto en la mesa tomaba la conversación un tono
frívolo o sencillamente prosaico, sin que las dos viejas señoritas
pudieran encaminarla hacia los temas para ellas gratos dejaba
descansar sus órganos, receptores, haciéndoles padecer un
verdadero comienzo de atrofia. Si mi abuelo necesitaba entonces llamar
la atención de alguna de las dos hermanas tenía que echar mano de esos
avisos a que recurren los alienistas para con algunos maníacos de la
distracción, a saber: varios golpes repetidos en un vaso con la hoja de
un cuchillo, coincidiendo con una brusca interpelación de la voz y la
mirada, medios violentos que esos psiquiatras transportan a menudo, al
trato corriente con personas sanas, ya sea por costumbre profesional, ya
porque consideren a todo el mundo un poco loco.
Más se interesaron cuando la víspera del día en que Swann
estaba invitado (y Swann les había enviado aquel día una caja de
botellas de vino de Asti), mi tía, en la mano un número de El Fígaro en
el que se leía junto al título de un cuadro que estaba en una
Exposición de Corot, «de la colección del señor Carlos Swann», nos
dijo: «¿Habéis visto que Swann goza los honores de El Fígaro?» «Yo
siempre os he dicho que tenía muy buen gusto», contestó mi abuela.
«Naturalmente, tenías que ser tú, en cuanto se trata de sustentar una
opinión contraria a la nuestra», respondió mi tía; porque sabía que mi
abuela no compartía su opinión nunca, y como no estaba muy segura
de que era a ella y no a mi abuela a quien dábamos siempre la
razón, quería arrancarnos una condena en bloque de las opiniones de
mi abuela, tratando, para ir contra ellas, de solidarizarnos por
fuerza con las suyas. Pero nosotros nos quedábamos callados.
Como las hermanas de mi abuela manifestaran su intención de decir
algo a Swann respecto a lo de El Fígaro, mi tía las disuadió.
Cada vez que veía a los demás ganar una ventaja, por
pequeña que fuera, que no le tocaba a ella, se convencía de que no era
tal ventaja, sino un inconveniente, y para no tener que envidiar a los
otros, los compadecía. «Creo que no le dará ningún gusto; a mí, por mi
parte, me sería muy desagradable ver mi nombre impreso así al
natural en el periódico, y no me halagaría nada que me vinieran a
hablar de eso.» No tuvo que empeñarse en persuadir a las hermanas de
mi abuela; porque éstas, por horror a la vulgaridad, llevaban tan
allá el arte de disimular bajo ingeniosas perífrasis una alusión personal,
que muchas veces pasaba inadvertida aun de la misma persona a
quien iba dirigida. En cuanto a mi madre, su único pensamiento era
lograr de mi padre que consintiera en hablar a Swann, no ya de su
mujer, sino de su hija, hija que Swann adoraba y que era, según decían,
la causa de que hubiera acabado por casarse. «Podías decirle unas
palabras nada más, preguntarle cómo está la niña.» Pero mi padre se
enfadaba. «No, eso es disparatado. Sería ridículo.»
Pero yo fui la única persona de casa para quien la visita de
Swann llegó a ser objeto de una penosa preocupación. Y es que las
noches en que había algún extraño, aunque sólo fuera el señor Swann,
mamá no subía a mi cuarto. Yo no me sentaba a cenar a la mesa;
acabada mi cena, me iba un rato al jardín y luego me despedía
y subía a acostarme. Cenaba aparte, antes que los demás, e iba luego a
sentarme a la mesa hasta las ocho, hora en que, con arreglo a lo
preceptuado, tenía que subir a acostarme; ese beso precioso y frágil que
de costumbre mamá me confiaba, cuando yo estaba ya en la
cama, había que transportarlo entonces desde el comedor a mi alcoba y
guardarle todo el rato que tardaba en desnudarme, sin que se quebrara
su dulzor, sin que su virtud volátil se difundiera y se evaporara, y
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justamente aquellas noches en que yo deseaba recibirle con mayor
precaución no me cabía más remedio que cogerle, arrancarle,
brusca y públicamente, sin tener siquiera el tiempo y la libertad de
ánimo necesarios para poner en aquello que hacía esa atención de los
maníacos que se afanan por no pensar en otra cosa cuando están
cerrando una puerta, con objeto de que cuando retorné la enfermiza
incertidumbre puedan oponerle victoriosamente el recuerdo del
momento en que cerraron. Estábamos todos en el jardín cuando sonaron
los dos vacilantes campanillazos. Sabíamos que era Swann; sin
embargo, todos nos miramos con aire de interrogación, y se mandó a
mi abuela a la descubierta. «No se os olvide darle las gracias de un
modo inteligible por el vino; es delicioso y la caja muy grande»,
recomendó mi abuelo a sus dos cuñadas. «No empecéis a
cuchichear», dijo mi tía. ¡Qué agradable es entrar en una casa donde
todo el mundo está hablando bajito! «¡Ah!, aquí está el señor Swann.
Vamos a preguntarle si le parece que mañana hará buen tiempo»,
dijo mi padre. Mi madre estaba pensando que una sola palabra suya
podía borrar todo el daño que en casa habíamos podido hacer a Swann
desde que se casó. Y se las compuso para llevarle un poco aparte.
Pero yo fui detrás; no podía decidirme a separarme ni un
paso de ella al pensar que dentro de un momento tendría que dejarla en
el comedor y subir a mi alcoba, sin tener el consuelo de que subiera a
darme un beso como los demás días.
«Vamos a ver, señor Swann, cuénteme usted cosas de su
hija; de seguro que ya tiene afición a las cosas bonitas, como su
padre.»
«Pero vengan ustedes a sentarse aquí en la galería con
nosotros», dijo mi abuelo acercándose. Mi madre tuvo que
interrumpirse, pero hasta de aquel obstáculo sacó un pensamiento
delicado más, como los buenos poetas a quienes la tiranía de la rima
obliga a encontrar sus máximas bellezas. «Ya hablaremos de ello
cuando estemos los dos solos .dijo Swann a media voz.. Sólo una
madre la puede entender a usted. De seguro que la mamá de su niña
opina como yo.» Nos sentamos todos alrededor de la mesa de hierro.
Yo quería pensar en las horas de angustia que aquella noche
pasaría yo solo en mi cuarto sin poder dormirme; hacía por
convencerme de que no tenían tanta importancia, puesto que al día
siguiente ya las habría olvidado, y trataba de agarrarme a ideas de
porvenir, esas ideas que hubieran debido llevarme, como por un puente,
hasta más allá del abismo cercano que me aterrorizaba. Pero mi
espíritu, en tensión por la preocupación, y convexo, como la mirada
con que yo flechaba a mi madre, no se dejaba penetrar por ninguna
impresión extraña. Los pensamientos entraban en él, sí, pero a
condición de dejarse fuera cualquier elemento de belleza o
sencillamente de diversión que hubiera podido emocionarme o
distraerme.
Lo mismo que un enfermo, gracias a un anestésico, asiste con
entera lucidez a la operación que le están haciendo, pero sin sentir nada,
yo me recitaba versos que me gustaban, o me complacía en fijarme en
los esfuerzos que hacía mi abuelo para hablar a Swann del duque de
Audiffret-Pasquier, sin que éstos me inspiraran ningún regocijo ni
aquéllos ninguna emoción. Los esfuerzos fueron infructuosos.
Apenas hubo mi abuelo hecho a Swann una pregunta relativa a aquel
orador, cuando una de las hermanas de mi abuela, en cuyos oídos
resonara la pregunta como una pausa profunda, pero intempestiva, y
que sería cortés romper, dijo, dirigiéndose a la otra: «Sabes; Celina, he
conocido a una maestra joven, de Suecia, que me ha contado detalles
interesantísimos sobre las cooperativas en los países escandinavos.
Habrá que invitarla una noche». «Ya lo creo .contestó su hermana
Flora.; pero yo tampoco he perdido el tiempo. Me he encontrado en
casa del señor Vinteuil con un sabio muy viejo que conoce mucho a
Maubant, el cual le ha explicado muy detalladamente lo que hace para
preparar sus pape-les. Es interesantísimo. Es vecino del señor Vinteuil,
yo no lo sabía; un hombre muy amable.» «No es sólo el señor Vinteuil
el que tiene vecinos amables», exclamó mi tía Celina con voz que era
fuerte, a causa de la timidez, y ficticia, a causa de la premeditación,
lanzando a Swann lo que ella llamaba una mirada significativa. Al
mismo tiempo, mi tía Flora, que comprendió que la frase era el modo
de dar las gracias por el vino de Asti, miró también a Swann con un
tanto de congratulación y otro tanto de ironía, ya fuera para subrayar el
rasgo de ingenio de su hermana, ya porque envidiara a Swann el
haberlo inspirado, ya porque no pudiera por menos de burlarse de él
porque le creía puesto en un brete. «Me parece que podremos lograr
que venga a cenar una noche .siguió Flora.; cuando se le da cuerda
acerca de Maubant o de la Materna se está hablando horas y
horas.» «Debe de ser delicioso», dijo mi abuelo suspirando; porque la
naturaleza se había olvidado de poner en su alma la posibilidad de
interesarse apasionadamente por las cooperativas suecas o la
preparación de los papeles de Maubant, tan completamente como
se olvidó de proporcionar a las hermanas de mi abuela ese granito de
sal que tiene que poner uno mismo, para encontrarle sabor a un
relato acerca de la vida íntima de Molé o del conde de París. «Pues,
mire usted .dijo Swann a mi abuelo.: lo que le voy a decir tiene más
relación de lo que parece con lo que me preguntaba usted, porque en
algunos respectos las cosas no han cambiado mucho. Estaba yo esta
mañana releyendo en Saint-Simon una cosa que le hubiera a usted
divertido. Es el tomo que trata de cuando fue de embajador a España;
no es uno de los mejores, no es casi más que un diario, pero por lo
menos es un diario maravillosamente escrito, lo cual empieza ya a
diferenciarle de esos cargantes diarios que nos creemos en la obligación
de leer ahora por la mañana y por la noche.» «No soy yo de esa
opinión: hay días en que la lectura de los diarios me parece muy
agradable...», interrumpió mi tía Flora para hacer ver que había leído
en El Fígaro la frase relativa al Corot de Swann. «Sí, cuando hablan de
cosas o de personas que nos interesan», realzó mi tía Celina. «No digo
que no .replicó Swann un poco sorprendido.. Lo que a mí me parece
mal en los periódicos es que soliciten todos los días nuestra atención
para cosas insignificantes, mientras que los libros que contienen
cosas esenciales no los leemos más que tres o cuatro veces en toda
nuestra vida. En el momento en que rompemos febrilmente todas las
mañanas la faja del periódico, las cosas debían cambiarse y aparecer en
el periódico, yo no sé qué, los... pensamientos de Pascal, por ejemplo .y
destacó esta palabra con un tono de énfasis irónico, para no parecer pe-
dante.; y, en cambio, en esos tomos de cantos dorados que no
abrimos más que cada diez años es donde debiéramos leer que la reina
de Grecia ha salido para Cannes, o que la duquesa de León ha dado un
baile de trajes», añadió Swann dando muestra de ese desdén por las
cosas mundanas que afectan algunos hombres de mundo. Pero
lamentando haberse inclinado a hablar de cosas serias, aunque las
tratara ligeramente, dijo con ironía: «Hermosa conversación tenemos;
no sé por qué abordamos estas cimas», y volviéndose hacia mi abuelo:
«Pues cuenta Saint-Simon que Maulevrier tuvo un día el valor de
tender la mano a sus hijos. Ya sabe usted que de ese Maulevrier es de
quien dice: «Nunca vi en esa botella ordinaria más que mal humor,
grosería y estupideces.» «Ordinarias o no, ya sé yo de botellas que
tienen otra cosa», dijo vivamente Flora, que tenía interés en dar las
gracias ella también a Swann, porque el regalo era para las dos. Celina
se echó a reír. Swann, desconcertado, prosiguió: «Yo no sé si fue por
pasarse de tonto o por pasarse de listo, escribe Saint-Simon. que quiso
dar la mano a mis hijos. Lo noté lo bastante a tiempo para
impedírselo». Mi abuelo ya se estaba extasiando ante la locución; pero
la señorita Celina, en cuya persona el nombre de Saint-Simon .un
literato. había impedido la anestesia total de las facultades auditivas, se
indignó: «¿ Cómo? ¿Y admira usted eso? Pues sí que tiene gracia. ¿Qué
quiere decir eso? ¿Es que un hombre no vale lo mismo que otro? ¿Qué
más da que sea duque o cochero si es listo y bueno?
Buena manera tenía de educar a sus hijos su Saint-Simon de
usted, si no los enseñaba a dar la mano a todas las personas honradas.
Es sencillamente odioso. Y se atreve usted a citar eso». Y mi abuelo,
afligido, y comprendiendo ante esta obstrucción la imposibilidad de
intentar que Swann le contara aquellas anécdotas que tanto le
hubieran divertido, decía en voz baja a mamá: «Recuérdame ese verso
que me enseñaste y que me consuela tanto en estos momentos. ¡Ah!,
sí: Señor, cuántas virtudes nos has hecho tú odiosas. ¡Qué bien
está eso!
Yo no quitaba la vista de encima a mi madre; sabía bien que
cuando estuviéramos a la mesa no me dejarían quedarme mientras
durara toda la comida, y que para no contrariar a mi padre, mamá no
me permitiría que le diera más de un beso delante de la gente, como si
fuera en mi cuarto. Así que ya me estaba yo prometiendo para cuando,
estando todos en el comedor, empezaran a cenar ellos y sintiera yo que
se acercaba la hora, sacar por anticipado de aquel beso, que habría de
ser tan corto y fugitivo, todo lo que yo únicamente podía sacar de él:
escoger con la mirada el sitio de la mejilla que iba a besar, preparar el
pensamiento para poder consagrar gracias a ese comienzo mental del
beso, el minuto entero que me concediera mi madre al sentir su cara en
mis labios, como un pintor que no puede lograr largas sesiones de
modelo prepara su paleta y hace por anticipado de memoria, con
arreglo a sus apuntes, todo aquello para lo cual puede en rigor
prescindir del modelo. Pero he aquí que, antes de que llamaran a cenar,
mi abuelo tuvo la ferocidad inconsciente de decir: «Parece que el
niño está cansado, debería subir a acostarse. Porque, además, esta
noche cenamos tarde». Y mi padre, que no guardaba con la misma
escrupulosidad que mi muela y mi madre el respeto a la fe jurada, dijo:
«Sí, anda, ve a acostarte». Fui a besar a mamá y en aquel momento
sonó la campana para la cena.
No, no, deja a tu madre; bastante os habéis dicho adiós
ya; esas manifestaciones son ridículas. Anda, sube.» Y tuve que
marcharme sin viático, tuve que subir cada escalón llevando la
contra a mi corazón, ir subiendo contra mi corazón, que quería
volverse con mi madre, porque ésta no le había dado permiso para
venirse conmigo, como se le daba todas las noches con el beso. Aquella
odiada escalera por la que siempre subí con tan triste ánimo echaba un
olor a barniz que en cierto modo absorbió y fijó aquella determinada
especie de pena que yo sentía todas las noches, contribuyendo a hacerla
aún más cruel para mi sensibilidad, porque bajo esa forma
olfativa mi inteligencia no podía participar de ella. Cuando estamos
durmiendo y no nos damos cuenta de un dolor de muelas que nos
asalta, sino bajo la forma de una muchacha que está ahogándose y que
intentamos sacar del agua doscientas veces seguidas, o de un verso de
Molière que nos repetimos sin cesar, nos alivia mucho
despertarnos y que nuestra inteligencia pueda separar la idea de
dolor de muelas de todo disfraz heroico o acompasado que adoptará. Lo
contrario de este consuelo es lo que yo sentía cuando la pena de
subirme a mi cuarto penetraba en mí de un modo infinitamente más
rápido, casi instantáneo, insidioso y brusco a la vez, por la
inhalación .mucho más tóxica que la penetración moral. del olor de
barniz característico de la escalera. Ya en mi cuarto, había que taparse
todas las salidas, cerrar las maderas de la ventana, cavar mi propia
tumba, levantando el embozo de la sábana, y revestir el sudario de mi
camisa de dormir. Pero antes de enterrarme en la camita de hierro que
había puesto en mi cuarto, porque en el verano me daban mucho calor
las cortinas de creps de la cama grande, me rebelé, quise probar
una argucia de condenado. Escribí a mi madre rogándole que subiera
para un asunto grave del que no podía hablarle en mi carta. Mi temor
era que Francisca, la cocinera de mi tía, que era la que se encargaba
de cuidarme cuando yo estaba en Combray, se negara a llevar mi
cartita. Sospechaba yo que a Francisca le parecía tan imposible dar
un recado a mi madre cuando había gente de fuera, como al portero
de un teatro llevar una carta a un actor cuando está en escena. Tenía
Francisca, para juzgar de las cosas que deben o no deben hacerse, un
código imperioso, abundante, sutil e intransigente, con distinciones
inasequibles y ociosas (lo cual le asemejaba a esas leyes antiguas que,
junto a prescripciones feroces como la de degollar a los niños de pecho,
prohíben con exagerada delicadeza que se cueza un cabrito en la leche
de su madre, o que de un determinado animal se coma el nervio del
muslo).
juzgar por la repentina obstinación con que Francisca se oponía
a llevar a cabo algunos encargos que le dábamos, este código parecía
haber previsto complejidades sociales y refinamientos mundanos de
tal naturaleza, que no había nada en el medio social de Francisca ni en
su vida de criada de pueblo que hubiera podido sugerírselos; y no
teníamos más remedio que reconocer en su persona un pasado francés,
muy antiguo, noble y mal comprendido, lo mismo que en esas ciudades
industriales en las que los viejos palacios dan testimonio de que allí
hubo antaño vida de corte, y donde los obreros de una fábrica de
productos químicos trabajan rodeados por delicadas esculturas que
representan el milagro de San Teófilo o los cuatro hijos de Aymon.
En aquel caso mío el artículo del código por el cual era muy poco
probable que, excepto en caso de incendio, Francisca fuera a
molestar a mamá en presencia del señor. Swann por un personaje tan
diminuto como yo, expresaba sencillamente el respeto debido, no sólo a
los padres .como a los muertos, los curas y los reyes., sino al extraño a
quien se ofrece hospitalidad, respeto que, visto y un libro, quizá me
hubiera emocionado, pero que en su boca me irritaba siempre, por el
tono grave y tierno con que hablaba de él, y mucho más esa
noche en que precisamente el carácter sagrado que atribuía a la
comida daba por resultado el que se negara a turbar su ceremonial. Pero
para ganarme una chispa más de éxito, no dudé en mentir y decirle que
no era ya a mí a quien se le había ocurrido escribir a mamá, sino ella, la
que al separarnos me recomendó que no dejara de contestarle respecto a
una cosa que yo tenía que buscar; y que se enfadaría mucho si no se
le entregaba la carta. Se me figura que Francisca no me creyó,
porque, al igual de los hombres primitivos, cuyos sentidos eran
más potentes que los nuestros, discernía inmediatamente, y por
señales para nosotros inaprensibles, cualquier verdad que quisiéramos
ocultarle; se detuvo mirando el sobre cinco minutos, como si el examen
del papel y la forma de la letra fueran a enterarla de la naturaleza del
contenido o a indicarle a qué artículo del código tenía que referirse.
Luego salió con aspecto de resignación que al parecer significaba:
«¡Qué desgracia para unos padres tener un hijo así!» Volvió al cabo de
un momento a decirme que estaban todavía en el helado y que el
maestresala no podía dar la carta en ese instante delante de todo el
mundo; pero que cuando estuvieran terminando, ya buscaría la manera
de entregarla. Inmediatamente mi ansiedad decayó; ahora ya no era
como hacía un instante, ahora ya no me había separado de mi madre
hasta mañana, puesto que mi esquelita iba, enojándose sin duda (y
más aún por esta artimaña me revestiría de ridículo a los ojos de
Swann), a hacerme penetrar, invisible y gozoso, en la misma habitación
donde ella estaba, iba a hablarle de mí al oído; puesto que ese comedor,
vedado y hostil en el cual no hacía aún más que un momento hasta el
helado y los postres me parecían encubrir placeres malignos y
mortalmente tristes porque mamá los saboreaba lejos de mí. iba a
abrírseme como un fruto maduro que rompe su piel y dejaría brotar,
para lanzarla hasta mi embriagado corazón, la atención de mi
madre al leer la carta. Ya no estaba separado de ella; las barreras
habían caído y nos enlazaba un hilo deleitable. Y no se acababa todo
ahí; mamá iba a venir, sin duda.
o me creía que si Swann hubiera leído mi carta y adivinado su
finalidad se habría reído de la angustia que yo sentía; por el contrario,
como mucho más tarde supe, una angustia semejante fue su tormento
durante muchos años de su vida, y quizá nadie me hubiera
entendido mejor que él; esa angustia, que consiste en sentir que el ser
amado se halla en un lugar de fiesta donde nosotros no podemos estar,
donde no podemos ir a buscarlo, a él se la enseñó el amor, a quien está
predestinada esa pena, que la acaparará y la especializará; pero que
cuando entra en nosotros, como a mí me sucedía, antes de que el
amor haya hecho su aparición en nuestra vida, flota esperándolo,
vaga y libre, sin atribución determinada, puesta hoy al servicio de un
sentimiento y mañana de otro, ya de la ternura filial, ya de la amistad
por un camarada. Y la alegría con que yo hice mi primer aprendizaje
cuando Francisca volvió a decirme que entregarían mi carta, la conocía
Swann muy bien: alegría engañosa que nos da cualquier amigo,
cualquier pariente de la mujer amada cuando, al llegar al palacio o al
teatro donde está ella, para ir al baile, a la fiesta o al estreno donde la
verá, nos descubre vagando por allí fuera en desesperada espera de una
ocasión para comunicarnos con la amada. Nos reconoce, se acerca
familiarmente a nosotros, nos pregunta qué estábamos haciendo. Y
como nosotros inventamos un recado urgente que tenemos que dar a su
pariente o amiga, nos dice que no hay cosa más fácil, que entremos en
el vestíbulo y que él nos la mandará antes de que pasen cinco minutos
¡Cuánto queremos .como en ese momento quería yo a Francisca. al
intermediario bienintencionado que con una palabra nos convierte
en soportable, humana y casi propicia la fiesta inconcebible e infernal
en cuyas profundidades nos imaginábamos que había torbellinos
enemigos, deliciosos y perversos, que alejaban a la amada de nosotros,
que le inspiraban risa hacia nuestra persona!
juzgar por él, por este pariente que nos ha abordado y que es
uno de los iniciados en esos misterios crueles, los demás invitados de la
fiesta no deben ser muy infernales. Y por una brecha inesperada
entramos en estas horas inaccesibles de suplicio, en que ella iba a
gustar de placeres desconocidos; y uno de los momentos, cuyo
sucederse iba a formar esas horas placenteras un momento tan real
como los demás, aún más importante para nosotros, porque nuestra
amada tiene mayor participación en él, nos le representamos, le
poseemos, le dominamos, le creamos casi el momento en que le
digan que estamos allí abajo esperando. Y sin duda los demás instantes
de la fiesta no deben de ser de una esencia muy distinta a ése,
no deben contener más delicias, ni ser motivo para hacernos sufrir,
porque el bondadoso amigo nos ha dicho: «¡Si le encantará bajar! ¡Le
gustará mucho más estar aquí hablando con usted que aburrirse
allá arriba!» Pero, ¡ay!, Swann lo sabía ya por experiencia, las buenas
intenciones de un tercero no tienen poder ninguno para con una mujer
que se molesta al verse perseguida hasta en una fiesta por un hombre a
quien no quiere. Y muchas veces el amigo vuelve a bajar él solo.
Mi madre no subió, y sin consideración alguna con mi amor
propio (interesado en que no fuera desmentida la fábula de aquel
encargo que, según yo inventé, me diera mamá de buscar una cosa), me
mandó a decir con Francisca: «No tiene nada que contestar», esas
palabras que luego he oído tantas veces en boca de porteros de
«palaces» o lacayos de garitos, dirigidas a una pobre muchacha que se
extraña al oírlas: «¿Cómo, no ha dicho nada? ¡No es posible! ¿Y dice
usted que le han dado mi carta? Bueno, esperaré un poco». Y .lo mismo
que la muchacha asegura invariablemente que no necesita esa otra luz
suplementaria que el portero quiere encender en honor suyo, y se está
allí, sin oír más que las pocas frases sobre el tiempo que hace,
cambiadas entre el portero y un botones, botones al que envía de
pronto, al fijarse en la hora que es, a enfriar en hielo la bebida de un
cliente. así yo declinaba el ofrecimiento de Francisca de hacerme una
taza de tilo o estarse conmigo, la dejaba volver a su cocina, me
acostaba y cerraba bien los ojos, procurando no oír la voz de mis
padres, que estaban en el jardín tomando café.
Pero al cabo de unos segundos me di cuenta de que al escribir a
mamá, al acercarme tanto a ella, aun a riesgo de enojarla, tanto que creí
tocar ya con el momento de volver a verla, me había cerrado a mí
mismo la posibilidad de dormirme sin haberla visto, y los latidos de mi
corazón me eran cada vez más dolorosos porque yo acrecía mi propia
agitación predicándome una calma que no era sino la aceptación
de mi desgracia. De repente, mi ansiedad decayó y me sentí invadir
por una gran felicidad, como cuando una medicina muy fuerte
empieza a hacer efecto y nos quita un dolor: es que acababa de
decidirme a no probar a dormir sin haber visto a mamá, de besarla,
costase lo que costase, cuando subiera a acostarse, aun con la seguridad
de que luego estuviera enfadada conmigo mucho tiempo. La calma que
sucedió al acabarse de mis angustias me dio una alegría extraordinaria,
no menos que la espera, la sed y el temor al peligro. Abrí la ventana sin
hacer ruido y me senté a los pies de la cama; no me movía apenas para
que no me sintieran desde abajo.
Afuera las cosas también parecían estar inmóviles y en muda
atención para no perturbar el claror de la luna, que duplicaba y alejaba
todo objeto al extender ante él su propio reflejo, más denso y concreto
que él mismo, y así adelgazaba y agrandaba a la par el paisaje, como
un plano doblado que se va desplegando. Movíase aquello que
debía moverse, el follaje de algún castaño. Pero su estremecimiento
minucioso y total, ejecutado hasta los menores matices y las
extremas delicadezas, no se vertía sobre lo demás, no se fundía con
ello, permanecía circunscrito. Expuestos sobre aquel fondo de silencio
que no absorbía nada, los rumores más lejanos, que debían venir de
jardines situados al otro extremo del pueblo, percibíanse, detallados
con tal «perfección», que ese efecto de lejanía parecía que lo
debían tan sólo a su pianissimo, como esos motivos en sordina tan bien
ejecutados por la orquesta del Conservatorio, que, aunque no perdamos
una sola nota de ellos, nos parece oírlos fuera de la sala de conciertos, y
que hacían a todos los abonados antiguos y también a las hermanas de
mi abuela cuando Swann les daba sus billetes. aguzar el oído como
si oyeran el lejano avanzar de un ejército en marcha que aun no
había doblado la esquina de la calle de Trévise.
Yo sabía que aquel trance en que me colocaba era uno de los
que podrían acarrearme, por parte de mis padres, las más graves
consecuencias, mucho más graves en verdad de lo que hubiera podido
suponer ningún extraño, y que cualquier persona de fuera habría creído
derivadas de faltas verdaderamente bochornosas. Pero en la educación
que a mí me daban el orden de las faltas no era el mismo que en la
educación de los demás niños, y me habían acostumbrado a poner en
primera línea (sin duda por ser aquellas contra las cuales necesitaba
precaverme más cuidadosamente) esas faltas cuyo carácter común
era, según yo comprendo ahora, el que se incurre en ellas al ceder a un
impulso nervioso. Pero entonces no se pronunciaba esa palabra, no
se declaraba ese origen que pudiera hacerme creer que el sucumbir
tenía excusa y que era incapaz de resistencia. Pero yo conocía muy bien
esas faltas en la angustia que les precedía y en el rigor del castigo
que llegaba después; y bien sabía que la que acababa de cometer era
de la misma familia que otras, por la que fui severamente castigado,
pero más grave aún.
Cuando fuera a ponerme delante de mi madre en el momento de
subir ella a acostarse, y viera que me había estado levantado para
decirle adiós, ya no me dejarían estar en casa, y al día siguiente me
mandarían al colegio; era cosa segura. Pues bien; aunque tuviera
que tirarme por la ventana cinco minutos más tarde, prefería hacerlo.
Lo que yo quería era mi madre, decirle adiós, y ya había ido muy lejos
por aquel camino que llevaba a la realización de mi deseo para
volverme atrás.
Oí los pasos de mis padres, que acompañaban a Swann, y
cuando el cascabel de la puerta me indicó que acababa de marcharse,
me puse a la ventana. Mamá estaba preguntando a mi padre si le había
parecido bien la langosta y si el señor Swann había repetido del helado
de café y del de pistacho. «Los dos me han parecido buenos .dijo
mi madre.; otra vez probaremos con otra esencia.»
«No os podéis figurar lo que me parece que cambia Swann .dijo
mi tía.; está viejísimo.» Mi tía tenía tal costumbre de ver siempre en
Swann al mismo adolescente, que se extrañaba al descubrirle de pronto
más en años de los que ella le echaba. Mis padres, además, comenzaban
a ver en él esa vejez anormal, excesiva, vergonzosa y merecida de los
solteros, de todas las personas para las cuales parece que el gran día
que no tiene día siguiente sea más largo que para los demás, porque
para ellos está vacío y los momentos van adicionándose desde la
mañana sin llegar a dividirse después entre los hijos. «Creo que le da
muchos disgustos la bribona de su mujer, que vive, como sabe todo
Combray, con un tal señor de Charlus. Es la irrisión de todo el inundo.»
Mi madre nos hizo observar que, sin embargo, desde hacía algún
tiempo no estaba tan tristón. «Y ya no hace tanto como antes el
ademán ese de su padre de secarse los ojos y pasarse la mano por la
frente. Yo creo que en el fondo ya no quiere a esa mujer.» «Claro que
no la quiere .contestó mi abuelo.. Tuve ya hace tiempo una carta suya,
que por lo pronto no me convenció y que no deja lugar a duda respecto
a los sentimientos que abriga hacia su mujer, por lo menos al amor que
le tenga. ¡Ah!, y ya he visto que no le habéis dado las gracias por el
vino de Asti», añadió mi abuelo dirigiéndose a sus dos cuñadas. «¡Que
no le hemos dado las gracias! ¡Ya lo creo! Y me parece, aquí
para entre nosotros, que nos ha salido muy bien», contestó mi tía Flora.
«Sí, te salió perfectamente; yo te admiré», dijo mi tía Celina. «Tú
también se lo has dicho muy bien.» «Sí, la verdad es que estoy bastante
contenta de mi frase sobre los vecinos amables.» «¿Y a eso lo llamáis
dar las gracias? .exclamó mi abuelo.. Eso sí que lo he oído, pero ¿cómo
me iba a figurar que se refería a Swann? Podéis estar seguras de que él
no se ha enterado.» «¡Ya lo creo, Swann no es tonto, y no me cabe
duda de que ha sabido apreciarlo! ¡No iba a decirle cuántas eran las
botellas y lo que costaban!»
Mis padres se quedaron solos, sentáronse un momento, y
luego mi padre dijo: «Bueno, pues si tú quieres subiremos a
acostarnos». «Como quieras, aunque yo no tengo pizca de sueño. Y no
será ese anodino helado de café el que me haya desvelado. Veo luz en
la cocina, y ya que Francisca está levantada esperándome, voy a decirle
que me desabroche el corsé mientras qué tú te desnudas.» Y mi madre
abrió la puerta con celosía del vestíbulo, que daba a la escalera.
La oí que subía a cerrar su ventana. Sin hacer ruido salí al pasillo; tan
fuerte me latía el corazón, que me costaba trabajo andar; pero ya no me
latía de ansiedad, sino de espanto y de alegría.
Vi en el hueco de la escalera la luz que proyectaba la bujía de
mamá. Por fin la vi a ella y eché a correr hacia sus brazos.
En el primer momento me miró con asombro, sin darse cuenta de lo
que pasaba. Luego, en su rostro se pintó una expresión de cólera; no me
decía ni una palabra; en efecto, por cosas menos importantes que
aquélla había estado sin dirigirme la palabra varios días. Si mamá
me hubiera hablado, eso habría sido reconocer que se podía seguir
hablando conmigo; y además me hubiese parecido aún más terrible
cosa, como señal de que ante la gravedad del castigo que me esperaba,
el silencio y el enfado eran pueriles. Una palabra hubiera sido la
tranquilidad con que se contesta a un criado cuando ya está decidido el
despedirlo; el beso que se da a un hijo cuando se le manda sentar
plaza, beso que se le hubiera negado si todo se redujera a una
desavenencia de dos días. Pero mamá oyó a mi padre subir del tocador,
en donde estaba desnudándose, y para evitar el regaño que me echaría,
me dijo con voz entrecortada por la cólera:
«Anda, corre; por lo menos, que no te vea aquí tu padre
esperando como un tonto». Pero yo seguía diciéndole: «Ven a la alcoba
a darme un beso», aterrorizado al ver cómo subía por la pared el reflejo
de la bujía de mi padre, pero utilizando su inminente aparición como un
medio de intimidación, en la esperanza de que mamá, para que mi
padre no me encontrara allí si ella seguía negándose, me dijera:
«Vuelve a tu cuarto, que yo iré». Pero ya era tarde. Mi padre
estaba allí, delante de nosotros. Murmuré sin querer estas palabras, que
no oyó nadie: «Estoy perdido».
Pero no hubo nada de eso. Mi padre me negaba constantemente
licencias que se me consentían en los pactos más generosos otorgados
por mi madre y mi abuela, porque no daba importancia a los
«principios» y para él no existía el «derecho de gentes». Por un motivo
contingente, o sin motivo alguno, me suprimía a última hora un paseo
tan habitual ya, tan consagrado, que no se me podía quitar, sin cometer
dolo, o hacía lo que aquella noche, decirme que me fuera a acostar sin
más explicaciones. Pero precisamente por carecer de principios (en el
sentido que da a la palabra mi tía), tampoco tenía intransigencia. Me
miró un momento, con cara de extrañeza y de enfado, y en cuanto
mamá le explicó con unas cuantas frases embarulladas lo que había
pasado, le dijo: «Pues mira, ya que decías que no tenías sueño, vete con
él y estáte un rato en su alcoba; yo no necesito nada». Pero el que yo
tenga o no sueño no tiene nada que ver. A este niño no se lo puede
acostumbrar a...» «Si no es acostumbrarlo a nada .dijo mi padre,
encogiéndose de hombros; ya ves que el niño tiene pena, el pobre tiene
un aspecto atroz; no hay que ser verdugos. ¿Qué vas a sacar en
limpio con que se te ponga malo? Ya que hay dos camas en su
cuarto, di a Francisca que te prepare la grande, y por esta noche duerme
en su alcoba. Vamos, buenas noches. Yo, que no tengo tantos nervios
como vosotros, voy a acostarme.»
No era posible dar las gracias a mi padre; lo que él llamaba
sensiblerías le hubiera irritado. Yo no me atrevía a moverme; allí
estaba el padre aún delante de nosotros, enorme, envuelto en su
blanco traje de dormir y con el pañuelo de cachemira que se ponía en la
cabeza desde que padecía de jaquecas, con el mismo ademán con que
Abrahán, en un grabado copia de Benozzo Gozzoli, que me había
regalado Swann, dice a Sara que tiene que separarse de Isaac. Ya
hace muchos años de esto. La pared de la escalera por donde yo
vi ascender el reflejo de la bujía, hace largo tiempo que ya no existe. En
mí también se han deshecho muchas que yo creí que durarían siempre,
y se han alzado otras nuevas, preñadas de penas y alegrías nuevas que
entonces no sabía prever, lo mismo que hoy me son difíciles de
comprender muchas de las antiguas. Hace mucho tiempo que mi padre
ya no puede decir a mamá: «Vete con el niño».
Para mí nunca volverán a ser posibles horas semejantes. Pero
desde que hace poco otra vez empiezo a percibir, si escucho
atentamente, los sollozos de aquella noche, los sollozos que tuve valor
para contener en presencia de mi padre, y que estallaron cuando
me vi a solas con mamá. En realidad, esos sollozos no cesaron
nunca; y porque la vida va callándose cada vez más en torno de mí, es
por lo que los vuelvo a oír, como esas campanitas de los conventos tan
bien veladas durante el día por el rumor de la ciudad, que parece que se
pararon, pero que tornan a tañer en el silencio de la noche.
Aquélla la pasó mamá en mi cuarto; en el mismo momento en
que acababa de cometer una falta tan grande que ya esperaba que
me echaran de casa, mis padres me concedían mucho más de lo que
hubiera logrado de ellos como recompensa de una buena acción. Y
hasta en aquella hora en que se manifestaba de modo tan benéfico, el
comportamiento de mi padre conmigo conservaba algo de aquel
carácter de cosa arbitraria e inmerecida que lo distinguía y que derivaba
de que su conducta obedecía más bien a circunstancias fortuitas que a
un plan premeditado. Y puede ser que hasta aquello que yo llamaba
su severidad, cuando me mandaba a acostar, era menos digno de ese
nombre que la severidad de mi madre o mi abuela, porque su
naturaleza, mucho más distinta de la mía en ciertos puntos que la de mi
mamá y mi abuelita probablemente no había adivinado hasta entonces
lo que yo sufría todas las noches, cosas que ellas sabían muy bien; pero
me querían lo bastante para no consentir en ahorrarme esa pena,
querían enseñarme a dominarla con objeto de disminuir mi sensibilidad
nerviosa y dar fuerza a mi voluntad. Mi padre, que sentía por mí un
afecto de otro género, no sé si hubiera tenido ese valor; pero una vez
que comprendió que yo pasaba pena, dijo a mi madre que fuera a
consolarme. Mamá se quedó aquella noche en mi cuarto, y como para
no aguar con remordimiento alguno esas horas tan distintas de lo que
yo lógicamente me esperaba, cuando Francisca preguntó, al
comprender que pasaba algo viendo a mamá sentada a mi lado, mi
mano en la suya y dejándome llorar sin reñirme, qué le sucedía al
señorito que lloraba tanto, mamá contestó: «Ni él mismo lo sabe, está
nervioso; prepáreme en seguida la cama grande y suba usted a dormir».
Y así, por vez primera, mi pena no fue ya considerada como una
falta punible, sino como un mal involuntario que acababa de tener
reconocimiento oficial, como un estado nervioso del que yo no tenía la
culpa; y me cupo el consuelo de no tener que mezclar ningún escrúpulo
a la amargura de mi llanto, de poder llorar sin pecar. Y no fue poco el
orgullo que sentí delante de Francisca por esa vuelta que habían
dado las cosas humanas, que una hora después de aquella negativa de
mamá de subir a mi cuarto y de su desdeñoso recado de mandarme a
dormir, me elevaba a la dignidad de persona mayor, y de un golpe me
colocaba en una especie de pubertad de la pena, de emancipación de las
lágrimas. Debía sentirme feliz y no lo era. Apréciame que mi madre
acababa de hacerme una concesión que debía costarle mucho, que era la
primera abdicación, por su parte, de un ideal que para mí concibiera, y
que ella, tan valerosa, se confesaba vencida por primera vez. Que si yo
había ganado una victoria, era a ella a quien se la gané; que había
logrado, como pudieran haberlo hecho la enfermedad, las penas o los
años, aflojar su voluntad y quebrantar su ánimo, y que aquella noche
comenzaba una era nueva y sería una triste fecha. De haberme atrevido,
habría dicho a mamá: «No, no quiero que te acuestes aquí». Pero
conocía bien aquella práctica discreción suya, realista, diríamos hoy,
que templaba en su persona la naturaleza ardientemente idealista de mi
abuela, y me daba cuenta de que ahora que el mal ya estaba hecho,
prefería dejarme saborear por lo menos el placer de la calma y no ir a
molestar a mi padre.
Verdad que el hermoso rostro de mi madre tenía aún el brillo de
la juventud aquella noche en que me guardaba cogidas las manos
intentando acabar con mi llanto; pero precisamente se me figuraba que
aquello no debía ser, y su cólera habría sido menos penosa para mí que
aquella dulzura nueva, desconocida de mi infancia; y que con una
mano impía y furtiva acababa de trazar en su alma la primera arruga y
pintarle la primera cana. Esta idea me hizo llorar aún más, y entonces vi
a mamá, que conmigo no se dejaba nunca llevar por ningún
enternecimiento, dejarse ganar de pronto por el mío, y vi que refrenaba
sus ganas de llorar. Como se diera cuenta de que yo lo había notado,
me dijo riendo: «Este gorrión, este tontito, va a volver a su mamá tan
boba como él, si seguimos así. Vamos a ver, ya que ninguno de los
dos tenemos sueño, en vez de estar aquí cansándonos los nervios,
hagamos algo, vamos a coger un libro de los tuyos». Pero yo no tenía
allí ninguno. «¿No te disgustarías luego si te sacara ahora los libros que
te va a regalar la abuela el día de tu santo? Piénsalo bien, ¿no vas
luego a quejarte de que no te dan nada pasado mañana?» La
proposición me encantó, y mamá fue por un paquete de libros, que a
través del papel que los envolvía no me dejaron adivinar más que su
forma apaisada, pero que ya en este su primer aspecto, aunque
sumario y velado, eclipsaban a la caja de pinturas del día de Año
Nuevo y a los gusanos de seda del año anterior. Los libros eran:
La Mar au Diable, François le Champi, La Petite Fadette y Les
Maîtres Sonneurs. Según supe más tarde, mi abuela había escogido
primeramente las poesías de Musset, un volumen de Rousseau e
Indiana; que si juzgaba las lecturas frívolas tan dañinas como los
bombones y los dulces, no creía, en cambio, que los grandes hálitos del
genio ejercieran sobre el ánimo, ni siquiera el de un niño, una
influencia más peligrosa y menos vivificante que el aire libre y el
viento suelto. Pero como mi padre casi la llamó loca al saber los libros
que quería regalarme, volvió ella en persona al librero de Jouy le
Vicomte para que no me expusiera a quedarme sin regalo (hacía un
día de fuego, y regresó tan mala, que el médico advirtió a mi
madre que no la dejara cansarse así) y cayó sobre las cuatro novelas
campestres de Jorge Sand. «Hija mía decía a mamá., nunca podré
decidirme a regalar a este niño un libro mal escrito.»
En realidad, no se resignaba nunca a comprar nada de que no se
pudiera sacar un provecho intelectual, sobre todo ese que nos procuran
las cosas bonitas al enseñarnos a ir a buscar nuestros placeres en otra
cosa que en las satisfacciones del bienestar y de la vanidad. Hasta
cuando tenía que hacer un regalo de los llamados útiles, un sillón,
unos cubiertos o un bastón, los buscaba en las tiendas de objetos
antiguos, como si, habiendo perdido su carácter de utilidad con el
prolongado desuso, parecieran ya más aptos para contarnos cosas de
la vida de antaño que para servir a nuestras necesidades de la vida
actual. Le hubiera gustado que yo tuviera en mi cuarto fotografías de
los monumentos y paisajes más hermosos.
Pero en el momento de ir a comprarlas, y aunque lo
representado en la fotografía tuviera un valor estético, le parecía en
seguida que la vulgaridad y la utilidad tenían intervención excesiva en
el modo mecánico de la representación en la fotografía. Y trataba de
ingeniárselas para disminuir, ya que no para eliminar totalmente, la
trivialidad comercial, de substituirla por alguna cosa artística más para
superponer como varias capas o «espesores» de arte; en vez de
fotografías de la catedral de Chartres, de las fuentes
monumentales de Saint-Cloud o del Vesubio, preguntaba a Swann si no
había ningún artista que hubiera pintado eso, y prefería regalarme
fotografías de la catedral de Chantres, de Corot; de las fuentes de Saint-
Cloud, de Hubert Robert, y del Vesubio, de Turnen, con lo cual
alcanzaba un grado más de arte. Pero aunque el fotógrafo quedase así
eliminado de la representación de la obra maestra o de la belleza
natural, sin embargo el fotógrafo volvía a recobrar sus derechos al
reproducir aquella interpretación del artista. Llegada así al término fatal
de la vulgaridad, aun trataba mi abuela de defenderse. Y preguntaba a
Swann si la obra no había sido reproducida en grabado, prefiriendo,
siempre que fuera posible, los grabados antiguos y que tienen un interés
más allá del grabado mismo, como, por ejemplo, los que
representan una obra célebre en un estado en que hoy ya no la podemos
contemplar (como el grabado hecho por Morgen de la Cena, de
Leonardo, antes de su deterioro). No hay que ocultar que los
resultados de esta manera de entender el regalo no siempre fueron muy
brillantes. La idea que yo me formé de Venecia en un dibujo del
Ticiano, que dice tener por fondo la laguna, era mucho menos exacta de
la que me hubiera formado con simples fotografías. En casa ya
habíamos perdido la cuenta, cuando mi tía quería formular una
requisitoria contra mi abuela, de los sillones regalados por ella, a recién
casados o a matrimonios viejos que a la primera tentativa de utilización
se habían venido a tierra agobiados por el peso de uno de los
destinatarios. Pero mi abuela hubiera creído mezquino el ocuparse
demasiado de la solidez de una madera en la que aun podía distinguirse
una florecilla, una sonrisa y a veces un hermoso pensamiento de
tiempos pasados. Hasta aquello que en esos muebles respondía a una
necesidad, como lo hacía de un modo al que ya no estamos
acostumbrados, la encantaba, lo mismo que esos viejos modos de
decir en los que discernimos una metáfora borrada en el lenguaje
moderno por el roce de la costumbre. Y precisamente las novelas
campestres de Jorge Sand que me regalaba el día de mi santo
abundaban, como un mobiliario antiguo, de expresiones caídas en
desuso y convertidas en imágenes, de esas que ya no se encuentran más
que en el campo. Y mi abuela las había preferido lo mismo que hubiera
alquilado con más gusto una hacienda que tuviera un palomar gótico o
cualquier cosa de esas viejas que ejercen en nuestro ánimo una buena
influencia, inspirándole la nostalgia de imposibles viajes por los
dominios del tiempo.
Mamá se sentó junto a mi cama; había cogido François le
Champi, libro que, por el color rojizo de su cubierta y su título
incomprensible, tomaba a mis ojos una personalidad definida y un
misterioso atractivo. Yo nunca había leído novelas de verdad. Oí
decir que Jorge Sand era el prototipo del novelista. Y ya eso me
predisponía a imaginar en François le Champi algo de indefinible y
delicioso. Los procedimientos narrativos destinados a excitar la
curiosidad o la emoción, y algunas expresiones que despiertan
sentimientos de inquietud o melancolía, y que un lector un poco culto
reconoce como comunes a muchas novelas, me parecían a mí únicos
porque yo consideraba un libro nuevo, no como una cosa de la que
hay muchas semejantes, sino como una persona única, sin razón
de existir más que en sí misma. Y se me representaba como una
emanación inquietante de la esencia particular a François le
Champi. Percibía yo por debajo de aquellos acontecimientos tan
corrientes, de aquellas cosas tan ordinarias y de aquellas palabras
tan usuales algo como una extraña entonación, como una acentuación
rara. La acción comenzaba a enredarse; y la encontraba oscura con
tanto más motivo que, por aquel tiempo, muchas veces, al estar
leyendo, me ponía a pensar en otra cosa por espacio de páginas enteras.
Y a las lagunas que esta distracción abría en el relato, se añadía,
cuando era mamá la que me leía alto, el que se saltaba todas las escenas
de amor. Y todos los raros cambios que suceden en la actitud
respectiva de la molinera y del muchacho, y que sólo se explican
por el avance de un amor que nace, se me aparecían teñidos de un
profundo misterio, que yo creía que tenía su origen en ese nombre
desconocido y suave de «Champi», nombre que vertía, sin que yo
supiera por qué, sobre el niño que lo llevaba, su color vivo, purpúreo y
encantador. Si mi madre no era una lectora fiel, lo era en cambio
admirable para aquellas obras en que veía el acento de un sentimiento
sincero, por el respeto y la sencillez de la interpretación y por la
hermosura y suavidad de su tono. En la misma vida, cuando eran
personas vivas y no obras de arte las que excitaban su ternura o su
admiración, conmovía el ver con qué deferencias apartaba de su voz, de
sus ademanes o de su palabras el relámpago de alegría que hubiera
podido hacer daño a esa madre que perdió un hijo hacía tiempo; el
recuerdo de un día de cumpleaños o de santo que trajera a la mente de
un viejo sus muchos años, o la frase de asuntos domésticos acaso
desagradable para este joven sabio. Así mismo, cuando leía la prosa de
Jorge Sand, que respira siempre esa bondad y esa distinción moral que
mi abuela enseñara, a mi madre a considerar como superiores a todo en
la vida, y que mucho más tarde le enseñé yo a no considerar como
superiores a todo en los libros, atenta a desterrar de su voz toda
pequeñez y afectación que pudieran poner obstáculo a la ola potente del
sentimiento, revestía de toda la natural ternura y de toda la amplia
suavidad que exigían a estas frases que parecían escritas para su voz y
que, por decirlo así, entraban cabalmente en el registro de su
sensibilidad. Para iniciarlas en el tono que es menester encontraba
ese acento cordial que existió antes que ellas y que las dictó, pero que
las palabras no indican; y gracias a ese acento amortiguaba al pasar
toda crudeza en los tiempos de los verbos, daba al imperfecto y al
perfecto la dulzura que hay en lo bondadoso y la melancolía que
hay en la ternura, encaminaba la frase que se estaba, acabando hacia la
que iba a empezar, acelerando o conteniendo la marcha de las sílabas
para que entraran todas, aunque fueran de diferente cantidad, en
un ritmo uniforme, e infundía a esa prosa tan corriente una especie de
vida sentimental e incesante.
Mis remordimientos se calmaron y me entregué a la dulzura
de aquella noche que iba a pasar con mamá a mi lado. Sabía que una
noche así no podría volver; que el deseo para mí más fuerte del mundo,
tener a mi madre en mi alcoba durante estas horas nocturnas, estaba
muy en pugna con las necesidades de la vida, y el sentir de todos para
que la realización, que aquella noche le fue concedida, pasara de ser
cosa facticia y excepcional. Al día siguiente, retornarían mis angustias,
y ya no tendría allí a mamá. Pero cuando esas angustias mías estaban
en sosiego, ya no las comprendía; además, mañana estaba aún muy
lejos, y yo me decía que ya tendría tiempo de hacer ánimo, aunque
no podría ser mucho, que se trataba de cosas que no dependían de
mi voluntad, y que si me parecían más evitables era por el espacio que
aún me separaba de ellas.